"¿Cómo hiciste eso?” exigió Clary mientras la camioneta se alejaba velozmente hacia la zona
alta de la ciudad, Luke giró el volante de golpe.

“¿Te refieres a cómo me subí al tejado?” Jace estaba echándose hacia atrás en el asiento,
con los ojos medio cerrados. Había vendas blancas alrededor de sus muñecas y manchas de
sangre seca en el nacimiento de su cabello. “En primer lugar, trepé por la ventana de Isabelle y
por la pared. Hay un número de gárgolas ornamentales que hacen de buenas agarraderas. Por
otra parte, quiero que quede constancia que mi motocicleta no está donde la había dejado.
Apuesto a que la Inquisidor la cogió para dar una vuelta (la que dan los ladrones de vehículos)
por Hoboken.”

“Lo que quería decir es,” dijo Clary, “¿cómo saltaste del tejado de la catedral y no te has
matado?”
“No lo sé.” Su brazo la rozó cuando levantó las manos para frotarse los ojos. “¿Cómo
creaste tú aquella runa?”
“Tampoco lo sé,” susurró ella. “La Reina Seelie tenía razón, ¿no? Valentine, él… él hizo algo
en nosotros.” Ella miró hacia Luke, que estaba fingiendo estar absorto girando a la izquierda.
“¿No es así?”
“Este no es momento para hablar de eso,” dijo Luke. “Jace, ¿tenías un plan en particular en
mente o sólo querías escapar del Instituto?”
“Valentine ha llevado a Maia y a Simon al buque para realizar el Ritual. Querrá llevarlo a
cabo tan pronto como sea posible.” Jace tiró de una de las vendas de su muñeca. “Tengo que
llegar allí y detenerle.”
“No,” dijo Luke con dureza.
“Okey, nosotros tenemos que llegar allí y detenerle.”
“Jace, no estoy recogiéndote para volver a ese barco. Es demasiado peligroso.”
“Tú has visto lo mismo que yo,” dijo Jace, con la incredulidad creciendo en su voz, “y ¿estás
preocupado por mí?”
“Estoy preocupado por ti.”
“No hay tiempo para eso. Después que mi padre mate a tus amigos, convocará a un ejército
de demonios que no podrías imaginar. Después de eso, él será imparable.”
“Entonces la Clave…”
“La Inquisidor no hará nada,” dijo Jace. “Ella ha impedido el acceso de los Lighwood a la
Clave. Ella no pediría refuerzos, ni siquiera cuando le he contado qué planea Valentine. Está
obsesionada con el loco plan que tiene.”
“¿Qué plan?” dijo Clary.
La voz de Jace era amarga. “Quiere intercambiarme por los Instrumentos Mortales con mi
padre. Le dije que Valentine nunca aceptaría, pero no me creyó.” Se rió, con una destacada
acidez. “Isabelle y Alec van a contarle qué ha sucedido con Simon y Maia. Pero no soy muy
optimista. Ella no me cree sobre Valentine y no va a alterar su precioso plan sólo por salvar a
un par de Submundo.”
“No podemos quedarnos esperando a saber qué pasa con ellos, de todas maneras,” dijo
Clary. “Tenemos que conseguir un bote ahora. Si puedes llevarnos a…”
“Odio interrumpirte, pero necesitamos una embarcación para subir a otra embarcación,”
dijo Luke. “No estoy seguro de que Jace pueda también caminar sobre el agua.”
En ese momento el teléfono de Clary vibró. Era un mensaje de texto de Isabelle. Clary
frunció el ceño. “Es una dirección. Abajo en los muelles.”
Jace miró por encima de su hombro. “Ahí es donde tenemos que ir a encontrarnos con
Magnus.” Él le leyó la dirección a Luke, que ejecutó un irritable giro en U y se dirigió al sur.
“Magnus nos ayudará a cruzar por el agua,” explicó Jace. “El barco está rodeado por un
conjuro de protección. Antes subí a él porque mi padre quiso que lo hiciera. En este momento
no querrá. Necesitaremos a Magnus para que se ocupe de los conjuros.”
“No me gusta eso.” Luke tamborileaba con los dedos sobre la rueda del volante. “Creo que
yo debería ir y vosotros dos quedaros con Magnus.”
Los ojos de Jace relampaguearon. “No. Tengo que ser yo quien vaya.”
“¿Por qué?” preguntó Clary.
“Porque Valentine está usando un demonio del miedo.” Explicó Jace. “Eso fue lo que le
permitió matar a los Hermanos Silenciosos. Así masacró a ese brujo, al hombre lobo en el
exterior del callejón de los Cazadores de la Luna, y probablemente también al chico duende en
el parque. Y ese es el por qué de que los Hermanos tuvieran esas miradas en sus caras. Esas
miradas aterrorizadas. Ellos estaban literalmente muertos de miedo.”
“Pero la sangre…”
“Él extrajo la sangre más tarde. Y en el callejón fue interrumpido por uno de los licántropos.
Ese es el por qué de que no tuviera suficiente tiempo para obtener la sangre que necesitaba. Y
es el por qué de que todavía necesite a Maia.” Jace pasó la mano como un rastrillo por su pelo.
“Nadie puede resistir al demonio del miedo. Se mete en tu cabeza y destruye tu mente.”
“Agramon,” dijo Luke. Había estado en silencio, mirando fijamente a través del parabrisas.
Su rostro estaba gris y contrito.
“Sí, así es como Valentine lo llamó.”
“No es un demonio del miedo. Es el demonio del miedo. El Demonio del Miedo. ¿Cómo
consiguió Valentine que Agramon haga lo que le pide? Incluso un brujo tendría problemas en
dominar a uno de los Demonios Mayores, y fuera del pentagrama…” Luke tomó aire. “Así es
cómo murió el chico brujo, ¿no es verdad? ¿Convocando a Agramon?”
Jace asintió con la cabeza, y explicó rápidamente la trampa que Valentine le había
preparado a Elías. “La Copa Mortal,” finalizó, “le permite controlar a Agramon. Aparentemente
te da algún poder sobre los demonios. Aunque no como lo hace la Espada.”
“Ahora estoy incluso menos dispuesto a dejarte ir,” dijo Luke. “Es uno de los Demonios
Mayores, Jace. Se necesitaría a los Cazadores de Sombras de mayor valor de esta ciudad para
tratar con él.”
“Sé que es un Demonio Mayor. Pero su arma es el miedo. Si Clary puede poner la runa de
Sin Miedo sobre mí, podré abatirlo. O por lo menos intentarlo.”
“¡No!” protestó Clary. “No quiero que tu seguridad dependa de mi estúpida runa. ¿Qué
pasa si no funciona?”
“Ya ha funcionado antes,” dijo Jace mientras cruzaban el puente y se dirigían hacia
Brooklyn. Estaban circulando abajo por la estrecha Van Brunt Street, entre las enormes
fábricas de ladrillo cuyas ventanas tapadas con tablas y puertas cerradas con candados no
revelaban ninguna sugerencia de lo que dentro había.
“¿Qué pasa si lo hago mal esta vez?”
Jace giró la cabeza hacia ella, y por un momento sus ojos se encontraron. Los de él eran del
dorado de la luz lejana. “No lo harás,” dijo él.
“¿Estás seguro de que esta es la dirección?” preguntó Luke, parando la camioneta
lentamente. “Magnus no está aquí.”

