Clary siempre había odiado las montañas rusas, odiaba esa sensación de caérsele el
estómago a los pies cuando el vagón se lanzaba hacia abajo. Ser arrebatada de la camioneta y
arrastrada a través del aire como un ratón en las garras de un águila era diez veces peor. Gritó
con todas sus fuerzas mientras sus pies abandonaban la plataforma de la camioneta y su
cuerpo se lanzó hacia arriba, increíblemente rápido. Gritó y se retorció, hasta que miró hacia
abajo y vio lo alto que estaba ya sobre el agua y se dio cuenta de qué ocurriría si el demonio
volador la dejaba en libertad.
Ella se quedó quieta. La camioneta parecía de juguete allá abajo, a la deriva sobre las olas.
La ciudad se balanceaba alrededor de ella, paredes borrosas de luz centelleantes. Habría sido
bonito si ella no estuviera tan aterrorizada. El demonio se ladeó y lanzó en picado, y de
repente en vez de elevarse ella estaba cayendo. Pensó que la cosa la dejaría caer cientos de
pies a través del aire hasta estrellarse contra la oscura agua helada, y cerró los ojos –pero caer
a través de la ciega oscuridad era peor. Ella los abrió otra vez y vio la negra cubierta del buque
aumentando de tamaño bajo ella como una mano dispuesta a aplastarlos a ambos fuera del
cielo. Gritó una segunda vez mientras caían hacia la cubierta –y a través de un cuadrado
oscuro recortó la distancia hasta la superficie. Ahora estaban dentro del barco.
La criatura voladora disminuyó su ritmo. Estaban cayendo hacia el centro de la
embarcación, rodeado por la barandilla metálica de la cubierta. Clary pudo ver brevemente la
oscura maquinaria; nada de ello parecía estar en condiciones de funcionamiento, y había
equipos y herramientas abandonadas en varios lugares. Si alguna vez había habido luz eléctrica
allí, ya no funcionaba, aunque un resplandor apenas perceptible lo impregnaba todo. Con lo
que sea que se propulsaba el barco antes, Valentine estaba haciéndolo ahora con algo más.
Algo que había succionado la calidez de la atmósfera. El aire helado le azotó la cara mientras
el demonio llegaba al fondo del barco y se sumergía en un largo y pobre pasillo. Aquello estaba
siendo especialmente cuidadoso con ella. Su rodilla se golpeó contra una tubería cuando la
criatura dobló una esquina, mandando una oleada de dolor hacia arriba de la pierna. Gritó y
oyó su risa siseante sobre ella. Entonces la soltó y cayó. Girando en el aire, Clary intentó
preparar las manos y rodillas antes de que golpeara la superficie. Chocó contra el suelo con un
extraño impacto y rodó de lado, aturdida.
Estaba tendida sobre una dura superficie de metal, en semioscuridad. Esto había sido
probablemente un espacio de almacenamiento en algún tiempo, porque las paredes eran lisas
y sin puertas. Había una abertura cuadrada en la parte de arriba sobre ella que filtraba la única
luz. Sentía su cuerpo entero como un cardenal.
“¿Clary?” Susurró una voz. Ella rodó sobre un costado, estremeciéndose. Una sombra se
arrodilló a su lado. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, vio la figura pequeña y
curvilínea, de pelo trenzado y ojos castaños. Maia. “Clary, ¿eres tú?”
Clary se irguió, ignorando el lacerante dolor de su espalda. “Maia. Maia, oh, Dios mío.” Miró
a la otra chica, luego alrededor en la habitación desesperadamente. Estaba vacía a excepción
de ellas dos. “Maia, ¿dónde está? ¿Dónde está Simon?”
Maia se mordió el labio. Sus muñecas estaban ensangrentadas, vio Clary, su cara estaba
surcada con lágrimas secas. “Clary, lo siento,” dijo, con ligera voz ronca. “Simon ha muerto.”
Empapado por completo y medio congelado, Jace se desplomó sobre la cubierta del buque,
derramando agua de sus cabello y ropas. Elevó la mirada hasta el nublado cielo nocturno,
respirando a bocanadas. No había sido una tarea fácil escalar por la desvencijada escalera de
metal precariamente sujeta a la pared metálica del buque, especialmente con las manos
resbalosas y la ropa empapada tirando de él hacia abajo.
Si no hubiera sido por la runa Sin Miedo, reflexionó, probablemente habría estado
preocupado porque uno de los demonios voladores le hubiera tirado de la escalera como un
pájaro se quita un piojo. Afortunadamente, parecía que habían vuelto al buque una vez que
habían capturado a Clary. Jace no podía imaginar por qué, pero hacía mucho tiempo que él
había dejado de intentar entender por qué su padre hacía lo que hacía.
Sobre él se alzaba una cabeza, silueteada contra el cielo. Era Luke, que había llegado a la
parte de superior de la escalera. Trepó trabajosamente hasta la balaustrada y se dejó caer a su
otro lado. Bajó su mirada hasta Jace. “¿Estás bien?”
“Bien.” Se puso en pie. Estaba temblando. Hacía frío sobre el buque, más frío del que había
hecho allá abajo en el agua –y sin su chaqueta. Se la había dado a Clary.
Jace miró alrededor. “En algún lugar hay una puerta que conduce al interior del buque. La
encontré la última vez. Sólo tenemos que dar vueltas por la cubierta hasta encontrarla otra
vez.”
Luke miró hacia delante.
“Y déjame ir delante,” añadió Jace, dando un paso frente a él. Luke le pareció sumamente
confuso, como si fuera a decir algo, y finalmente caminó al lado de Jace mientras se
aproximaban al curvado frente del buque, donde Jace había estado con Valentine la noche
antes. Podía oír las oleaginosas bofetadas del agua contra la proa, allí muy abajo.
“Tu padre,” dijo Luke, “¿qué te dijo cuando le viste? ¿Qué te prometió?”
“Oh, ya sabes. Lo normal. Un abono de por vida para los Knicks.” Jace hablaba con
ligeramente pero el recuerdo mordió su interior más profundamente que el frío. “Dijo que
aseguraría no dañarme a mí ni a nadie que me importe si dejaba la Clave y volvía con él a
Idris.”
“¿Crees…” vaciló Luke. “¿Crees que haría daño a Clary para recuperarte?”
Doblaron la proa y Jace pudo ver brevemente la Estatua de la Libertad en la distancia, un
pilar rebosante de luz. “No. Creo que la cogió para hacernos subir al barco como hemos hecho,
como baza a jugar. Eso es todo.”
