16 -Un corazón de piedra

Clary pulsó el botón para devolver la llamada a Simon, pero el teléfono fue directo al buzón
de voz. Lágrimas calientes salpicaron sus mejillas y lanzó su teléfono en el salpicadero.
-¡Maldita sea!, ¡maldita sea!
-Casi hemos llegado”, dijo Luke. Habían salido de la vía rápida y ella ni siquiera lo había
notado. Se detuvieron enfrente de la casa de Simon, una unifamiliar de madera cuya fachada
estaba pintada de un alegre rojo. Clary bajó del coche y corrió a través del paseo de la entrada
antes de que Luke incluso hubiera tirado del freno de seguridad. Ella podía oírle gritando su
nombre mientras se lanzaba escaleras arriba y aporreaba frenéticamente sobre la puerta de la
entrada.
-¡Simon!- gritó -¡Simon!
-Clary, es suficiente.- Luke la alcanzó en el porche de la entrada. -Los vecinos…-
-Que les jodan a los vecinos.- Ella buscó a tientas el llavero en su cinturón, lo encontró, y la
deslizó dentro de la cerradura. Abrió la puerta y dio un paso cautelosamente dentro del
vestíbulo, Luke justo detrás de ella. Miraron con detenimiento a través de la primera puerta a
la izquierda de la cocina. Todo parecía exactamente como siempre había estado, desde la
encimera meticulosamente limpia hasta los imanes del frigorífico. Estaba el lavaplatos donde
ella había besado a Simon tan sólo hacía unos días. La luz del sol pasaba en tropel a través de
las ventanas, llenando la habitación con una luz amarillo pálido. Luz que era capaz de
carbonizar a Simon hasta las cenizas.

La habitación de Simon era la última al final del pasillo. La puerta estaba ligeramente
abierta, aunque Clary no pudo ver nada más que oscuridad a través del resquicio.
Ella deslizó su estela fuera de su bolsillo y la sujetó fuertemente. Sabía que eso no era
realmente un arma, pero el sentirla en su mano era tranquilizante. Dentro, la habitación
estaba oscura, negras cortinas corridas de un extremo a otro de las ventanas, la única luz venía
de un reloj digital que había sobre la mesa de noche. Luke estaba llegando hasta ella para
encender la luz cuando algo, algo que silbó, bufó y gruñó como un demonio, se lanzó contra él
fuera de la oscuridad.

Clary gritó mientras Luke agarraba sus hombros y la empujaba bruscamente a un lado. Ella
tropezó y por poco se cae; cuando volvió a recuperarse, se giró para ver a un Luke estupefacto
agarrando con las manos un gato banco maullante y luchador, su pelaje todo sobresaltado.
Parecía una bola de algodón con zarpas.
-¡Yossarian!-exclamó Clary.
Luke dejó caer al gato. Yossarian inmediatamente se lanzó entre sus piernas y desapareció
por el pasillo.
-Gato estúpido-, dijo Clary.
-No es su culpa. No les gusto a los gatos.- Luke alcanzó el interruptor y encendió la luz.
Clary se quedó boquiabierta/dio un grito sofocado. La habitación estaba completamente en
orden, nada en absoluto fuera de lugar, ni tan siquiera la alfombra estaba torcida. Incluso la
colcha estaba doblada cuidadosamente sobre la cama.
-¿Es un glamour?
-Probablemente no. Probablemente sólo magia.- Luke se desplazó hasta el centro de la
habitación, mirando a su alrededor pensativamente. Cuando se movió para tirar de una de las
cortinas hacia atrás, Clary vio algo relucir en la alfombra a sus pies (de Luke).
-Luke, espera.- Ella fue hacia donde él estaba de pie y se arrodilló para recuperar el objeto.
Era el plateado teléfono móvil de Simon, terriblemente doblado y deformado, la antena rota. A
pesar de la grieta que corría a lo largo de la pantalla de display, un mensaje de texto estaba
todavía visible: Ahora yo los tengo a todos.
Clary se hundió sobre la cama aturdida. En la distancia, sentía a Luke arrancándole el
teléfono de la mano. Ella le escuchó su aliento aspirando mientras él leía el mensaje.
-¿Qué significa? ¿Ahora los tengo a todos?- preguntó Clary.

Luke dejó el teléfono de Simon sobre el escritorio y pasó una mano sobre la cara. “Me temo
que significa que ahora él tiene a Simon y, deberíamos también afrontarlo, Maia, también. Lo
que significa que él tiene todo lo que necesita para el Ritual de Conversión.”
Clary le miraba fijamente.

-Quieres decir que esto no va sólo de obtenerme a mí… y a ti?
-Estoy seguro que Valentine considera eso como un agradable efecto secundario. Pero no
es su principal meta. Su meta principal es invertir las características de la Espada del Alma. Y
para eso él necesita…
-La sangre de chicos Submundo. Pero Maia y Simon no son niños. Son adolescentes.