Clary echó un vistazo alrededor. Se habían detenido enfrente de una extensa fábrica, que
parecía como si hubiera sido destruida por un terrible fuego. Las paredes de ladrillo hueco y
yeso aun permanecían en pie, pero barras de metal las atravesaban, dobladas y quebradas por
el fuego. En la distancia Clary pudo ver el distrito financiero de la parte baja de Manhattan y el
montículo trasero de Governors Island, más lejano fuera del mar. “Él vendrá,” dijo ella. “Si le
dijo a Alec que venía, lo hará.”

Salieron de la camioneta. Aunque la fábrica se hallaba en una calle llena de edificios
similares, estaba silenciosa, incluso para un domingo. No había nada más alrededor y ninguno
de los sonidos propios del comercio –camiones cargando, hombre gritando– que Clary
asociaba con los polígonos industriales. En vez de eso había silencio, una fresca brisa del río, y
los chillidos de aves marinas. Clary tiró de su capucha, cerró la cremallera de su chaqueta y se
estremeció.

Luke cerró de un portazo la camioneta y abrochó su chaqueta de franela. Silenciosamente,
le ofreció a Clary una par de gruesos guantes de lana. Ella se los enfundó y movió los dedos.
Eran tan grandes para ella que era como tener patas. Ella echó un vistazo alrededor. “Espera…
¿Dónde está Jace?”

Luke señaló. Jace estaba arrodillándose sobre el muelle, una oscura figura cuyo brillante
pelo era el único punto de color contra el cielo azul grisáceo y el río marrón.
“¿Crees que quiere intimidad?” preguntó ella.

“En esta situación, la intimidad es un lujo que ninguno de nosotros puede permitirse.
Vamos.” Luke cruzó a grandes zancadas el camino de entrada, y Clary lo siguió. La fábrica se
sostenía como podía sobre el muelle, pero había una ancha playa pedregosa cerca de ella. Olas
superficiales lamían las piedras cubiertas de algas. Unos troncos habían sido situados en un
tosco cuadrado alrededor de un hoyo negro donde había habido un fuego una vez. Había latas
oxidadas y botellas esparcidas por todas partes. Jace estaba de pie en la orilla del agua, sin su
chaqueta. Mientras Clary miraba, él lanzó algo pequeño y blanco al agua; aquello golpeó con
una salpicadura y desapareció.

“¿Qué estás haciendo?” preguntó ella.
Jace giró su rostro después, el viento azotaba su pelo rubio contra su cara. “Mandando un
mensaje.”
Sobre el hombro de él Clary creyó ver un aro titilante –como un trozo de alga vivo– emerger
desde la gris agua del río, un poco de blanco capturó su atención. Un momento después
desapareció y la dejó parpadeando.
“¿Un mensaje a quién?”
Jace frunció el ceño. “A nadie.” Se apartó del agua y recorrió la playa de guijarros hasta
donde había extendido su chaqueta. Había tres largas cuchillas colocadas sobre ella. Mientras
él giraba, Clary vio discos de afilado metal ensartados a través de su cinturón.
Jace acarició con sus dedos las cuchillas –eran planas y blancas grisáceas, esperando para
ser nombradas. “No tuve oportunidad de obtener el arsenal, así que estas son las armas que
tenemos. Pensé que podríamos prepararnos lo mejor que pudiéramos antes de que Magnus
llegara aquí.” Levantó la primera cuchilla. “Abrariel.” El cuchillo seráfico brilló y cambió de
color en cuanto lo nombró. Se lo tendió a Luke.
“Voy bien,” dijo Luke, y tiró de su chaqueta hacia atrás para mostrar la kindjal enfundada en
su correa.

Jace le pasó la Abrariel a Clary, que tomó el arma silenciosamente. Era cálida en su mano,
como si una vida secreta vibrase en su interior.
“Camael,” dijo Jace a la siguiente hoja, haciendo a esta estremecerse y brillar. “Telantes,”
dijo a la tercera.
“¿Alguna vez has usado el nombre de Raziel?” preguntó Clary mientras Jace deslizaba las
cuchillas en su cinturón y se enfundaba su chaqueta, llegándole hasta los pies.
“Nunca,” dijo Luke. “Eso no se ha hecho nunca.” Su mirada escudriñaba el camino detrás de
Clary, buscando a Magnus. Ella podía sentir su ansiedad, pero antes de que pudiera decir nada
más, su teléfono vibró.
Lo sacó, lo abrió y se lo pasó a Jace sin decir palabra. Él leyó el mensaje de texto, sus cejas
se enarcaron.
“Parece que la Inquisidor le dio a Valentine hasta la puesta de sol para decidir si me quiere a
mí o los Instrumentos Mortales,” dijo. “Ella y Maryse han estado discutiendo durante horas, así
que ella aun no sabe que me he ido.”
Él le pasó a Clary el teléfono de vuelta. Sus dedos se rozaron y Clary retiró su mano
bruscamente, a pesar del grueso guante de lana que le cubría la piel. Ella vio pasar una sombra
sobre los rasgos de él, pero él no le dijo nada. En su lugar, se giró hacia Luke y exigió, con una
sorprendente brusquedad, “¿Murió el hijo de la Inquisidor? ¿Es por eso por lo que está ella
así?”