“No estoy seguro de que necesite una baza más.” Habló Luke en voz baja mientras
desenvainaba su kindjal. Jace se giró para seguir la mirada de Luke, y por un momento sólo
pudo mirar.
Había un agujero negro en la cubierta sobre la cara oeste del barco, un agujero como una
plaza que hubiera sido cortada sobre el metal, y de sus profundidades manaba una oscura
nube de monstruos. Jace rememoró la última vez que había estado allí, con la Espada Mortal
en su mano, contemplando con horror cómo a su alrededor el cielo sobre él y el mar allí abajo
se volvían borrosos montones de pesadillas. Solamente ahora estaban ellos enfrente de él, una
cacofonía de demonios: el Raum blanco como el hueso, que les había atacado en casa de Luke;
los demonios Oni con sus cuerpos verdes, anchas bocas y cuernos; los escurridizos demonios
negros Kuri, demonios araña con sus ocho brazos terminados en pinzas y colmillos rezumantes
de veneno, con sus ojos saliéndose de sus órbitas…
Jace no podía contarlos a todos. Sintió la Camael y la tomó de su cinturón, su blanco brillo
iluminando la cubierta. Los demonios sisearon ante su visión, pero ninguno de ellos se retiró.
La runa Sin Miedo sobre el hombro de Jace comenzó a arder. Se preguntaba cuántos demonios
podría matar antes de que se consumiera.
“¡Detente! ¡Para!” La mano de Luke agarró la camisa de Jace por la espalda, tirando
bruscamente de él hacia atrás. “Son demasiados, Jace. Si podemos volver a la escalera…”
“No podemos.” Jace se deshizo del agarre de Luke y señaló. “Nos han aislado por ambos
flancos.” Era verdad. Un regimiento de demonios Moloch, con ojos llenos de llamas, les
bloqueaba la retirada.
Luke maldijo, fluida y ferozmente. “Salta por encima del lado del barco, entonces. Yo los
mantendré alejados.”
“Salta tú,” dijo Jace. “Estoy bien aquí.”
Luke echó atrás la cabeza. Sus orejas se volvieron puntiagudas, y cuando gruñó a Jace, sus
labios se retiraron sobre sus colmillos de repente puntiagudos. “Tú…” Se interrumpió cuando
un demonio Moloch saltó sobre él, garras extendidas. Jace lo apuñaló casualmente sobre la
espina dorsal cuando pasaba cerca de él, y éste se tambaleó hasta Luke, aullando. Luke lo
agarró con sus manos de garras y lo lanzó por la barandilla. “Estás usando la runa Sin Miedo,
¿verdad?” dijo Luke, volviéndose a Jace con ojos que ardían ámbar.
Se escuchó una zambullida lejana.
“No te equivocas,” admitió Jace.
“¡Jesús!,” dijo Luke. “¿Te la pusiste?”
“No. Clary me la puso.” La espada seráfica de Jace cortó el aire con blanco fuego; dos
demonios Drevak cayeron fulminados. Había docenas de ellos, que venían tambaleándose
hasta ellos con sus manos terminadas en punta extendidas. “Es buena en eso, ya sabes.”
“Adolescentes,” dijo Luke, como si esa fuera la peor palabra que conocía, y se lanzó contra
la horda que se les venía encima.
“¿Muerto?” Clary miraba a Maia como si le hubiera hablado en búlgaro. “Él no puede estar
muerto.”
Maia no dijo nada, sólo la contemplaba con ojos oscuros y tristes.
“Yo lo sabría.” Clary se puso en pie y se apretó las manos, cerradas en puños, contra las
mejillas. “Yo lo sabría ahora.”
“Pensé eso de mí misma,” dijo Maia. “una vez. Pero no lo sabes. Nunca sabes nada.”
Clary se giró sobre sus pies. La chaqueta de Jace que llevaba sobre sus hombros, con la
espalda hecha girones. Se la quitó con impaciencia y la tiró sobre el suelo. Estaba arruinada, la
parte de la espalda marcada de lado a lado con docenas de rajas de garras. A Jace le molestará
que haya destrozado su chaqueta, pensó ella. Debo comprarle una nueva. Debo…
Respiró entrecortadamente un largo suspiro. Podía oír su propio corazón palpitando, pero
aquello también sonaba lejano. “¿Qué… le pasó?”
Maia estaba todavía arrodillada en el suelo. “Valentine nos capturó a ambos,” dijo. “Nos
encadenó en la misma habitación, juntos. Luego, vino con un arma –en realidad, una espada,
grande y brillante, como si estuviera ardiendo. Me arrojó polvo de plata de forma que no pude
luchar con él, y él… Él acuchilló a Simon en la garganta.” Su voz se apagaba hasta convertirse
en un susurro. “Cortó sus muñecas y vertió su sangre en cuencos. Algunas de esas criaturas
demoniacas suyas vinieron y le ayudaron a hacerlo. Luego, sólo dejó a Simon tendido allí,
como un juguete que hubiera destripado tanto que ya nunca podría usar más. Yo grité… pero
sabía que él estaba muerto. Luego, uno de los demonios me agarró y me arrojó aquí.”
Clary apretó el reverso de la mano contra su boca, apretó y apretó hasta que probó su
sangre salada. El fuerte sabor de la sangre pareció despejar la niebla de su mente. “Tenemos
que salir de aquí.”
“Sin ofender, pero eso es bastante obvio.” Maia se levantó sobre sus pies con un
estremecimiento. “No hay forma de salir de aquí. Ni siquiera para una Cazadora de Sombras.
Quizás si fueras…”
“¿Si yo fuera qué?” demandó Clary, recorriendo el cuadrado de su celda. “¿Jace? Bien, no lo
soy.” Dio un puntapié a la pared. Esta produjo un eco vacío. Rebuscó en su pasillo y sacó la
estela. “Pero tengo mis propios talentos.”
Puso el filo de la estela sobre el muro y comenzó a dibujar. Las líneas parecían manar de
ella, negras y carbonizadas, ardientes como su ira. Pegó la estela otra vez contra la pared y
volvieron a fluir de nuevo líneas de su extremo como famas. Cuando terminó el dibujo,
respirando con dificultad, vio que Maia la miraba atónita.
“Chica,” dijo ella, “¿qué has hecho?”