-Cuando ese encantamiento fue creado, el hechizo para girar la Espada del Alma hacia la
oscuridad, la palabra adolescente no había sido siquiera inventada. En la sociedad de los
Cazadores de Sombras, tú eres adulto cuando tienes dieciocho. Antes de eso, eres un niño.
Para los propósitos de Valentine, Maia y Simon son niños. Él tiene ya la sangre de una niña
hada, y la sangre de un niño brujo. Todo lo que necesitaba eran un hombre-lobo y un
vampiro.

Clary sentía como si el aire hubiera sido golpeado hacia fuera de ella.
-Entonces, ¿por quéno hicimos algo? ¿Por qué no pensamos en protegerlos de la alguna manera?
-Hasta el momento Valentine ha hecho lo que es conveniente. Ninguna de sus víctimas
fueron elegidas por otra razón que la de que estaban allí y eran fáciles de conseguir. El brujo
era fácil de encontrar; todo lo que Valentine tenía que hacer era contratarlo bajo el pretexto
de querer un demonio elevado. Es suficientemente sencillo descubrir el reino de las hadas en
el parque si sabes dónde buscar. Y el Cazador de la Luna estaba exactamente donde tú irías si
quisieses encontrar un hombre-lobo. Ponerse a sí mismo a este peligro y problema extra sólo
para arremeter contra nosotros cuando nada ha cambiado…
-Jace,- dijo Clary.
-¿Qué quieres decir con Jace? ¿Qué pasa con él?
-Creo que es Jace a quien él está intentando recuperar. Jace debe haber hecho algo la
noche pasada en el barco, algo que realmente ha reventado a Valentine. Le ha reventado lo
suficiente como para abandonar cualquier plan que él tuviera antes y realizar uno nuevo.”
Luke parecía perplejo. -¿Qué te hace pensar que el cambio de planes de Valentine tuvo algo
que ver con tu hermano?.
-Porque,- dijo Clary con desalentadora certeza, -sólo Jace puede cabrear a alguien tanto.



-¡Isabelle!-Alec aporreó la puerta de su hermana. -Isabelle, abre la puerta. Sé que estás
ahí.
La puerta se abrió por un resquicio. Alec trató de mirar detenidamente a través de él, pero
nadie parecía estar al otro lado. 

-Ella no quiere hablar contigo-, dijo una voz bien conocida.
Alec echó un vistazo abajo y vio unos deslumbrantes ojos grises mirándole desde detrás de
unas torcidas gafas. -Max-, dijo. -Vamos, hermanito, déjame entrar.-
“Yo tampoco quiero hablar contigo.” Max comenzó a empujar la puerta para cerrarla, pero
Alec, rápido como un coletazo del látigo de Isabelle, metió su pie en el hueco de la puerta.
“No me hagas llamarte otra vez, Max.”
“No deberías.” Max empujó de nuevo tanto como podía.
“No, pero podría ir a buscar a nuestros padres, y tengo la sensación de que Isabelle no
quiere eso. ¿No, Izzy?” reclamó, lanzando su voz lo suficientemente en alto para que su
hermana pudiera oírla dentro de la habitación.
“Oh, por el amor de Dios.” Isabelle sonaba furiosa. “Está bien, Max. Déjale entrar.”
Max dio un paso hacia atrás y Alec empujó y entró, dejando la puerta medio abierta detrás
de él. Isabelle estaba arrodillada en el alféizar de la ventana detrás de su cama, su látigo
dorado rollado en espiral en torno a su brazo izquierdo. Ella llevaba su equipo de caza, los
duros pantalones negros y camisa muy estrecha con sus casi invisibles diseños de runas
plateados. Sus botas estaban abrochadas hasta sus rodillas y su pelo negro azotado por la brisa
de la ventana abierta. Ella lo fulminó con la mirada, recordándole por un momento a nada más
que a Hugo, el negro cuervo de Hodge.

“¿Qué demonios estás haciendo? ¿Tratando de conseguir matarte tú misma?” exigió él,
cruzando furiosamente la habitación a grandes zancadas hasta su hermana. Su látigo
serpenteó enrollándose en torno a sus tobillos. Alec paró como muerto, sabiendo que con una
simple sacudida de muñeca de Isabelle podría dar un tirón a sus pies y hacerle aterrizar como
un fardo atado sobre el suelo de dura madera. “No te acerques a mí, Alexander Lighwood,”
dijo ella con su voz más airada. “No me siento muy benévola contigo en este momento.”
“Isabelle…”
“¿Cómo pudiste atacar a Jace de esa manera? ¿Después de todo lo que ha pasado? Y tú
hiciste ese juramente de tener cuidado el uno del otro también…”
“No,” le recordó, “si eso significaba romper la Ley.”
“¡La Ley!” Isabelle rompió indignada. “Hay una ley mayor que la Clave, Alec. La ley de la
familia. Jace es tu familia.”