Luke suspiró y metió las manos en los bolsillos de su abrigo. “¿Cómo te has figurado eso?”
“La manera en la que reaccionó cuando alguien dijo su nombre. Es la única vez que la he
visto mostrar algún sentimiento humano.”
Luke aspiró. Había empujado sus gafas hacia arriba y sus ojos se entrecerraron contra el
áspero viento del río. “La Inquisidor es de la manera que es por muchas razones. Stephen es
sólo una de ellas.”
“Es extraño,” dijo Jace. “No se parece a alguien a la que le hayan gustado los niños alguna
vez.”
“No los de otra gente,” dijo Luke. “Era diferente con el suyo propio. Stephen era su chico de
oro. De hecho, él lo era de todos… de todos los que le conocían. Era una de esas personas que
son buenas en todo, infaliblemente agradable sin ser aburrido, guapo sin que nadie le odiara.
Bueno, quizás nosotros lo odiábamos un poco.”
“¿Fue al colegio contigo?” dijo Clary. “¿Y mi madre… y Valentine? ¿Es así como lo
conociste?”
“Los Herondales estaban a cargo del funcionamiento del Instituto de Londres, y Stephen fue
al colegio allí. Yo lo vi más después de que todos nos graduamos, cuando se mudó de nuevo a
Alicante. Y hubo un tiempo en el que nos vimos muy a menudo de hecho.” Los ojos de Luke
habían ido muy lejos, del mismo azul gris del agua del rio. “Después de que se casara.”
“Así que ¿él estaba en el Círculo?” preguntó Clary.
“No entonces,” dijo Luke. “Él se unió al Círculo después que yo –bueno, después de lo que
me ocurrió a mí. Valentine necesitaba un nuevo segundo en el mando y quiso a Stephen.
Imogen, que era totalmente leal a la Clave, estaba histérica –le suplicó a Stephen que lo
reconsiderara– pero cortó con ella la relación. No volvería a hablar con ella, o con su padre. Era
absolutamente un esclavo de Valentine. Iba a todas partes detrás de él como una sombra.”
Luke hizo una pausa. “La cosa es, que Valentine no creía que la esposa de Stephen fuera la
adecuada para él. No para alguien que iba a ser el segundo en el mando del Círculo. Ella tenía…
indeseadas conexiones familiares.” El dolor en la voz de Luke sorprendió a Clary. ¿Se había
preocupado tanto por aquella gente? “Valentine forzó a Stephen a divorciarse de Amatis y
volverse a casar… Su segunda esposa era una chica muy joven, de sólo dieciocho años, llamada
Céline. Ella, que también estaba totalmente bajo la influencia de Valentine, hizo todo lo que él
le dijo, no importa cuán descabellado. Entonces Stephen fue asesinado en un asalto del Círculo
a una madriguera de vampiros. Céline se suicidó cuando lo supo. Ella estaba embarazada de
ocho meses en ese momento. Y el padre de Stephen murió, también, de sufrimiento. Así que
toda la familia de Imogen, toda desapareció. Ellos no pudieron enterrar nunca las cenizas de su
nuera y de su nieto en la Ciudad de Hueso, porque Céline se había suicidado. Ella fue enterrada
en un cruce de caminos a las afueras de Alicante. Imoge sobrevivió, pero ella se convirtió en
hielo. Cuando el Inquisidor fue asesinado en el Levantamiento, Imoge se ofreció para el cargo.
Volvió desde Londres a Idris… pero nunca, hasta yo he podido escuchar, ha hablado sobre
Stephen otra vez. Pero eso explica por qué ella odia tanto a Valentine como lo hace.”
“¿Porque mi padre envenena todo lo que toca? Dijo Jace amargamente.
“Porque tu padre, a pesar de todos sus pecados, aun tiene un hijo, y ella no. Y porque le
culpa de la muerte de Stephen.”
“Y ella tiene razón,” dijo Jace. “Fue su culpa.”
“No totalmente,” dijo Luke. “Él le ofreció a Stephen una elección, y Stephen eligió.
Cualesquiera que fuera su culpa, Valentine nunca chantajeó o amenazó para unirse al Círculo.
Él quería sólo servidores dispuestos. La responsabilidad de la elección de Stephen descansa
con él.”
“Libre albedrío,” dijo Clary.
“No hay nada de libre en esto,” dijo Jace. “Valentine…”
“¿Te ofreció una elección, no es verdad?” dijo Luke. “Cuando fuiste a verle. Él quería que te
quedaras, ¿no? ¿Que te quedaras y que te unieras a él?”
“Sí.” Jace miró lejos a través del agua hacia Governors Island. “Lo quería.” Clary pudo ver el
río reflejado en sus ojos; estos parecían duros, como si el agua gris hubiera ahogado todo su
dorado.
“Y tú dijiste no,” dijo Luke.
Jace miró con hostilidad. “Ojalá la gente parara de presuponer eso. Me hace sentir
predecible.”


Luke se volvió como para ocultar una sonrisa, e hizo una pausa. “Alguien viene.”
De hecho, venía alguien, alguien muy alto con el cabello negro agitado por el viento.
“Magnus,” dijo Clary. “Pero parece… diferente.”


Mientras se acercaba, ella vio que su pelo, normalmente de punta y brillante como la bola
de una discoteca, colgaba limpiamente pasando de sus orejas como una sábana de seda negra.
Los pantalones de piel arco iris habían sido reemplazados por un arreglado traje tradicional y
un abrigo de vestir negro con brillantes botones plateados. Sus ojos de gato brillaban ámbar y
verde. “Parecéis sorprendidos de verme,” dijo él.

Jace miró su reloj. “Nos preguntábamos si vendrías.”
“Dije que vendría, así que he venido. Sólo necesitaba tiempo para prepararme. Esto no es
un simple truco de sombrero de copa, Cazador de Sombras. Esto va a necesitar de algo de
magia seria.” Se volvió hacia Luke. “¿Cómo está el brazo?”
“Bien, gracias.” Luke era siempre educado.
“Esa es tu camioneta aparcada en la fábrica, ¿no?” Apuntó Magnus. “Es terriblemente
marimacho para un vendedor de libros.”
“Oh, no sé,” dijo Luke. “Todo lo que cargue con pesadas cajas de libros, escale por
montículos, alfabetizando incondicionalmente…”
Magnus reía. “¿Puedes abrir la camioneta para mí? Me refiero a que podría hacerlo yo
mismo” –él movía sus dedos – “pero parecería descortés.”
“Claro.” Luke se encogió de hombros y se dirigieron de nuevo hacia la fábrica. Sin embargo,
cuando Clary hacía como si les siguiera, Jace sujetó su brazo. “Espera. Quiero hablar contigo un
segundo.”

Clary miró como Magnus y Luke se dirigían a la camioneta. Ellos hacían una extraña pareja,
el alto brujo en su largo abrigo negro y el hombre más bajito y fornido en vaqueros y franela,
pero ambos eran Submundos, ambos atrapados en el mismo espacio entre el mundo humano
y el sobrenatural.