Clary no estaba segura. Parecía que hubiera tirado un cubo de ácido contra el muro. Todo el
metal alrededor de la runa se estaba derritiendo y goteando como un helado en un día
caluroso. Ella dio un paso atrás, ojeándolo con cautela mientras un agujero del tamaño de un
perro enorme se abría en el muro. Clary pudo ver estructuras de metal detrás de él, más tripas
de metal del buque. Los bordes del agujero todavía chisporroteaban, aunque había empezado
a parar de extenderse hacia afuera. Maia dio un paso hacia al frente, retirando el brazo de
Clary.
“Espera.” De repente Clary se puso nerviosa. “El metal fundido… Puede ser, como, el lodo
tóxico o algo así.”
Maia resopló. “Soy de Nueva Jersey. He nacido en el lodo tóxico.” Avanzó hacia el agujero y
miró a través de él. “Hay una pasarela de metal al otro lado,” anunció. “Aquí… Voy a seguir
adelante.” Se giró alrededor y metió un pie por el agujero, luego sus piernas, moviéndose
hacia atrás lentamente. Hizo una mueca mientras se estremeció todo su cuerpo, luego se
quedó helada. “¡Ouch! Mis hombros están pegados. ¿Me empujas?” Ella le tendió las manos.
Clary tomó sus manos y tiró de ellas. La cara de Maia se puso blanca, luego roja… y de
repente se liberó, como un tapón descorchándose de una botella de champán. Con un chillido,
se cayó hacia atrás. Hubo un golpe y Clary asomó su cabeza a través del agujero con ansiedad.
“¿Estás bien?”
Maia estaba tirada en una estrecha pasarela de metal a varios pies de donde estaba. Se giró
sobre su costado lentamente y se estiró hasta sentarse, con un gesto de dolor. “Mi tobillo…
Pero estoy bien,” añadió ella, viendo la cara de Clary. “Nosotros nos curamos rápido también,
ya sabes.”
“Lo sé. Okey, mi turno.” La estela de Clary se clavó incómodamente en su estómago
mientras se agachaba, preparada para deslizarse por el agujero detrás de Maia. La caída desde
la pasarela era intimidante, pero no tanto como la idea de esperar en las bodegas de
almacenamiento a que alguien venga a por ellas. Se volcó sobre su estómago, deslizando un
pie dentro el agujero…
Y algo la agarró de la camisa por la espalda, arrastrándola hacia arriba. Su estela cayó del
cinturón y resonó en el suelo. Ella dio un grito ahogado por la caída y dolor repentinos; el
cuello de su suéter le estrangulaba la garganta, y se estaba asfixiando. Un momento después
ella estaba liberada. Se cayó al suelo, las rodillas golpeando el metal con sonido hueco. Dando
arcadas, rodó sobre su espalda para mirar hacia arriba, sabiendo lo que vería.
Valentine estaba de pie por encima de ella. En una mano sostenía un cuchillo seráfico,
brillando con una violenta luz blanca. Su otra mano, la que la había agarrado por la espalda de
su camisa, estaba apretada en un puño. Su blanca cara esculpida adoptó un aire despectivo de
desdén. “Desde luego eres hija de tu madre, Clarissa,” dijo. “¿Qué has hecho ahora?”
Clary se levantó con dolor sobre las rodillas. Su boca estaba llena de sangre salada allí
donde se había rasgado el labio. Mientras miraba a Valentine, su furia que hervía a fuego lento
floreció como una flor venenosa en el interior de su pecho. Este hombre, su padre, había
matado a Simon y había dejado su cuerpo tirado en el suelo como uno se deshace de la
basura. Ella creía haber odiado a gente en su vida antes; se había equivocado. Esto era odio.
“La chica lobo,” continuó Valentine, frunciendo el ceño, “¿dónde está?”
Clary se echó hacia delante y escupió la sangre de su boca sobre los zapatos de él. Con una
severa exclamación de furia y sorpresa, él retrocedió, levantando la espada en su mano, y por
un momento Clary vio la furia desatada de sus ojos y creyó que de verdad iba a hacerlo, que
iba de verdad a matarla allí donde ella estaba en cuclillas, por escupir sobre sus zapatos.
Lentamente, él bajó la espada. Sin decir una palabra, se puso a andar pasando de largo a
Clary, y miró a través del agujero que ella había hecho en la pared.
Con lentitud, ella se giró, barriendo con los ojos el suelo hasta que la vio. La estela de su
madre. La alcanzó, conteniendo su respiración…
Valentine, girándose, vio lo que ella estaba haciendo. Con una simple zancada, cruzó la
habitación. De una patada lanzó la estela fuera de su alcance; giró en trompo a través del suelo
de metal y cayó por el agujero de la pared. Ella con los ojos medio cerrados, sintiendo
completamente la pérdida de la estela como la pérdida de su madre otra vez.
“Los demonios encontrarán a tu amiga Submundo,” dijo Valentine, con su voz aun fría,
deslizando su espada seráfica en la vaina de su cintura. “No hay por donde pueda huir. No lo
hay para ninguno de vosotros. Ahora levántate, Clarissa.”
Lentamente, Clary se puso en pie. Su cuerpo entero le dolía por la paliza que se había
llevado. Un momento después daba un grito ahogado de sorpresa cuando Valentine la agarró
por los hombros, girándola de manera que su espalda daba a él. Éste dio un silbido; un
enorme, duro y desagradable sonido. El aire se agitó sobre ella y escuchó el desagradable
aleteo de unas correosas alas. Con un pequeño grito, ella intentó desasirse, pero Valentine era
demasiado fuerte. Las alas posándose alrededor de ambos y luego ellos estaban alzándose en
el aire juntos, Valentine sosteniéndola en sus brazos, como si realmente fuera su padre.
Jace había creído que Luke y él estarían muertos a esas alturas. No estaba seguro de por
qué no lo estaban.
La cubierta del buque estaba resbaladiza por la sangre. Él estaba cubierto
de mugre. Incluso su pelo estaba lacio y pegajoso por la suciedad, y los ojos le picaban con la
sangre y el sudor. Había un corte profundo a lo largo de la parte superior de su brazo derecho,
no hubo tiempo para grabar una runa de Curación en su piel. Cada vez que levantaba el brazo,
un dolor abrasador le traspasaba el lado.
Habían logrado por sí mismos abrir un hueco en la pared metálica del buque, y lucharon
desde este refugio mientras los demonios se les abalanzaban. Jace había usado sus dos
chakhrams y también su última hoja seráfica y la daga que había tomado de Isabelle. No era
mucho… Él no habría salido tan pobremente armado a encararse ni siquiera con unos pocos
demonios, y ahora lo estaba haciendo con una horda. Debería estar asustado, lo sabía, pero no
sentía casi nada en absoluto… Sólo enfado por los demonios, que no pertenecían a este
mundo, y furia hacia Valentine, que los había convocado aquí. En el fondo, sabía que su
carencia de miedo no era por completo algo bueno. No le asustaba siquiera cuánta sangre
estaba perdiendo de su brazo.