“¿La ley de la familia? Nunca he oído acerca de eso antes,” dijo Alec, molesto. Él sabía que
debería defenderse a sí mismo, pero era difícil no ser distraído por el hábito de toda la vida de
corregir a tus hermanos pequeños cuando están equivocados. “¿Podría ser eso porque acabas
de inventártelo?”
Isabelle sacudió su muñeca. Alec sintió sus pies salir desde dentro de él y retorcidos
absorber el impacto de la caída con sus manos y muñecas. Él aterrizó, rodando sobre su
espalda, y miró hacia arriba para ver a Isabelle como una amenaza sobre él. Max estaba detrás
de ella. “¿Qué hacemos con él, Maxwell?” preguntó Isabelle. “¿Dejarlo aquí tirado para que lo
encuentren los padres?”
Alec había tenido suficiente. Batió una espada desde la vaina en su muñeca, retorcida, y
cortó el látigo alrededor de sus tobillos. El cable eléctrico se separó con un chasquido y él saltó
sobre sus pies mientras Isabelle tiraba de su brazo hacia atrás, el cable siseando alrededor de
ella.
Una risa baja rompió la tensión. “Está bien, está bien, ya le has torturado suficientemente.
Estoy aquí.”
Los ojos de Isabelle volaron bien abiertos. “¡Jace!”
“El mismo.” Jace se sumergió dentro de la habitación de Isabelle, cerrando la puerta detrás
de él. “No hay necesidad de dos de vosotros para luchar…” Hizo un gesto de dolor cuando Max
fue a toda velocidad hacia él, aullando su nombre. “Cuidado ahí,” dijo, desenredándose
tiernamente del chico. “Yo no estoy en la mejor forma ahora.”
“Puedo ver eso,” dijo Isabelle, con sus ojos escrutándole con ansiedad.
Sus muñecas estaban ensangrentadas, su cabello rubio estaba sudoroso y aplastado sobre
su cuello y su frente, y la cara y las manos estaban sucias. “¿Te hizo daño la Inquisidor?”
“No demasiado gravemente.” Los ojos de Jace se encontraron con los de Alec a través de la
habitación. “Ella acababa de encerrarme en la galería de armas. Alec me ha ayudado a
escapar.”
El látigo se marchitó en la mano de Isabelle como una flor. “Alec, ¿es eso verdad?”
“Sí.” Alec se sacudió de la ropa el polvo del suelo con deliberada ostentación. Él no se pudo
resistir a añadir: “Ahí tienes.”
“Bien, deberías haberlo dicho.”
“Y tú deberías haber tenido algo de fe en mí…”
“Es suficiente. No hay tiempo para discutir,” dijo Jace. “Isabelle, ¿qué tipo de armas tienes
aquí? Y vendas, ¿algunas vendas?”
“¿Vendas?” Isabelle soltó su látigo y sacó su estela de un cajón. “Puedo arreglarte con una
iratse…”
Jace levantó sus muñecas. “Una iratze está bien para mis magulladuras, pero no ayudará
con esto. Hay una runa ardiendo.” Parecían incluso peor a la brillante luz del cuatro de
Isabelle… Las cicatrices circulares estaban negras y agrietadas en algunos lugares, rezumando
sangre y un fluido claro. Él bajó las manos mientras Isabelle palidecía. “Y necesitaré algunas
armas, también, antes yo…”
“Las vendas primero. Las armas después.” Ella dejó el látigo encima del tocador y arreó a
Jace hacia el baño con una cesta llena de pomadas, gasas acolchadas y rollos de vendas. Alec
los miraba a través de la puerta medio abierta, Jace apoyándose en el lavabo mientras su
hermana adoptiva le pasaba la esponja por sus muñecas y las envolvía con una gasa blanca.
“Okey, ahora quítate la camisa.”
“Sabía que había algo en esto para ti.” Jace se deslizó fuera de su chaqueta y se quitó la
camiseta por la cabeza, haciendo un gesto de dolor. Su piel era de un dorado pálido, más
rebajado sobre el duro músculo. Las Marcas de tinta negra eran gemelas en sus brazos. Un
mundano podía haber pensado que las cicatrices blancas de la piel de copos de nieve de Jace,
reliquias de viejas runas, le hacían menos perfecto, pero Alec no. Todos ellos tenían esas
cicatrices; eran insignias de honor, no defectos.
Jace, viendo que Alec le miraba a través de la puerta medio abierta, dijo, “Alec, ¿puedes
coger el teléfono?”
“Está sobre el tocador.” Isabelle no levantó la mirada. Ella y Jace estaban conversando en
tono bajo; Alec no podía oírles, pero sospechaba que era porque estaban intentando no
asustar a Max.
Alec miró/buscó. “No está sobre el vestidor.”
Isabelle, trazando con la iratze sobre la espalda de Jace, maldecía con enojo. “Oh,
demonios. Dejé mi teléfono en la cocina. Mierda. No quiero ir a buscarlo con la inquisidora
merodeando.”