“Clary,” dijo Jace. “La Tierra llamando a Clary. ¿Dónde estás?”
Ella miró atrás hacia él. El sol estaba poniéndose sobre el agua ahora, detrás de él, dejando
su cara en sombra y volviendo su pelo un halo de oro. “Lo siento.”
“Está bien.” Él tocó su cara, con delicadeza, con el reverso de su mano. “Desapareces tan
completamente dentro de tu cabeza a veces,” dijo él. “Ojalá pudiera seguirte.”
Lo haces, quería ella decir. Tú vives en mi cabeza todo el tiempo. En cambio, dijo, “¿Qué
querías decirme?”
Él dejó caer su mano. “Quiero que pongas la runa Sin Miedo sobre mí. Antes de que Luke
vuelva.”
“¿Por qué antes de que él vuelva?”
“Porque él va a decir que es una mala idea. Pero es la única oportunidad de derrotar a
Agramon. Luke no se ha… encontrado con él, no sabe cómo es. Pero yo sí.”
Ella escrutó su rostro. “¿Cómo era?”
Sus ojos eran ilegibles. “Ves lo que más temes del mundo.”
“Yo nunca he sabido bien qué es.”
“Confía en mí. No quieras saberlo.” Él miró hacia abajo. “¿Tienes tu estela?”
“Sí, la tengo.” Se quitó del guante de la mano derecha y rebuscó la estela. Su mano estaba
temblando un poco cuando la sacó. “¿Dónde quieres la Marca?”
“Lo más cerca posible del corazón es lo más efectivo.” Él le dio la espalda a su mano y se
quitó la chaqueta, dejándola caer en el suelo. Se quitó la camiseta, descubriendo su espalda.
“Sobre el omóplato estaría bien.”
Clary colocó una mano sobre su hombro para apoyarse. Su piel allí era de un dorado más
pálido que el de la piel de sus manos o rostro, y suave donde no había cicatrices. Deslizó la
punta de la estela a lo largo del filo de su hombro y sintió su estremecimiento, sus músculos
tensos. “No aprietes tan fuerte…”
“Lo siento.” Ella se lo tomó con más calma, dejando fluir la runa desde su mente hacia su
brazo y a través de la estela. La línea negra que dejaba detrás parecía como carbonizada, una
línea de ceniza. “Ya está. He terminado.”
Él se giró, poniéndose la camiseta. “Gracias.” El sol estaba ardiendo bajo más allá del
horizonte ahora, inundando el cielo de sangre y rosas, volviendo la orilla del río al oro líquido,
suavizando la fealdad de los residuos urbanos de alrededor. “Y tú ¿qué?”
“Yo ¿qué de qué?”
Él dio un paso más cerca. “Súbete las mangas. Te marcaré.”
“Oh, vale.” Ella hizo como él pidió, subió sus mangas, tendiéndole los brazos desnudos.
El aguijón de la estela sobre su piel era como el ligero toque de la punta de una aguja,
raspando sin pinchar. Miraba las líneas negras aparecer con una especie de fascinación. La
Marca que apareció en su sueño todavía era visible, atenuándose sólo un poco alrededor de
los bordes.
“Y el Señor dijo para sí, ´Por consiguiente a quien quiera que haya matado Caín, venganza
debe caer sobre él siete veces más. Y el Señor puso una Marca sobre Caín, para que no
hallándole pudiere matarle´.”
Clary se dio la vuelta, bajando sus mangas. Magnus estaba de pie observándolos, su abrigo
negro parecía flotar alrededor de él con el viento del río. Una pequeña sonrisa se dibujó en su
boca.
“¿Puedes citar la Biblia?” preguntó Jace, doblándose para recuperar su chaqueta.
“Nací en un siglo profundamente religioso, mi niño,” dijo Magnus. “Siempre pensé de Caín
que podía haber sido el primero en ser grabado con la Marca. Ciertamente le protegió.”
“Pero él no era apenas uno de los ángeles,” dijo Clary. “¿No mató a su hermano?”
“¿No están ellos planeando matar a nuestro padre?” dijo Jace.
“Eso es diferente,” dijo Clary, pero no tuvo oportunidad de elaborar el cómo aquello era
diferente, porque en ese momento, la camioneta de Luke se metió en la playa, esparciendo
grava desde sus neumáticos. Luke se asomó por la ventanilla.
“Okey,” dijo a Magnus. “Allá vamos. Entrad.”
“¿Vamos a conducir hasta el bote?” dijo Clary, desconcertada. “Yo creía…”
“¿Qué bote?” Magnus se rió socarronamente, mientras se balanceaba para subir al interior
de la cabina al lado de Luke. Levantó su dedo pulgar detrás de él. “Vosotros dos, subid atrás.”
Jace se subió a la parte de atrás de la camioneta y se apoyó para ayudar a Clary a subir
después de él. Mientras se aseguraba contra la rueda de repuesto, vio que un pentagrama
negro dentro de un círculo había sido pintado sobre el suelo de metal de la plataforma trasera
de la camioneta. Los brazos del pentagrama estaban decorados con símbolos de salvaje
floritura. No eran muchas las runas con las que ella estaba familiarizada –había algo al mirarlas
que era parecido a intentar entender a una persona hablando un lenguaje que era cercano,
pero no lo suficiente, al inglés (al idioma que hablan).
Luke sacó la cabeza por la ventanilla y miró para atrás hacia ellos. “Sabes que no me gusta
esto,” dijo él, el viento amortiguando su voz. “Clary, vas a quedarte en la camioneta con
Magnus. Jace y yo subiremos al barco. ¿Lo has entendido?”
Clary asintió con la cabeza y se acurrucó en una esquina de la plataforma trasera. Jace se
sentó junto a ella, abrazándose los pies. “Esto va a ser interesante.”
“¿Qué…” comenzó Clary, pero la furgoneta arrancó de nuevo, los neumáticos rugiendo
contra la grava, silenciando sus palabras. Dio bandazos hacia las aguas poco profundas de la
orilla del río. Clary era lanzada contra la ventana trasera de la cabina cuando la camioneta se
internaba en el río… ¿Estaba Luke planeando ahogarlos a todos? Se giró y vio que la cabina
estaba llena de vertiginosas columnas azules de luz, serpenteando y retorciéndose. La
camioneta parecía golpear con algo voluminoso, como si estuvieran conduciendo sobre un
tronco. Entonces se empezaron a mover suavemente hacia delante, casi volando.
Clary se arrastró sobre sus rodillas y miró por el lado de la camioneta, ya bastante segura de
lo que vería.