Un demonio araña se precipitó hacia Jace, rezumando veneno amarillo. Él lo esquivó, no lo
bastante rápido para evitar la salpicadura de unas pocas gotas de veneno sobre su camisa. Ésta
siseaba mientras era devorado el material; sintió el escozor mientras aquello quemaba su piel
como una docena de minúsculas agujas supercalientes.
El demonio araña hizo un chasquido de satisfacción, y pulverizó otro chorro de veneno. Jace
lo esquivó y la ponzoña golpeó en un demonio Oni que venía hacia él por el otro lado; el Oni
lanzó un grito de agonía y cambió su camino hacia el demonio araña, las garras extendidas. Los
dos forcejearon juntos, rodando a través de la cubierta.
Los demonios de alrededor huían en tropel del veneno derramado, que hizo de barrera
entre ellos y el Cazador de Sombras. Jace aprovechó el momentáneo respiro para girarse hacia
Luke detrás de él. Luke estaba casi irreconocible. Sus orejas crecieron afiladas, con puntas
lobunas; sus labios estaban retraídos de su hocico en un rictus de permanente gruñido, sus
manos de garras negras por la escoria de demonio.
“Deberíamos ir por las barandillas.” La voz de Luke era medio un gruñido. “Baja del barco.
No podemos matarlos a todos. Quizás Magnus…”
“No creo que lo estemos haciendo tan mal.” Jace giró su espada seráfica… lo que fue una
mala idea; su mano estaba húmeda de sangre y la espada casi se escurrió de su agarre.
“Considerando todas las cosas.”
Luke hizo un ruido que podía haber sido un gruñido o una risa, o una combinación de
ambas. Entonces algo enorme y sin forma cayó desde el cielo, golpeando a ambos contra el
suelo.
Jace se golpeó duramente contra el suelo, su espada seráfica volando fuera de su mano.
Chocó contra la cubierta, deslizándose a través de la superficie de metal hasta el borde de la
embarcación, fuera de la vista. Jace maldijo y se tambaleó sobre sus pies.
La cosa que había aterrizado sobre ellos era un demonio Oni. Era inusualmente grande para
su especie… Por no mencionar su inusual inteligencia para tener la idea de escalar hasta el
tejado y lanzarse sobre ellos desde lo alto. Estaba cerniéndose sobre la parte superior de Luke
ahora, desgarrándole con sus colmillos afilados que surgían de su frente. Luke se estaba
defendiendo lo mejor que podía con sus propias garras, pero ya estaba empapado en sangre;
su kindjal estaba tirada a un pie de distancia de él sobre la cubierta. Luke se apropió de ella y el
Oni agarró una de sus piernas con su mano en forma de pala, anclándola como si fuera la rama
de un árbol sobre su rodilla. Jace oyó el hueso romperse con un chasquido mientras Luke
gritaba.
Jace se tiró a por la kindjal, agarrándola, y rodó sobre sí mismo, lanzando fuertemente la
daga a la parte trasera del cuello del demonio Oni. Cortó con suficiente fuerza como para
decapitar a la criatura, que se derrumbó, sangre negra manaba a borbotones del extremo de
su cuello. Un momento después había desaparecido. La kindjal golpeó la cubierta al lado de
Luke.
Jace corrió hacia él y se arrodilló. “Tu pierna…”
“Está rota.” Luke forcejeó sentado. Su cara se retorció de dolor.
“Pero tú sanas rápido.”
Luke miró alrededor con su cara sombría El Oni podía estar muerto pero los otros demonios
habían aprendido de su ejemplo. Estaban arremolinándose sobre el tejado. Jace no podía
decir, a la débil luz de la luna, cuántos de ellos había… ¿Docenas? ¿Cientos? Después de todo
no importaba el número exacto.
Luke cerró la mano en torno a la empuñadura de la kindjal. “No lo suficientemente rápido.”
Jace tiró de la daga de Isabelle que llevaba en el cinturón. Era la última de sus armas y de
repente parecía tristemente pequeña. Una fuerte emoción le traspasó… No era miedo, Eso
todavía no era posible, sino pesar. Vio a Alec y a Isabelle como si ellos estuviesen en frente de
él, sonriéndole, y luego vio a Clary con sus brazos abiertos como si le estuviera dando la
bienvenida a casa.
Se puso en pie justo cuando ellos caían desde el tejado en una ola, una marea de sombra
tapando la luna. Jace se movió para intentar cubrir a Luke, pero no funcionaría; los demonios
estaban por todas partes. Uno salió de la retaguardia y se situó frente a él. Era un esqueleto de
seis pies de alto, riéndose con sus dientes rotos. Trocitos de insignias de oración tibetanas de
intensos colores colgaban de sus huesos putrefactos. Agarraba una espada katana en uno de
sus huesudos brazos, lo que era algo inusual –la mayoría de los demonios no se armaban. La
espada, inscrita con runas demoniacas, era más larga que el brazo de Jace, curvada, filosa y
mortal.
Jace lanzó la daga. Se clavó en la caja torácica del demonio y se quedó anclada allí. El
demonio apenas la notó; sólo siguió moviéndose, inexorable como la muerte. El aire alrededor
apestaba a muerte y cementerios. Alzó la katana en su mano de garra…
Una sombra gris cortó la oscuridad enfrente de Jace, una sombra que se movió con un giro,
con un movimiento preciso y mortal. La basculante parte de debajo de la katana se encontró
con el afilado chirrido del metal contra el metal; la figura oscura empujó la katana hacia atrás
con el demonio, apuñalándolo desde arriba con la otra mano con una velocidad que la vista de
Jace apenas podía seguir. El demonio se derrumbó, su cráneo se aplastó y se arrugó
desapareciendo en la nada. Todo lo que podía oír alrededor de él eran los alaridos de los
demonios aullando de dolor y sorpresa. Girando, vio que docenas de formas –formas
humanas– estaban encaramándose lentamente por encima de la barandilla, tirándose al suelo,
y corriendo a encontrarse con la masa de demonios que se arrastraba, deslizaba, siseaba y
volaba sobre la cubierta. Ellos llevaban espadas de luz y ropas oscuras y resistentes de…
“¿Cazadores de Sombras?” dijo Jace, tan sobresaltado que habló en voz muy alta.