“Yo lo cogeré,” se ofreció Max. “Ella no se preocupa por mí, soy demasiado joven.”
“Supongo.” Isabelle sonaba renuente. “¿Para qué necesitáis el teléfono, Alec?”
“Sólo lo necesitamos,” dijo impacientemente Alec. “Izzy…”
“Si estás mandando un mensaje de texto a Magnus para decirle Yo pienso q tú ers kewl
(¿cool?), voy a matarte.”
“¿Quién es Magnus?” preguntó Max.
“Es un brujo,” dijo Alec.
“Un brujo muy, muy sexy,” dijo Isabelle a Max, ignorando la apariencia de furia total de
Alec.
“Pero los brujos son malos,” protestó Max, que parecía desconcertado.
“Exactamente,” dijo Isabelle.
“No entiendo,” dijo Max. “Pero voy a por el teléfono. Estaré de vuelta perfectamente.”
Se deslizó por la puerta mientras Jace se volvía a poner su camisa y chaqueta y volvía al
dormitorio, donde comenzó a buscar armas entre los montones de pertenencias de Isabelle
que estaban esparcidos por todo el suelo. Isabelle le siguió, sacudiendo la cabeza. “¿Cuál es
ahora el plan? ¿Nos marchamos todos nosotros? La Inquisidora va a flipar cuando descubra
que no estás allí.”
“No tanto como va a flipar cuando Valentine la rechace.” Secamente, Jace esbozó el plan de
la Inquisidor. “El único problema es que él nunca caerá en él.”
“¿El, el único problema?” Isabelle estaba tan furiosa que casi tartamudeaba, algo que no
había hecho desde que tenía seis años. “¡Ella no puede hacer eso! ¡Ella no puede
intercambiarte con un psicópata! ¡Eres un miembro de la Clave! ¡Eres nuestro hermano!”
“La Inquisidor no piensa así.”
“No me importa lo que piense ella. Es una zorra espantosa y debe ser detenida.”
“Una vez que descubra que su plan es un serio error, puede que ella sea capaz de hablar
con condescendencia,” observó Jace. “Pero no me pega que se descubra. Voy a salir de aquí.”
“No va a ser fácil,” dijo Alec. “La Inquisidora tiene este lugar cerrado tan estrictamente
como un pentagrama. ¿Sabes que hay guardias en la planta baja? Ella ha llamado a la mitad del
Cónclave.”
“Debe tener una gran opinión sobre mí,” dijo Jace, lanzando a un lado un montón de
revistas.
“Quizás ella no está equivocada.” Isabelle lo miraba pensativamente. “¿En serio saltaste
treinta pies hacia fuera de una Configuración Malachi? ¿Lo hizo, Alec?”
“Lo hizo,” confirmó Alec. “Nunca había visto nada igual.”
“Yo nunca he visto nada como esto.” Dijo Jace estirando una daga de diez pulgadas desde el
suelo. Uno de los sujetadores rosas de Isabelle colgaba sobre la punta perversamente afilada.
Isabelle lo agarró, frunciendo el ceño. “Eso no es el asunto. ¿Cómo lo hiciste? ¿Lo sabes?”
“Salté.” Jace recogió dos discos giratorios con filos cortantes de dentro de la cama. Estaban
cubiertos por pelos grises de gato. Sopló sobre ellos, dispersando el pelaje. “Chakhrams. Guay.
Especialmente si me encuentro con algunos demonios con serios problemas de alergia a los
gatos.”
Isabelle se abrió paso hasta él con el sujetador. “¡No me estás contestando!”
“Porque no lo sé, Izzy.” Jace se dirigió a sus pies. “Quizás la Reina Seelie estaba en lo cierto.
Quizás tengo poderes que aun no conozco porque nunca los he probado. Clary ciertamente sí.”
Isabelle arrugó su frente. “¿Ella lo hace?”
Los ojos de Alec se ensancharon de repente. “Jace… ¿Está todavía esa moto vampira arriba
en el tejado?”
“Posiblemente. Pero hay luz diurna, así que no es de mucha utilidad.”
“Además,” Isabelle puntualizó, “no cabemos todos en ella.”
Jace deslizó los chakhrams en su cinturón, junto a la daga de diez pulgadas. Varias cuchillas
del ángel fueron a los bolsillos de su chaqueta. “Eso no importa,” dijo. “Vosotros no venís
conmigo.”
Isabelle resopló. “¿Qué quieres decir, que nosotros no…” Ella se interrumpió cuando Max
volvía, sin aliento y agarrando firmemente su abollado teléfono rosa. “Max, eres un héroe.”
Ella le arrebató el teléfono, lanzando una mirada fulminante a Jace. “Volveré contigo en un
minuto. Mientras tanto, ¿a quién vamos a llamar? ¿A Clary?”
“Yo la llamaré…,” comenzó Alec.