Ellos estaban desplazándose –no, conduciendo– sobre el agua oscura, la parte de debajo de
los neumáticos de la camioneta sólo rozaban la superficie del río, esparciendo minúsculas
ondas al exterior al pasar, con la ducha ocasional de chispas azules que creaba Magnus. Todo
estaba de repente muy silencioso excepto por el apenas audible rugido del motor y la llamada
de las aves marinas sobre sus cabezas. Clary miró fijamente a través de la plataforma a Jace,
que sonreía abiertamente. “Ahora esto sí que va a impresionar realmente a Valentine.”

“No sé,” dijo Clary. “Otros equipos de primera vuelven como bumeranes y esas paredes
cubiertas de poder… Vamos en una camioneta acuática.”
“Si no te gusta, Nephilim,” la voz de Magnus venía débilmente desde la cabina de la
furgoneta, “estás invitada a ver si puedes caminar sobre el agua.”
“Creo que deberíamos entrar,” dijo Isabelle, su oreja pegada a la puerta de la biblioteca. Le
hizo señas a Alec para que se acercase. “¿Puedes oír algo?”
Alec se situó detrás de su hermana, con cuidado de no dejar caer el teléfono que sostenía.
Magnus dijo que llamaría si tenía noticias o si algo ocurría. Por el momento, no lo había hecho.
“No.”
“Exactamente. Han parado de gritarse.” Los ojos negros de Isabelle relucieron. “Ahora van a
esperar a Valentine.”
Alec se alejó de la puerta a grandes zancadas hasta la zona de la sala más cercana a la
ventana. El cielo allí afuera estaba del color del carbón medio hundido en cenizas rubíes. “Es la
puesta de sol.”
Isabelle alcanzó el picaporte de la puerta. “Vamos.”
“Isabelle, espera…”
“No quiero que ella sea capaz de mentirnos sobre lo que Valentine dice,” dijo Isabelle. “O
sobre lo que ocurre. Además, yo quiero verlo. El padre de Jace. ¿Tú no?”
Alec regresó a la puerta de la biblioteca. “Sí, pero esto no es una buena idea porque…”
Isabelle bajó el picaporte de la puerta de la biblioteca. Esta se abrió ampliamente. Con una
mirada medio sorprendida sobre sus hombros se deslizó en el interior; maldiciendo por lo
bajo, Alec la siguió.
Su madre y la Inquisidor estaban de pie en frente del enorme escritorio, como boxeadores
enfrentados el uno al otro en el ring. Las mejillas de Maryse eran de un rojo brillante, el pelo
desordenado alrededor de su cara. Isabelle dirigió una mirada a Alec, como diciendo, Quizás
no deberíais haber entrado aquí. Mamá está como loca.
Por otra parte, si Maryse parecía enfadada, la Inquisidor parecía completamente
enloquecida. Esta se volvió hacia la puerta abierta de la biblioteca, su boca se frunció en una
fea forma. “¿Qué estáis haciendo aquí?” gritó.
“Imogen,” dijo Maryse.
“¡Maryse!” La voz de la Inquisidor se elevó. “Ya he tenido suficiente contigo y con tus chicos
delincuentes…”
“Imogen,” dijo Maryse otra vez. Había algo en su voz, una urgencia, que hizo a la Inquisidor
girarse y mirar.
El aire que rodeaba el globo terráqueo de latón brillaba como agua. Una forma comenzó a
integrarse desde él, como una pintura negra siendo extendida sobre el lienzo, evolucionando
hasta la figura de un hombre de anchos hombros. La imagen estaba ondeando, tanto que Alec
no podía ver más que el hombre era alto, con un impactante pelo muy corto de color blanco
sal.
“Valentine.” La Inquisidor parecía desprevenida, pensó Alec, aunque seguramente ella debía
haber estado esperándole.

El aire de alrededor del globo estaba brillando más violentamente ahora. Isabelle dio un
grito ahogado cuando un hombre dio un paso fuera del aire ondeante, como si saliera de capas
de agua. El padre de Jace era un hombre imponente, de unos seis pies de altura (1,83 m.), con
un ancho pecho y brazos fuertes con fibrosos músculos. Su rostro era casi triangular,
terminado en una dura barbilla puntiaguda. Se le podría considerar guapo, pensó Alec, pero
era evidentemente diferente a Jace, carecía de algo del halo dorado pálido de su hijo. La
empuñadura de una espada era visible justo por encima de su hombro izquierdo… La Espada
Mortal. No es que necesitase estar armado, puesto que no estaba corporalmente presente, así
que debía llevarla para molestar a la Inquisidor. No es que necesitara estar más irritada de lo
que ya estaba.

“Imogen,” dijo Valentine, sus ojos oscuros miraron fijamente a la Inquisidor con un halo de
satisfecha diversión. Eso es muy propio de Jace, pensó Alec. “Y Maryse, mi Maryse… Ha pasado
mucho tiempo.”
Maryse, tragó duramente y dijo con algo de dificultad, “No soy tu Maryse, Valentine.”
“Y esos deben ser tus chicos,” Valentine hacía como si ella no hubiera hablado. Sus ojos se
detuvieron en Isabelle y Alec. Un débil escalofrío recorrió a Alec, como si algo hubiera pinzado
en sus nervios. Las palabras del padre de Jace eran perfectamente normales, incluso educadas,
pero había algo en su mirada rotunda y depredadora que hacía a Alec querer dar un paso en
frente de su hermana y bloquear así su visión de Valentine. “Son exactamente igual que tú.”
“Deja a mis hijos fuera de esto, Valentine,” dijo Maryse, claramente preocupada por
mantener su voz segura.
“Bueno, eso parece poco justo,” dijo Valentine, “considerando que tú no has dejado a mi
hijo fuera de esto.” Se giró hacia la Inquisidora. “Recibí su mensaje. Seguramente ¿eso no es lo
mejor que puede hacer?”
Ella no se había movido; ahora parpadeó lentamente, como un lagarto. “Espero que los
términos de mi oferta estén perfectamente claros.”
“Mi hijo a cambio de los Instrumentos Mortales. Eso era, ¿correcto? Si no le matará.”
“¿Matarlo?” hizo de eco Isabelle. “¡MAMÁ!”
“Isabelle,” dijo Maryse estrangulada. “Cállate.”
La Inquisidor lanzó a Isabelle y Alec una mirada envenenada entre sus párpados rajados.
“Conoces los términos correctos, Morgenstern.”
“Entonces mi respuesta es no.”
“¿No?” La Inquisidor parecía como si hubiera esperado dar un paso sobre tierra firme y, en
cambio, el suelo se hubiera colapsado bajo sus pies. “No puedes tirarte faroles conmigo,
Valentine. Haré exactamente como amenacé.”
“Oh, no tengo duda alguna de ti, Imogen. Tú has sido siempre una mujer decidida y de
enfoque implacable. Reconozco esas cualidades en ti porque las poseo en mí mismo.”
“No soy en nada como tú. Cumplo la Ley…”
“¿Incluso cuando te ordena matar a un chico todavía en su adolescencia sólo para castigar a
su padre? Esto no es cosa de la Ley, Imogen, esto es que me odias y me culpas por la muerte
de tu hijo, y esta es tu manera de recompensarme. No va a haber diferencia. No te entregaré
los Instrumentos Mortales, ni siquiera por Jonathan.”
La Inquisidor simplemente lo miró con fijeza. “Pero es tu hijo,” dijo. “Tu chico.”
“Los chicos hacen sus propias elecciones,” dijo Valentine. “Eso es algo que tú nunca
entendiste. Le ofrecí a Jonathan seguridad si permanecía conmigo; él la rechazó y volvió a ti, y
te vengarás con él como le dije que harías. No eres otra cosa más, Imogen,” finalizó él, “que
predecible.”