“¿Quiénes si no?” Una sonrisa brilló en la oscuridad.
“¿Malik? ¿Eres tú?”
Malik inclinó la cabeza. “Siento no haber estado más temprano hoy,” dijo. “Estaba bajo
órdenes.”
Jace estaba por decirle a Malik que su intervención acababa de salvar su vida más que
arreglar su anterior fracaso de impedir que Jace dejase el Instituto, cuando un grupo de
demonios Raum se dirigió en tropel hacia ellos, con los tentáculos azotando el aire. Malik se
giró y cargó contra ellos con un grito, su espada seráfica centelleando como una estrella. Jace
estaba por seguirle cuando una mano lo agarró por el brazo y le empujó a un lado.
Era un Cazador de Sombras, todo de negro, una capucha ocultaba su cara. “Ven conmigo.”
La mano tiraba insistentemente de su manga.
“Tengo que ir a por Luke. Ha sido herido.” Tiró de su brazo atrás. “Déjame ir.”
“Oh, por el amor del Ángel…” La figura le dejó en libertad y elevó la mano para apartar la
capucha de su larga capa, revelando un estrecho rostro blanco y ojos grises que brillaban como
esquirlas de diamantes. “¿Ahora harás lo que has dicho, Jonathan?”
Era la Inquisidor.
A pesar de la velocidad de torbellino con la que volaron por del aire, Clary habría pateado a
Valentine si hubiera podido. Pero él la agarraba como si sus brazos fueran bandas de hierro.
Sus pies estaban colgando pero pataleando tanto como ella podía, no parecía capaz de entrar
en contacto con nada.
Cuando de repente el demonio se ladeó y viró violentamente, ella soltó un grito. Valentine
se reía. Luego estaban girando a través de un estrecho túnel de metal hasta una sala más
ancha y extensa. En vez de dejarlos caer bruscamente, el demonio volador les depositó lenta y
suavemente sobre el suelo.
Para la sorpresa de Clary, Valentine la dejó ir. Se desasió de él y se tambaleó hasta el centro
de la sala, mirando a su alrededor desesperada. La maquinaria todavía cubría las paredes,
evitando parte del camino para crear un ancho espacio cuadrado en el centro. El suelo era de
denso metal negro, cubierto aquí y allá con oscuras manchas. En el centro del espacio vacío
había cuatro vasijas, suficientemente grandes para bañar a un perro en ellos. El interior de los
dos primeros estaba manchado de una oscura herrumbre marrón. La tercera estaba llena de
oscuro líquido rojo. La cuarta estaba vacía.
Un arcón de metal estaba entre los cuencos. Un oscuro trapo había sido estirado sobre él.
Cuando ella se aproximó más, vio que en la parte superior del paño descansaba una espada
plateada que relumbraba con una luz negruzca, casi en ausencia de iluminación: una radiante y
visible oscuridad.
Clary se giró y miró a Valentine, que estaba mirándola silenciosamente. “¿Cómo has podido
hacerlo?” demandó ella. “¿Cómo pudiste matar a Simon? Él sólo era un… Sólo era un chico,
sólo un humano normal…”
“No era humano,” dijo Valentine, con su voz de seda. “Se había convertido en un monstruo.
Sólo que tú no podías verlo, Clarissa, porque utilizaba la cara de un amigo.”
“No era un monstruo.” Ella se acercó un poco más a la Espada. Parecía enorme, pesada. Se
preguntó si ella podría levantarla… Y si pudiera, ¿podría blandirla? “Era todavía Simon.”
“No creas que no soy comprensivo con tu situación,” dijo Valentine. Él estaba en pie inmóvil
bajo el único rayo de luz que descendía de la trampilla del techo. “Fue igual para mí cuando
Lucian fue mordido.”
“Él me lo contó,” le espetó ella. “Le diste una daga y le dijiste que se matara.”
“Eso fue un error,” dijo Valentine.
“Al menos lo admites…”
“Debía haberlo matado yo mismo. Eso habría demostrado lo que me importaba.”
Clary sacudió la cabeza. “Pero no lo hiciste. A ti nunca te ha importado nadie. Ni siquiera mi
madre. Ni siquiera Jace. Sólo eran cosas que te pertenecían.”
“Pero, ¿no es eso el amor, Clarissa? ¿Posesión? ‘Soy de mi amado y mi amado es mío’, como
dice la Canción de las Canciones.”
“No. Y no me cites la Biblia. No creo que tú la leas.” Ella estaba ahora de pie muy cerca del
arcón, con la empuñadura de la Espada dentro de su alcance. Sus dedos estaban húmedos por
el sudor y los secó subrepticiamente sobre sus vaqueros. “No es sólo que alguien te
pertenezca, es entregarte a ti mismo a los demás. Dudo que tú hayas dado alguna vez algo a
alguien. Excepto quizás pesadillas.”
“¿Entregarte a alguien?” La delgada sonrisa no decayó. “¿Como tú te has entregado a
Jonathan?”
Su mano, que había estado acercando a la Espada, se crispó en un puño con dolor. La
contrajo contra su pecho, mirándolo con incredulidad. “¿Qué?”
“¿Crees que no he visto el modo en que vosotros dos os miráis el uno al otro? ¿El modo en
el que él dice tu nombre? Puedes creer que no siento, pero eso no significa que no pueda ver
los sentimientos de los demás” El tono de Valentine era sereno, cada palabra un témpano de
hielo clavándose en sus oídos. “Supongo que sólo nos podemos culpar a nosotros mismos, tu
madre y yo; habiéndoos mantenido tanto tiempo apartados, nunca desarrollasteis la repulsión
hacia el otro que sería más natural entre hermanos.”
“No sé a qué te refieres.” Los dientes de Clary castañeaban.
“Creo que he sido bastante claro.” Él había salido de la luz. Su rostro era un estudio de
sombras. “Vi a Jace después de que se encarara al demonio del miedo, sabes. Se le mostró
como si fueras tú. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber. El mayor miedo en la vida de
Jonathan es el amor que siente por su hermana.”
“No hago lo que dije,” dijo Jace. “Pero podría hacer lo que quieres si me lo pides con buenos
modales.”
La Inquisidor parecía como si quisiera poner los ojos en blanco pero hubiera olvidado
cómo. “Necesito hablar contigo.”
Jace miró fijamente a la Inquisidor. “¿Ahora?”
Ella puso una mano sobre su brazo. “Ahora.”