“No.” Isabelle palmeó mano de él. “A ella le gusto yo más.” Ella ya estaba marcando; sacó la
lengua mientras sostenía el teléfono sobre su oreja. “¿Clary? Soy Isabelle. Yo… ¿Qué?” El color
de su cara desapareció como si hubiera sido borrado, dejándola gris y con la mirada fija.
“¿Cómo es eso posible? Pero, ¿por qué…”
“¿Cómo es posible qué?” Jace estuvo a su lado en dos zancadas. “Isabelle, ¿qué ha
ocurrido? ¿Es Clary…”
Isabelle separó el teléfono de su oreja, sus nudillos estaban blancos. “Es Valentine. Se ha
llevado a Simon y Maia. Él va a usarlos para realizar el Ritual.”
En un fluido movimiento, Jace alcanzó y cogió el teléfono de la mano de Isabelle. Lo puso en
su oreja. “Conduce hacia el Instituto,” dijo él. “Dile que nos encontraremos en el muelle en
Brooklyn. Él puede elegir el sitio, pero debe ser algún lugar desierto. Nosotros vamos a
necesitar su ayuda para alcanzar el buque de Valentine.”
“¿Nosotros?” Isabelle se animó visiblemente.
“Magnus, Luke, y yo mismo,” aclaró Jace. “Vosotros dos permaneceréis aquí y trataréis con
la Inquisidor por mí. Cuando Valentine no cumpla con su parte del trato, vosotros seréis los
que tendréis que convencerla de que mande a todos los refuerzos del Cónclave tras
Valentine.”
“No lo pillo,” dijo Alec. “¿Cómo planeas salir de aquí en primer lugar?”
Jace sonrió abiertamente. “Mira,” dijo, y saltó sobre el alféizar de la ventana de Isabelle.
Isabelle gritó, pero Jace estaba ya asomando la cabeza a través de la ventana abierta. Se
balanceó por un momento sobre la parte exterior del alféizar… y un momento después se
hubo ido.
Alec corrió hacia la ventana y miró fijamente hacia fuera con horror, pero allí no había nada
que ver: sólo el jardín del Instituto allí lejos abajo, marrón y vacío, y el estrecho sendero que
daba a la puerta de entrada. No había peatones gritando en la Calle Noventa y seis, ni coches
circulando alrededor de la señal de un cuerpo caído. Era como si Jace se hubiera desvanecido
en un suave aire.
El sonido del agua le despertó. Era un sonido pesadamente repetitivo, agua chocando
contra algo sólido, una y otra vez, como si él estuviera yaciendo en el fondo de una piscina que
se estuviera vaciando rápidamente y volviéndose a llenar. Había el sabor de metal en su boca y
el olor de metal por todas partes. Él era consciente de un dolor insistente y persistente en su
mano izquierda. Con un quejido, Simon abrió los ojos.
Él estaba tendido sobre un duro suelo metálico, lleno de irregularidades, pintado de un feo
gris verdoso. Las paredes eran del mismo metal verde. Había una simple ventana enorme y
redonda en una pared, que dejaba pasar sólo un rayo de luz, pero era suficiente. Él había
estado tendido con su mano en una mancha y sus dedos estaban rojos y llenos de ampollas.
Con otro quejido, rodó desde la luz y se sentó.
Y se dio cuenta de que no estaba solo en la habitación. Aunque las sombras eran espesas, él
podía ver en la oscuridad perfectamente. Al otro extremo, sus manos juntas atadas y
encadenadas a una gran tubería de vapor, era Maia. Sus ropas estaban rasgadas y había una
enorme contusión a lo largo de su mejilla izquierda. Él podía ver dónde sus trenzas habían sido
divididas desde su cuero cabelludo hacia un lado, su pelo estaba enmarañado y apelmazado
con sangre. En el momento que él se sentó, ella le miró fijamente y se echó a llorar
inmediatamente. “Pensé,” ella hipó entre sollozos, “que tú… estabas muerto.”
“Estoy muerto,” dijo Simon. Él estaba mirando atentamente su mano. Mientras miraba, las
ampollas palidecían, el dolor iba disminuyendo y su piel volvía a su palidez normal.
“Lo sé, pero quería decir… realmente muerto.” Ella se golpeó en la cara con sus manos
atadas. Simon intentó moverse hacia ella, pero algo tiró de él corto. Un puño de metal
alrededor de su tobillo estaba atado a una gruesa cadena hundida dentro del suelo. Valentine
no estaba arriesgándose.
“No llores,” dijo él, e inmediatamente lo lamentó. No era que la situación no garantizase
lágrimas. “Estoy bien.”
“Por ahora,” dijo Maia, frotando su húmeda cara contra su manga. “Ese hombre… el que
tiene el pelo blanco… ¿su nombre es Valentine?”
“¿Le viste?” dijo Simon. “Yo no vi nada. Sólo la puerta de entrada reventando y luego una
enorme forma que venía hacia mí como un tren de mercancías.”