La Inquisidor no parecía notar el insulto. “La Clave insistirá en su muerte, pero si no me das
los Instrumentos Mortales,” dijo ella, como alguien atrapado en un mal sueño. “No seré capaz
de pararles.”
“Soy consciente de ello,” dijo Valentine. “Pero no hay nada que yo pueda hacer. Le ofrecí a
él una oportunidad. No la tomó.”
“¡Cabrón!” gritó Isabelle de repente, e hizo además de correr hacia adelante; Alec la agarró
del brazo y la trajo a rastras hacia atrás, reteniéndola allí. “Es un gilipollas,” bufó ella, luego
elevó su voz gritando a Valentine: “Eres un…”
“¡Isabelle!” Alec cubrió la boca de su hermana con la mano mientras Valentine les dedicaba
una simple mirada sorprendida.
“Tú… le ofreciste…” La Inquisidor estaba comenzando a rememorar como un robot cuyos
cortocircuitos estuvieran fundidos. “¿Y él te rechazó?” Ella sacudió la cabeza. “Pero él es tu
espía… tu arma…”
“¿Es eso lo que pensaste?” dijo él, con aparentemente sincera sorpresa. “Apenas estoy
interesado en espiar los secretos de la Clave. Sólo estoy interesado en su destrucción, y para
lograr ese fin tengo herramientas más poderosas en mi arsenal que un chico.”
“Pero…”
“Cree lo que gustes,” dijo Valentine con un encoger de hombros. “No eres nada, Imogen
Herondale. El mascarón de proa de un régimen cuyo poder será pronto hecho trizas, su
gobierno finalizó. No hay nada que puedas ofrecerme que posiblemente pudiera querer.”
“¡Valentine!” La Inquisidor se lanzó hacia delante, como si pudiera pararle, aprisionarle,
pero sus manos sólo pasaban por él como a través del agua. Con un gesto de suprema
indignación, dio un paso hacia atrás y desapareció.
El cielo era lamido por las últimas lenguas de un fuego debilitado, el agua se había vuelto de
hierro. Clary tiró de su chaqueta acercándola más alrededor de su cuerpo y se estremeció.
“¿Tienes frío?” Jace había estado de pie en la plataforma trasera de la camioneta, mirando
abajo la estela que dejaba el coche detrás de él: dos blancas líneas de espuma cortando el
agua. Ahora vino y se deslizó abajo junto a ella, su espalda contra la ventana trasera de la
cabina. La ventana estaba casi totalmente empañada con humo azulado.
“¿Tú no?”
“No.” Él sacudió la cabeza y se quitó la chaqueta, extendiéndola sobre ella. Ella se la puso,
deleitándose en la suavidad de la piel. Era demasiado grande en esa manera tan reconfortante.
“Vas a quedarte en la camioneta como te dijo Luke, ¿verdad?”
“¿Tengo elección?”
“No en sentido literal, no.”
Ella se quitó el guante y alargó la mano hacia él. Él se la tomó, agarrándola fuertemente. Ella
bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados, los suyos tan pequeños y cuadrados en sus
puntas, los de él largos y delgados. “Encontrarás a Simon por mí,” dijo ella. “Sé que lo harás.”
“Clary.” Ella podía ver el agua alrededor de ellos reflejada en los ojos de él. “Él puede estar…
Quiero decir, puede ser…”
“No.” Su tono no dejó espacio a dudas. “Él estará bien. Tiene que estarlo.”
Jace exhaló. Sus irises ondearon con la oscura agua azul –como lágrimas, pensó Clary, pero
no eran lágrimas, sólo reflejos. “Hay algo que quiero pedirte,” dijo él. “Me daba miedo
pedírtelo antes. Pero ahora ya no tengo miedo a nada.” Su mano se movió para acariciar su
mejilla, su cálida palma contra su fría piel, y ella descubrió que su propio miedo se había ido,
como si él pudiera pasarle el poder de la runa del No Miedo a través de su tacto. Su barbilla se
elevó, sus labios abriéndose a lo esperado –la boca de él rozó la suya ligeramente, tan
suavemente que era como el roce de una pluma, el recuerdo de un beso… Y entonces él se
echó atrás, sus ojos ensanchándose; ella vio la negra pared en ellos, alzada para emborronar al
incrédulo dorado: la sombra del buque.


Jace la soltó con una exclamación y se levantó. Clary se alzó torpemente, la pesada
chaqueta de Jace le restaba equilibrio. Las chispas azules estaban volando desde la ventana de
la cabina, y con su luz ella pudo ver que el lado del buque era de negro metal ondulado, que
había una delgada escalera reptando hacia abajo por un lado y que una reja de hierro recorría
la parte de arriba. Algo que parecía con forma de pájaros grandes y desgarbados estaba
posado sobre la reja. Olas de frío parecían deslizarse desde la embarcación como el aire helado
manado de un iceberg. Cuando Jace la llamó, su respiración salía en blancas ráfagas, sus
palabras se perdían en el repentino estruendo de motor del gran barco.