“Estás loca.” Jace bajó la mirada hacia la extensión del barco. Parecía una pintura del
infierno de El Bosco. La oscuridad estaba llena de demonios: avanzando pesadamente,
aullando, graznando y rasgando con garras y dientes. Los Nephilim se replegaban y volvían a
atacar como una flecha, sus armas brillantes entre las sombras. Jace podía ver ya que no había
suficientes Cazadores de Sombras. Apenas suficiente. “No hay manera… Estamos en mitad de
una batalla…”
El huesudo agarre de la Inquisidor era sorprendentemente fuerte. “Ahora.” Ella le empujó, y
él dio un paso atrás, demasiado sorprendido para hacer nada más, y luego otro, hasta que
estuvieron en un recodo del muro. Ella soltó a Jace y sintió en las dobleces de su oscura capa la
silueta marcada de dos cuchillos seráficos. Ella susurró sus nombres, y luego varias palabras
que Jace no conocía, y los arrojó sobre la cubierta, cada uno a un lado de él. Se levantaron
verticalmente, las puntas hacia abajo, y una sencilla niebla blanquiazul se levantó sobre ellos,
levantando un muro que separaba a Jace y la Inquisidor del resto del barco.
“¿Estás apresándome otra vez?” demandó Jace, mirando a la Inquisidor con incredulidad.
“Esto no es una Configuración Malachi. Puedes salir de él si quieres.” Sus delgadas manos se
estrecharon una contra la otra fuertemente. “Jonathan…”
“Quieres decir Jace.” No podía ver mucho más allá la batalla a través del muro de luz blanca,
pero todavía podía oír los sonidos de esta, los gritos y los rugidos de los demonios. Si giraba su
cabeza, podía capturar sólo una breve visión de una pequeña sección de océano, espumeante
con una luz como diamantes diseminados sobre la superficie de un espejo. Habría sobre una
docena de embarcaciones allí abajo, las elegantes trimarans multi-casco utilizadas en los lagos
de Idris. Las embarcaciones de los Cazadores de Sombras. “¿Qué estás haciendo aquí,
Inquisidor? ¿Por qué viniste?”
“Tú tenías razón,” dijo ella. “Sobre Valentine. Él no haría el intercambio.”
“Te dijo que me dejaras morir.” Se encendió la luz en la cabeza de Jace.
“En el momento que él lo rechazó, por supuesto, llamé al Cónclave y los traje aquí. Yo… Yo
te debo a ti y a tu familia una disculpa.”
“Evidentemente,” dijo Jace. Odiaba las disculpas. “¿Alec e Isabelle? ¿Están aquí? ¿Ellos
no serán castigados por ayudarme?”
“Están aquí, y no, no serán castigados.” Ella todavía lo miraba, con ojos penetrantes. “No
puedo comprender a Valentine,” dijo ella. “Para un padre entregar la vida de su hijo, de su
único hijo…”
“Sí,” dijo Jace. Le dolía la cabeza y deseaba que se callase, o que un demonio les atacase.
“Es un enigma, no pasa nada.”
“A no ser que…”
Ahora él la miraba con sorpresa. “A no ser ¿qué?”
Ella clavó un dedo en su hombro. “¿Cuándo obtuviste (get)/te hiciste eso?”
Jace bajó la mirada y vio el agujero que el veneno de demonio araña había hecho en su
camisa, dejando gran parte de su hombro izquierdo descubierto. “¿La camisa? En las rebajas
de Macy’s Winter.”
“La cicatriz. Esta cicatriz, aquí sobre tu hombro.”
“Oh, eso.” A Jace le sorprendía la intensidad de su mirada. “No estoy seguro. Algo que
ocurrió cuando yo era muy joven, me dijo mi padre. Un accidente de algún tipo. ¿Por qué?”
La respiración siseaba a través de los dientes de la Inquisidor. “No puede ser,” murmuró.
“Tú no puedes ser…”
“Yo no puedo ser ¿qué?”
Había una nota de incertidumbre en la voz de la Inquisidor. “Todos esos años,” dijo ella, “en
los que tú estuviste creciendo… ¿Realmente creíste que eras el hijo de Michael Wayland…?”
Una súbita furia recorrió a Jace, que se volvió más doloroso por ir acompañada de una
pequeña punzada de decepción. “Por el Ángel,” espetó, “¿me arrastras hasta aquí en mitad de
una batalla sólo para hacerme las mismas malditas preguntas otra vez? No me creíste la
primera vez y aun no me crees. Nunca me creerás a pesar de todo lo que ha ocurrido, incluso
sabiendo que todo lo que te dije era verdad.” Él alzó su dedo hacia todo lo que estaba pasando
al otro lado de la pared de luz. “Debería estar ahí fuera luchando. ¿Por qué me retienes aquí?
¿Para que después de que esto acabe, si alguno de nosotros aun vive, puedas ir a la Clave y
decirles que yo no luché a tu lado contra mi padre? Bien, inténtalo.”
Ella se había puesto aun más pálida de lo que él pensaba que era posible. “Jonathan, eso no
es lo que yo…”
“¡Mi nombre es Jace!” gritó. La Inquisidor se estremeció, su boca medio abierta, como si
ella fuera a decir algo aun. Jace no quiso escucharlo. Se fue de su lado, casi golpeándola al
pasar, y le dio una patada a uno de los cuchillos seráficos que estaban sobre la cubierta. Se
cayó y la pared de luz desapareció.
Más allá de ésta estaba el caos. Formas oscuras se arrojaban de un lado a otro sobre la
cubierta, los demonios trepaban sobre cuerpos destrozados, y el aire estaba lleno de humo y
alaridos. Forzó la vista para encontrar a alguien que conociera en el tumulto. ¿Dónde estaba
Alec? ¿Isabelle?
“¡Jace!” La Inquisidor se apresuró tras él, su cara tensada con miedo. “Jace, no tiene arma,
al menos toma…”
Ella se entrecortó cuando un demonio surgió de la oscuridad frente a Jace como un iceberg
frente a la proa de un barco. No era ninguno de los que había visto antes esa noche; este tenía
la cara arrugada y las manos ágiles de un enorme mono y la cola puntiaguda de un escorpión.
Sus ojos estaban desorbitados y eran amarillos. Aquello le siseó entre sus rotos dientes de
aguja. Antes de que Jace pudiera esquivarlo, la cola se disparó hacia él con la velocidad de una
llamativa cobra. Vio el extremo de la púa batiéndose hacia su cara…
Y por segunda vez aquella noche, una sombra pasó entre él y la muerte. Blandiendo un
cuchillo de larga hoja, la Inquisidor se lanzó delante de él, justo a tiempo para que el aguijón
del escorpión se enterrase en su pecho.