“Él es Valentine, ¿verdad? Del que todo el mundo habla. Él es quien comenzó el
Levantamiento.”
“Él es el padre de Jace y Clary,” dijo Simon. “Eso es lo que yo sé sobre él.”
“Pensé que su voz me sonaba familiar. Sonaba como Jace.” Momentáneamente parecía
compungida. “No me extraña que Jace sea tan imbécil.”
Simon sólo podía estar de acuerdo.
“Así que tú no…” la voz de Maia se apagó. Lo volvió a intentar. “Mira, sé que esto suena
raro, pero cuando Valentine vino a por ti, ¿viste a alguien que tú reconocieras con él, alguien
que esté muerto? ¿Como un fantasma?”
Simon sacudió la cabeza, desconcertado. “No, ¿por qué?”
Maia vaciló. “Yo vi a mi hermano. El fantasma de mi hermano. Creo que Valentine estaba
haciéndome tener alucinaciones.”
“Bien, no intentó nada de eso conmigo. Yo estaba al teléfono con Clary. Recuerdo el
flaquear cuando la forma venía hacia mí…” Se encogió de hombros. “Eso es todo.”
“¿Y Clary?” Maia parecía casi esperanzada. “Después quizás ellos hayan comprendido dónde
estamos. Quizás vengan detrás de nosotros.”
“Quizás,” dijo Simon. “¿Dónde estamos, de todos modos?”
“En un bote. Estaba todavía consciente cuando él me trajo aquí. Es una gran cosa metálica
negra y pesada. No había luces y había… cosas por todas partes. Una de ellas saltó hacia mí y
comencé a gritar. Ahí fue cuando él me agarró la cabeza y la golpeó contra la pared. Perdí el
conocimiento por un tiempo después de eso.”
“¿Cosas? ¿Qué quieres decir con cosas?
“Demonios,” dijo ella, y se estremeció. “Él tiene toda suerte de demonios aquí. Grandes y
pequeños y voladores. Ellos hacen lo que sea que él les dice.”
“Pero Valentine es un Cazador de Sombras. Y por todo lo que he oído, él odia los
demonios.”
“Bueno, ellos no parece que lo sepan,” dijo Maia. “Lo que no concibo es qué quieres él de
nosotros. Sé que odia a los Submundo, pero parece como demasiado esfuerzo para matar a
dos de ellos.” Ella había empezado a estremecerse, su mandíbula haciendo clic como la
dentadura de juguete a la que le castañean los dientes y puedes comprar en tiendas de
novedades. “Él debe querer algo de los Cazadores de Sombras. O de Luke.”
Sé lo que él quiere, pensó Simon, pero no había razón para decírselo a Maia; ella ya estaba
suficientemente alterada. Encogió sus hombros y se quitó la chaqueta. “Aquí,” dijo él, y
atravesó la habitación hacia ella.
Girando sobre sus esposas, ella consiguió cubrir sus hombros torpemente. Ella le ofreció
una sonrisa triste pero agradecida. “Gracias. Pero, ¿tú no tienes frío?”
Simon sacudió la cabeza. El escozor de su mano se había ido enteramente ahora. “Yo no
siento el frío. Nunca más.”
Ella abrió la boca, y luego la volvió a cerrar. Una lucha estaba teniendo lugar detrás de sus
ojos. “Lo siento. La manera en la que reaccioné contigo ayer.” Ella se interrumpió, casi
conteniendo la respiración. “Los vampiros me dan un miedo de muerte,” susurró al fin. “La
primera vez que vine a la ciudad, tenía una manada con la que iba… Bat, y otros dos chicos,
Steve y Gregg. Nosotros estábamos en el parque una vez y topamos con unos vampiros que
bebían sangre de una bolsa bajo un puente… Hubo una refriega y la mayor parte de lo que
recuerdo es que uno de los vampiros agarró a Gregg, sólo lo agarró y lo partió en dos…” Su voz
ascendió y se llevó la mano a la boca. Estaba temblando. “En dos,” susurró. “Todas sus tripas
se desparramaron. Y entonces, ellos se comenzaron a comer.”
Simon sintió una sorda punzada de nausea recorriéndolo por completo. Estaba casi
contento de que la historia hiciera sentir enfermo a su estómago, prefería eso a sentir otra
cosa. Como hambre. “Yo no haría eso,” dijo. “me gustan los hombre lobos. Como Luke…”
“Sé que no lo harías.” Pronunció su boca. “Es sólo que cuando te conocí, parecías tan
humano. Me recordabas a cómo solía ser yo, antes.”
“Maia,” dijo Simon. “Tú eres todavía humana.”
“No, no lo soy.”
“En el modo en que cuenta, lo eres. Igual que yo.”
Ella intentó sonreír. Él podía decirle que ella no le había creído, y echárselo en cara
duramente. Pero él no estaba seguro de si él mismo se lo creía.