Ella le miró con el ceño fruncido. “¿Qué? ¿Qué decías?”
Él la aferró, deslizando una mano bajo su chaqueta, la punta de sus dedos rozando su piel
desnuda. Ella gimió por la sorpresa. Él sacó el cuchillo seráfico que le había dado antes de su
cinturón y lo apretó dentro de su mano. “Decía –y la soltó– “saca la Abrariel, porque ellos ya
vienen.”
“¿Quiénes vienen?”
“Los demonios.” Apuntó hacia arriba. Al principio Clary no vio nada. Luego, se percató de los
pájaros enormes y desgarbados que había visto antes. Ellos fueron dejando la reja uno a uno,
cayendo como piedras desde el lado del barco, después nivelándose arriba y dirigiéndose
derechos hacia la camioneta que flotaba sobre la superficie de las olas. Mientras se acercaban,
ella vio que no eran pájaros en absoluto, sino feas criaturas voladoras como Pterodáctylos, con
anchas y correosas alas y huesudas cabezas triangulares. Sus bocas estaban llenas de serrados
dientes de tiburón, hileras tras hileras, y sus garras brillaban como cuchillas rotundas.


Jace se encaramó sobre el techo de la cabina, con la Telantes centelleando en la mano.
Cuando la primera de las criaturas voladoras les alcanzó, él blandió el cuchillo. Golpeó al
demonio, cortando en dos la parte de arriba de su cráneo del mismo modo que podría hacer
con la cáscara de un huevo. Con un gran alarido al viento, la criatura cayó de lado, con
espasmo de las alas. Cuando chocó contra el océano, el agua entró en ebullición.


El segundo demonio golpeó la cubierta de la camioneta, sus garras arañaron largos surcos
sobre el metal. Se lanzó contra el parabrisas, dejándolo roto con forma de tela de araña. Clary
gritó a Luke, pero otro de los demonios se lanzó en picado sobre ella, pasando bajo a toda
velocidad desde el cielo metálico como una flecha. Ella subió la manga de la chaqueta de Jace,
sacando su brazo para mostrar la runa defensiva. El demonio cayó fulminado como el otro lo
había hecho, con las alas agitándose hacia atrás, pero ya se había acercado demasiado, dentro
del alcance de ella. Vio que no tenía ojos, sólo hendiduras a cada lado del cráneo, mientras
clavaba la Abrariel en su pecho. Estalló en pedazos, dejando una voluta de humo negro detrás.
“Bien hecho,” dijo Jace. Había saltado desde la cabina de la furgoneta para despachar otra
de las chillonas criaturas voladoras. Sostenía una daga ahora, su pulida empuñadura con
sangre negra.
“¿Qué son estas criaturas?” jadeó Clary, oscilando la Abrariel en un ancho arco que
acuchilló de lado a lado el pecho de un demonio volador. Éste graznó y le golpeó con un ala.
Con esta cercanía, pudo ver que las alas terminaban en una cresta de hueso afilado y cortante.
Ésta alcanzó la manga de la chaqueta de Jace y la rasgó.


“Mi chaqueta”, dijo Jace furioso, y apuñaló a la cosa cuando ésta se ponía en pie,
atravesando su espalda. Aquello chilló y desapareció. “Me encanta esa chaqueta.”
Clary le miró fijamente, luego se giró cuando un chirrido de metal asedió sus oídos. Dos de
los demonios voladores tenías sus garras sobre el techo de la cabina de la furgoneta, rasgando
el armazón. El aire estaba lleno del chirrido del metal rasgado. Luke estaba sobre la cubierta de
la furgoneta, acuchillando a las criaturas con su kindjal. Una de ellas cayó por un lado de la
camioneta, desapareciendo antes de tocar el agua. La otra se lanzó desde el aire, el techo de la
cabina estaba fuertemente agarrado con sus garras, desgarrando triunfalmente, y voló de
nuevo hacia el buque.

Por el momento el cielo quedó despejado. Clary escaló y miró dentro de la cabina. Magnus
estaba agazapado en su asiento, su cara gris. Estaba demasiado oscuro para que ella pudiera
ver si él estaba herido. “¡Magnus!” gritó. “¿Estás herido?”
“No.” Se enderezó para sentarse recto, después cayó hacia atrás contra el asiento. “Yo sólo
estoy… apurado. El encantamiento de protección sobre el buque era fuerte. Deshaciéndonos
de ellos, manteniéndolos alejados, es… difícil.” Su voz se apagó. “Pero si no lo consigo, todo
aquél que ponga un pie en el barco, excepto que sea Valentine, morirá.”
“Quizás deberías venir con nosotros,” dijo Luke.
“No puedo trabajar en el encantamiento si estoy sobre el barco. Tengo que hacerlo desde
aquí. Esa es la manera en la que funciona.” La sonrisa de Magnus parecía llena de dolor.
“Además, no se me da bien luchar. Mis talentos residen en otro lugar.”
Clary, todavía suspendida sobre el interior de la cabina, comenzó, “Pero y si necesitamos…”
“¡Clary!” gritó Luke, pero era demasiado tarde. Ninguno de ellos había visto la criatura
voladora aferrada inmóvil a uno de los lados de la camioneta. Se lanzó hacia arriba ahora,
emprendiendo el vuelo desde el costado, las garras hundiéndose profundas en la espalda de la
chaqueta de Clary, una imagen borrosa e imprecisa de alas y puntiagudos y hediondos dientes.
Con un chillido de triunfo, tomó vuelo en el aire, Clary pendiendo de sus garras sin poder hacer
nada.

“¡Clary!” gritó otra vez Luke, y corrió hasta el borde de la cubierta de la camioneta y paró
allí, mirando hacia arriba desesperado a la forma cada vez más pequeña emprendiendo el
vuelo con su laxa carga colgante.
“No la matará,” dijo Jace, uniéndose a Luke sobre la cubierta. “Está capturándola para
Valentine.”
Había algo en su voz que envió un escalofrío a través de la sangre de Luke. Éste se giró para
mirar al muchacho que estaba a su lado. “Pero…”
No terminó. Jace ya se había tirado de la camioneta, en un simple y fluido movimiento. Se
zambulló en la enmohecida agua del río y arremetió hacia el barco, su fuerte patalear batía el
agua haciendo espuma.
Luke se volvió hacia Magnus, cuya pálida cara era sólo visible a través del agrietado
parabrisas, una blanca mancha contra la oscuridad. Luke alzó una mano, aunque vio que
Magnus asintió con la cabeza en respuesta.
Enfundando su kindjal a un lado, se lanzó al río tras Jace.


Alec se dio cuenta de cómo agarraba Isabelle, medio esperando que empezara a gritar en
cuanto le quitara la mano de la boca. Pero ella no lo hizo. Ella se quedó de pie detrás de él y
observaba cómo la Inquisidora permanecía en pie, ligeramente balanceándose, con su cara de
un blanco gris calcáreo.