Ella gritó, pero permaneció en pie. La cola del demonio se retrajo, preparada para otro
embiste… pero el cuchillo de la Inquisidor había dejado ya su mano, volando derecho y
certero. Las runas grabadas en su hoja llamearon mientras se deslizó a través de la garganta
del demonio. Con un silbido, como de aire escapando de un globo pinchado, se desintegró
hacia dentro, su cola moviéndose espasmódicamente mientras desaparecía.
La Inquisidor se derrumbó sobre la cubierta. Jace se arrodilló a su lado y puso una mano
sobre su hombro, volviéndola sobre su espalda. La sangre se extendía por toda la parte
delantera de su blusa gris. Su rostro estaba laxo y amarillo, y por un momento Jace pensó que
ya estaba muerta.
“¿Inquisidor?” Él no podía llamarla por su nombre, ni siquiera ahora.
Sus ojos se agitaron abiertos. El blanco en ellos estaba ya mate. Con un gran esfuerzo le hizo
señales para que se acercase. Él se inclinó más cerca, lo suficiente para escuchar su susurro al
oído, un susurro en el último suspiro…
“¿Qué?” dijo Jace, desconcertado. “¿Qué quiere decir eso?”
No hubo respuesta. La Inquisidor se había desplomado contra la cubierta, sus ojos muy
abiertos y fijos, su boca curvada de tal forma que casi parecía una sonrisa.
Jace se echó hacia atrás sobre sus talones entumecidos mirando fijamente. Ella estaba
muerta. Muerta por él.
Algo le agarró por la espalda de su chaqueta y le llevó arrastrando. Jace llevó una mano a su
cinturón –se dio cuenta de que no tenía armas– y se giró para ver un par de familiares ojos
azules mirándole a los suyos con total incredulidad.
“Estás vivo,” dijo Alec –dos cortas palabras, pero había un caudal de sentimiento detrás de
ellas. El alivio de su cara evidente, tanto como lo era su agotamiento. A pesar del fresco en el
aire, su pelo negro estaba aplastado contra sus mejillas y frente por el sudor. Sus ropas y piel
estaban surcadas con sangre y había un gran rasgón en la manga de su chaqueta blindada,
como si algo dentado y filoso la hubiera abierto. Agarraba firmemente una ensangrentada
guisarme en la mano derecha y el cuello de Jace en la otra.
“Parece que lo estoy,” admitió Jace. “Aunque no lo estaré por mucho tiempo si no me das
un arma.”
Con un rápido vistazo alrededor, Alec soltó a Jace, tomó un cuchillo seráfico de su cinturón y
se lo tendió. “Aquí.” Dijo, “Se llama Samandiriel.”
Jace apenas tuvo el cuchillo en la mano cuando un demonio Drevak de tamaño medio se
dirigió hacia ellos, rugiendo imperiosamente. Jace elevó la Samandiriel, pero Alec ya había
despachado a la criatura con un puntiagudo golpe de su guisarme.
“Bonita arma,” dijo Jace, pero Alec estaba mirando más allá de él, a la desvencijada figura
gris sobre la cubierta.
“¿Es la Inquisidor? ¿Está…?”
“Está muerta.”
La mandíbula de Alec se tensó. “Adiós y buen viaje. ¿Cómo ha sido?”
Jace estaba a punto de responder cuando fue interrumpido por un fuerte chillido. “¡Alec!
¡Jace!” Era Isabelle, apresurándose hacia ellos a través del hedor y el humo. Llevaba una
oscura chaqueta muy estrecha, manchada de sangre amarillenta. Cadenas doradas colgaban
con runas encantadas alrededor de sus muñecas y tobillos, y su látigo enrollado alrededor de
ella como una red de cable eléctrico.
Ella abrió los brazos. “Jace, pensamos…”
“No.” Algo hizo a Jace dar un paso atrás con un respingo fuera del tacto de ella. “Estoy todo
cubierto de sangre, Isabelle. No.”
Una expresión herida cruzó la cara de ella. “Pero si te hemos estado todos buscándote,
mamá y papá, ellos…”
“¡Isabelle!” gritó Jace, pero era demasiado tarde: un descomunal demonio araña se cernía
detrás de ella, rezumando veneno amarillo por los colmillos. Isabelle gritó cuando el veneno le
salpicó, pero su látigo se desenrolló con una velocidad deslumbrante, partiendo el demonio en
dos. Las dos partes produjeron un ruido sordo contra el suelo, luego desaparecieron.
Jace fue como una flecha hacia Isabelle mientras esta se desplomaba. El látigo se escurrió
de su mano cuando él la agarró, acunándola torpemente contra él. Podía ver cuánto veneno
había caído sobre ella: había salpicado la mayor parte de la chaqueta, pero algo de él había
llegado a su garganta, y donde la tocó, la piel se quemaba y chisporroteaba. Apenas
audiblemente, ella gimoteaba –Isabelle, que nunca mostró dolor.
“Dámela.” Era Alec, tirando su arma mientras se apresuraba a ayudar a su hermana. Tomó a
Isabelle de los brazos de Jace y la depositó con cuidado sobre la cubierta. Arrodillado a su lado,
estela en mano, elevó la mirada hasta Jace. “Contén a lo que venga mientras le curo.”
Jace no podía retirar sus ojos de Isabelle. La sangre corría por su cuello hasta la chaqueta,
empapando su pelo. “Tenemos que sacarla de este barco,” dijo bruscamente. “Si se queda
aquí…”
“¿Morirá?” Alec estaba trazando con la punta de su estela tan cuidadosamente como podía
sobre la garganta de su hermana. “Todos nosotros vamos a morir. Son demasiados. Estamos
siendo aniquilados. La Inquisidor merecía morir por esto… Todo esto es por su culpa.”
“Un demonio Scorpios intentó matarme,” dijo Jace, preguntándose por qué estaba diciendo
aquello, por qué estaba defendiendo a alguien que odiaba. “La Inquisidor se interpuso en su
camino. Salvó mi vida.”
“¿Lo hizo?” Había claro asombro en el tono de Alec. “¿Por qué?”
“Supongo que decidió que yo merecía ser salvado.”