El cielo se había vuelto de un bronce de cañón, lastrado por pesadas nubes. En la luz gris el
Instituto se alzaba como el enorme lado de una montaña. El anguloso techo de pizarra brillaba
como impoluta plata. Clary creyó haber captado el movimiento de figuras encapuchadas en las
sombras de la puerta principal, pero no estaba segura. Era difícil de decir nada con claridad
cuando estaban aparcados a un bloque de distancia, mirando atentamente a través de la
ventana manchada de la camioneta de Luke.
“¿Cuánto ha pasado?” preguntó ella, quizás por cuarta o quinta vez, no estaba segura.
“Cinco minutos más que la última vez que me lo preguntaste,” dijo Luke. Éste estaba
echándose hacia atrás en su asiento, su cabeza hacia atrás, parecía totalmente exhausto. La
capa de barba de varios días de su mandíbula y mejillas era gris plateada y había oscuras líneas
de sombra bajo sus ojos. Todas esas noches en el hospital, el ataque del demonio, y ahora
esto, pensaba Clary de repente preocupada. Podía ver por qué él y su madre le habían
ocultado esta vida durante tanto tiempo. Deseaba poder ocultársela a sí misma. “¿Quieres
entrar?”
“No. Jace dijo que esperásemos fuera.” Ella miró fuera otra vez por la ventanilla. Ahora
estaba segura de que había figuras in la puerta de entrada. Cuando una de ellas se giró, creyó
captar un destello de pelo plateado…
“Mira.” Luke se había sentado de nuevo verticalmente, bajando a toda prisa su ventanilla.
Clary miró. Nada parecía haber cambiado. “¿Te refieres a la gente en la entrada?”
“No. Los guardias ya estaban antes. Mira sobre el tejado.” Puntualizó él.
Clary presionó su cara contra la manchada ventanilla. El tejado de pizarra de la catedral era
una profusión de torrecillas y agujas góticas, ángeles esculpidos y arqueadas archivoltas.
Estaba a punto de decir irritada que no notaba nada que no fueran algunas gárgolas
despedazadas, cuando un destello de movimiento fue captado por sus ojos. Alguien estaba allí
arriba en el tejado. Una figura esbelta y oscura, moviéndose con rapidez entre las torrecillas,
como una flecha desde una a otra, ahora cayendo en llano, al borde del tejado
imposiblemente empinado… alguien con el pelo pálido que brillaba in la luz metálica como el
bronce…
Jace.
Clary estaba fuera de la furgoneta antes de saber qué estaba haciendo, bajando por la calle
hacia la iglesia, Luke le gritó detrás de ella. El enorme edificio parecía balancearse por encima
de su cabeza, cientos de pies de alto, un escarpado precipicio de piedra. Jace estaba en el filo
del tejado ahora, mirando hacia abajo, y Clary pensaba, No puede ser, él no puede, no debería
hacer esto, no Jace, y entonces él dio un paso fuera del tejado hacia el vacío, con tanta calma
como si estuviera saliendo por la entrada. Clary lanzó un gran chillido mientras él caía como
una piedra…
Y aterrizaba ligeramente sobre sus pies justo enfrente de ella. Clary lo miró atentamente
con la boca abierta mientras él se alzaba de una leve postura de cuclillas y le sonreía. “Si yo
hiciera una broma sobre dejarme caer (a ver a alguien),” dijo él, “¿pensarías que sólo era un
cliché?”
“¿Cómo… cómo lo… cómo has hecho eso?” susurró, sintiendo como si estuviera teniendo
una revelación. Ella pudo ver a Luke fuera de la furgoneta, de pie con sus manos sujetas tras su
cabeza y mirando ahí delante de ella. Se giró para ver a dos guardias de la entrada corriendo
hacia ellos. Uno era Malik; el otro una mujer con el pelo plateado.
“Mierda.” Jace agarró su mano y tiró de ella tras él. Corrieron hacia la furgoneta y se
metieron detrás de Luke, quien encendió el motor y tomó vuelo mientras la puerta del
pasajero estaba todavía abierta. Jace se encaramó por encima de Clary para, con un
movimiento brusco, cerrarla. La camioneta dio un viraje rodeando a los dos Cazadores de
Sombras, Malik, vio Clary, tenía lo que parecía un afilado cuchillo en su mano. Estaba
apuntando a uno de los neumáticos. Escuchó a Jace soltar una palabrota mientras rebuscaba
en su chaqueta algún arma, Malik tiró de su brazo hacia atrás, el filo brillando, y la mujer de
pelo plateado se tiró sobre su espalda, paralizándole el brazo. Él intentó sacudírsela, Clary se
dio la vuelta alrededor sobre su asiento jadeando, y entonces la furgoneta se lanzó por la
esquina y se perdió en el tráfico de la Avenida York, el Instituto reduciéndose en la distancia
detrás de ellos.