“Imogen,” dijo Maryse. No había emoción en su voz, ni siquiera enfado.
La Inquisidor no parecía haberla oído. Su expresión no cambió cuando se hundió deshecha
en el viejo sillón de Hodge. “Dios mío,” dijo ella, bajando la mirada al escritorio. “¿Qué he
hecho?”
Maryse miró a Isabelle. “Busca a tu padre.”
Isabelle, pareciendo más asustada de lo que Alec jamás la había visto, asintió con la cabeza
y se deslizó fuera de la habitación.
Maryse cruzó la sala hasta la Inquisidor y bajó la mirada hacia ella. “¿Qué has hecho,
Imogen?” dijo ella. “Has puesto la victoria al alcance de Valentine. Eso es lo que has hecho.”
“No,” respiró la Inquisidor.
“Tú sabías exactamente qué estaba planeando Valentine cuando encerraste a Jace. Te
negaste a permitir que la Clave se llegara a involucrar porque eso habría interferido en tu plan.
Querías hacer sufrir a Valentine como él te había hecho sufrir a ti; para mostrarle que tenías el
poder para matar a su hijo de la manera que él mató al tuyo. Querías humillarle.”
“Sí……”
“Pero Valentine no será humillado,” dijo Maryse. “Podía haberte dicho eso. Nunca lo tuviste
bajo tu control. Él sólo fingió considerar tu oferta para estar absolutamente seguro de que no
tendríamos tiempo para llamar a refuerzos de Idris. Y ahora es demasiado tarde.”
La Inquisidor levantó la mirada con furia. Su pelo se había aflojado desde su moño y colgaba
en lacias tiras alrededor de su rostro. Parecía más humana de lo que nunca Alec la había visto,
pero no encontró ningún placer en ello. Las palabras de su madre le helaron: demasiado tarde.
“No, Maryse,” dijo ella, “Todavía podemos…”
“¿Todavía qué?” la voz de Maryse se cascó. “¿Llamar a la Clave? No tenemos los días, las
horas, que les llevaría llegar aquí. Si vamos a enfrentarnos a Valentine, y Dios sabe que no
tenemos elección.”
“Vamos a tener que hacerlo ahora,” interrumpió una voz profunda. Detrás de Alec,
sombríamente ceñudo, estaba Robert Lightwood.


Alec miró fijamente a su padre. Había pasado años desde la última vez que lo había visto en
el equipo de cazadores; su tiempo había sido cubierto con tareas administrativas, con el
funcionamiento del Cónclave y tratar con los asuntos de los Submundo. Algo al ver a su padre
vestido con las su pesada y oscura ropa blindada, su ancha espada sujeta tras la espalda, le
hacía a Alec sentirse niño otra vez, cuando su padre había sido el hombre más grande, fuerte y
aterrador que pudiera haber imaginado. Y él era aun aterrador. No había visto a su padre
desde aquel momento vergonzante en casa de Luke. Intentó captar su mirada ahora, pero
Robert estaba mirando a Maryse. “El Cónclave ya está preparado,” dijo Robert. “Las
embarcaciones están en el muelle.”


Las manos de la Inquisidor revolotearon alrededor de su rostro. “Eso no es bueno,” dijo ella.
“No hay suficientes de nosotros… No podemos posiblemente…”
Robert la ignoró. En su lugar, miró a Maryse. “Deberíamos irnos pronto,” dijo él, y en su
tono había el respeto que faltaba cuando se había dirigido a la Inquisidor.
“Pero la Clave,” comenzó la Inquisidor. “Ellos debe ser informados.”
Maryse empujó el teléfono sobre el escritorio hacia la Inquisidor, duramente. “Cuéntaselo.
Cuéntales qué has hecho. Es tu trabajo, después de todo.”
La Inquisidor no dijo nada, sólo contempló el teléfono, una mano sobre su boca.
Antes de que Alec pudiera sentir compasión por ella, la puerta se abrió otra vez e Isabelle
entró, en su equipación de Cazadora de Sombras, con su largo látigo de plata y oro en una
mano y una naginata de filo de madera en la otra. Frunció el ceño a su hermano. “Ve a
prepararte,” dijo ella. “Estaremos navegando tras el barco de Valentine inmediatamente.”
Alec no pudo evitarlo; la comisura de su boca se movió hacia arriba. Isabelle era siempre tan
decidida. “¿Eso es para mí?” preguntó él, indicando la naginata.
Isabelle la apartó bruscamente de él. “¡Búscate la tuya!”
Algunas cosas nunca cambian. Alec se dirigió hacia la puerta, pero fue detenido por una
mano sobre su hombro. Él elevó la vista con sorpresa.
Era su padre. Miraba a Alec, y aunque no estaba sonriendo, había un halo de orgullo en su
cara arrugada y cansada. “Si necesitas de una espada, Alexander, mi guisarme está en el pasillo
de entrada. Si es que te gustaría utilizarla.”
Alec tragó y asintió con la cabeza, pero antes de que él pudiera dar las gracias a su padre,
Isabelle dijo tras él:
“Aquí tienes, Mamá,” dijo ella. Alec se giró y vio a su hermana en el proceso de entregar la
naginata a su madre, que la hizo girar con su experto manejo.
“Gracias, Isabelle,” dijo Maryse, y con un movimiento tan veloz como cualquiera de los de
su hija, bajó la espada de forma que apuntaba directamente al corazón de la Inquisidor.
Imogen Herondale elevó su vista hasta Maryse con los ojos hechos trizas y vacíos de una
estatua en ruinas. “¿Vas a matarme, Maryse?”
Maryse siseó entre sus dientes. “Ni siquiera te acercas (a acertarlo),” dijo ella. “Necesitamos
todos los Cazadores de Sombras de la ciudad, y en este momento, eso te incluye a ti.
Levántate, Imogen, y prepárate tú misma para la batalla. Desde ahora, las órdenes aquí los voy
a dar yo.” Sonrió con gravedad. “Y lo primero que voy a hacer es liberara a mi hijo de esa
abominable Configuración Malachi.”

Ella aparecía magnífica mientras hablaba, pensó Alec con orgullo, una verdadera guerrera
Cazadora de Sombras, cada línea de su ardiente furia justificada.
Él odió estropear el momento, pero iban a descubrir que Jace se había ido por su cuenta ya
hacía mucho. Mejor que alguien le amortiguara el golpe.
Aclaró su garganta. “En realidad,” dijo él, “hay algo que probablemente deberías saber…”
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Capítulo realizado por nuestra gran colaboradora Aurim =)

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