“Pero ella siempre…” Alec se interrumpió, su expresión cambiando a una de alarma. “Jace,
detrás de ti, dos de ellos…”
Jace se dio la vuelta. Dos demonios se aproximaban: un Ravener, con su cuerpo de aligátor y
dientes serrados, su cola de escorpión curvada sobre su espalda, y un Drevak, su pálida carne
de gusano blanco brillando a la luz de la luna. Jace escuchó a Alec, detrás de él, jadeando
alarmantemente; luego la Samandiriel dejó su mano, describiendo una trayectoria plateada
por el aire. Se deslizó a través de la cola del Ravener, justo por debajo del basculante saco de
veneno y al final de su largo aguijón.
El Ravener aulló. El Drevak se giró, confuso –y recibió el saco lleno de veneno en la cara. El
saco se rompió, empapando al Drevak en ponzoña. Emitió un grito confuso y comenzó a
desintegrarse, su cabeza deshaciéndose por encima del hueso. Sangre y veneno rociaban toda
la cubierta cuando el Drevak desapareció. El Ravener, perdiendo sangre a borbotones por el
muñón de su cola, se retiró unos pasos antes de que también desapareciera.
Jace se inclinó y recogió la Samandiriel con energía. La cubierta aun estaba chisporroteando
donde se había vertido el veneno del Ravener, produciéndose pequeños agujeros como si
fuera una estopilla.
“Jace.” Alec estaba de pie, sosteniendo a Isabelle, pálida pero ya vertical, en los brazos.
“Necesitamos sacar a Isabelle de aquí.”
“Bien,” dijo Jace. “Sácala tú de aquí. Yo voy a tratar con eso.”
“¿Con qué?” dijo Alec, desconcertado.
“Con eso,” dijo Jace otra vez, y señaló. Algo venía hacia ellos a través del humo y las llamas,
algo enorme, jorobado y sólido. Con facilidad cinco veces el tamaño de cualquier otro demonio
del buque, tenía un cuerpo blindado, los miembros, cada apéndice terminado en una
puntiaguda garra. Sus pies eran patas de elefante, enormes y separados. Tenía la cabeza de un
mosquito gigante, Jace vio como se acercaba, con sus ojos de insecto y el oscilante aguijón de
succión lleno de sangre.
Alec aspiraba con fuerza. “¿Qué demonios es eso?”
Jace pensó un momento.“Grande,” dijo finalmente. “Mucho.”
“Jace…”
Jace se giró y miró a Alec, y luego a Isabelle. Algo dentro de él le decía que esta podría ser
muy bien la última vez que les vería, y aun así no sentía miedo, no por sí mismo. Quería
decirles algo, quizás que les quería, que cada uno de ellos era más valioso para él que mil
Instrumentos Mortales y el poder que ellos pudieran proporcionar. Pero las palabras no
surgieron.
“Alec,” se escuchó decir a sí mismo. “Lleva a Isabelle a la escalera, ahora, o moriremos
todos.”
Alec encontró su mirada y la sostuvo por un momento. Luego asintió con la cabeza y
empujó a Isabelle, todavía entonces protestando, hacia la escalera. La ayudó a encaramarse
sobre ella, y con un inmenso alivio Jace vio que su cabeza oscura desaparecía cuando comenzó
a descender la escalera. Y ahora tú, Alec, pensó. Ve.
Pero Alec no se iba. Isabelle, ahora fuera de vista, gritó repentinamente cuando su hermano
saltó de nuevo desde la escalera a la cubierta del barco. Su guisarme estaba tirada sobre la
cubierta donde la había dejado caer; la agarró y ahora se movía para ponerse al lado de Jace y
encarar al demonio mientras este venía.
Él nunca había luchado con algo así antes. El demonio, cargando sobre Jace, en un
santiamén viró bruscamente y se enfrentó ávidamente. Jace se giró para impedir el paso a
Alec, pero la cubierta de metal sobre la que estaba, corrompida por el veneno, se desmoronó
bajo él. Su pie se hundió y cayó fuertemente contra la cubierta. Alec tuvo tiempo para gritar el
nombre de Jace, y luego el demonio estuvo sobre él. Lo apuñaló con su guisarme, sumergiendo
su puntiagudo extremo en la carne del demonio profundamente. La criatura se encabritó hacia
atrás, profiriendo un chillido extrañamente humano, rociando sangre negra desde la herida.
Alec se retiró, buscando otra arma, justo cuando la garra del demonio se batía alrededor,
golpeándolo contra la cubierta. Luego su tubo de succión se estrechó alrededor de él. En algún
sitio, Isabelle estaba gritando. Jace forcejeó desesperadamente para sacar la pierna de la
cubierta; bordes afilados de metal se le clavaron cuando tiraba para liberarse y ponerse en pie.
Elevó la Samandiriel. Una luz centelleó desde el cuchillo seráfico, brillando como una estrella
fugaz. El demonio se replegó, haciendo un bajo sonido siseante. Aflojó su agarre sobre Alec y
por un momento Jace creyó que le soltaría. Entonces tiró de su cabeza hacia atrás con una
repentina e impresionante rapidez y lanzó a Alec con inmensa fuerza. Alec golpeó la dura
cubierta resbaladiza por la sangre, patinando a través de ella… Y cayó, con un simple grito
ronco, por el lado del barco.
Isabelle estaba gritando el nombre de Alec; sus chillidos eran como pinchos siendo dirigidos
hacia el interior de los oídos de Jace. La Samandiriel estaba todavía ardiendo en su mano. Su
luz iluminó al demonio que se revolvía hacia él, su mirada fija de insecto brillante y
depredadora, pero todo lo que podía ver era a Alec; a Alec cayendo por el lateral del buque, a
Alec ahogándose en las negras aguas allí abajo. Creía que él mismo sentía el sabor del agua de
mar en su propia boca, o puede que fuera sangre. El demonio estaba casi sobre él; levantó la
Samandiriel en la mano y la lanzó –el demonio chilló, un sonido enorme y agonizante– y luego
la cubierta se abrió bajo Jace con un chirrido de metal destrozado y cayó dentro de la
oscuridad.
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Capítulo realizado por nuestra colaboradora Aurim.
Publicado por
Pandemonium
4 comentarios:
gracias se nota el trabajo k estais aciendo para xikas (como yo)k no entienden ni papa de ingles jeje (sin animo de ofender eeeee) muxs gracias otra vez jeje. SOIS LAS MEJORES!!!!!
mil graciiaaaass genias♥
Gracias chiocaas esto esta genial. NO solo lo traduciis sino que le dais la estructura correcta. mil beso
Buenos dias, me preguntaba si me podian decir de cuantos capitulos consta este libro y bueno saber un poco la trama que no lo he podido conseguir x ningun lado.
Muchas gracias!!!
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