Maia había caído en un sueño intermitente contra la tubería de vapor, la chaqueta de Simon
cubriendo sus hombros. Simon observaba la luz del ojo de buey moviéndose a través de la
habitación e intentó en vano calcular las horas. Normalmente, él usaba su teléfono móvil para
saber qué hora era, pero eso había pasado, él rebuscó en sus bolsillos en vano. Lo habría
dejado caer cuando Valentine cargo contra su habitación.
Tenía preocupaciones mayores, pensó. Su boca estaba seca y acartonada, su garganta
dolorida. Estaba sediento de una manera que era como toda la sed y el hambre que él podría
conocer mezcladas juntas para formar una suerte de tortura exquisita. Y sólo estaba
empezando a empeorar.
Sangre era lo que necesitaba. Pensaba en la sangre en su frigorífico de detrás de su cama en
casa, y sus venas ardieron como plateados alambres calientes bajo su piel.
“¿Simon?” Era Maia, estirando su cabeza de forma aturdida. Su mejilla estaba impresa con
marcas blancas donde había estado echada contra la irregular tubería. Mientras él miraba, el
blanco pálido pasó al rosa cuando la sangre volvía a su cara.
Sangre. Pasó su lengua seca por los labios. “¿Sí?”
“¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?”
“Tres horas. Quizás cuatro. Es probable que sea por la tarde.”
“Oh. Gracias por quedarte con el reloj.”
Él no lo había hecho. Se sentía ligeramente avergonzado cuando dijo, “Por supuesto. No hay
problema.”
“Simon…”
“¿Sí?”
“Espero que sepas qué quiero decir cuando digo que siento que estés aquí, pero que estoy
contenta de que estés conmigo.”
Él sintió que en su cara se abría paso una sonrisa. Su labio de abajo se agrietó y probó la
sangre en su boca. Su estómago gruñó. “Gracias.”
Ella se inclinó hacia él, la chaqueta resbaló de sus hombros. Sus ojos tenían una luz grisámbar
que cambió cuando se movió. “¿Puedes alcanzarme?” preguntó ella, tendiéndole la
mano.
Simon trató de alcanzarla. La cadena que aseguraba su tobillo traqueteó mientras extendía
su mano tanto como podía. Maia sonrió cuando las yemas de sus dedos se rozaron…
“Qué conmovedor.” Simon retiró bruscamente la mano, mirando fijamente. La voz que
había hablado fuera de las sombras era tranquila, refinada, ligeramente extranjera pero de una
manera que no podía precisar de dónde. Maia tiró de su mano y se giró alrededor, el color
escurriéndose de su cara mientras miraba hacia arriba al hombre en la puerta de entrada. El
hombre había entrado tan silenciosamente que ninguno de los dos lo había escuchado. “Los
niños de la Luna y de la Noche, llevándose bien al fin.”
“Valentine,” susurró Maia.
Simon no dijo nada. No podía dejar de mirar. Así que este era el padre de Clary y Jace. Con
su capa de pelo blanco-plateado y sus ojos negros ardientes, no se parecía mucho a ninguno
de ellos, aunque había algo de Clary en su angulosa estructura ósea y la forma de sus ojos, y
algo de Jace en la insolencia con la que se movía. Era un hombre grande, de hombros anchos
con una pesada estructura que no se parecía a la de ninguno de sus dos chicos. Él se introdujo
en la habitación de metal verde como un gato, a pesar de ser lastrado con lo que parecía
suficiente armamento como para equipar a una sección. Una gruesa correa de piel negra con
hebilla plateada entrecruzaba su pecho, sosteniendo una espada de ancha empuñadura
plateada a su espalda. Otra gruesa correa rodeaba su cintura, y a través de él asomaba la
colección de un carnicero de cuchillos, dagas, y estrechos y tintineantes filos como enormes
agujas. “Levántate,” le dijo a Simon. “Mantén la espalda contra la pared.” Simon inclinó su
barbilla hacia arriba. Pudo ver a Maia mirándole, con la cara blanca y asustada, y sintió una
fiera ráfaga de protección. Él guardaría a Valentine de hacerle daño a ella, sería la última cosa
que hiciera. “Así que tú eres el padre de Clary,” dijo. “No te ofendas, pero puede ver por qué
ella te odia.”
La cara de Valentine permaneció impasible, casi inmóvil. Sus labios apenas se movieron
cuando dijo, “Y ¿por qué es eso?”
“Porque,” dijo Simon, “eres obviamente un psicótico.”
Ahora Valentine sonreía. Era una sonrisa que no movió ninguna parte de su cara que no
fueran sus labios, y éstos sólo ligeramente. Entonces levantó su puño. Estaba cerrado; Simon
pensó por un momento que Valentine iba a abalanzarse sobre él, y se estremeció
reflexivamente. Pero Valentine no lanzó el puñetazo. En su lugar, abrió los dedos, revelando
un montón de lo que fuere que relumbraba en el centro de su ancha mano. Volviéndose hacia
Maia, giró la cabeza y sopló el polvo hacia ella en una grotesca parodia de un beso verdadero.
El polvo se asentó sobre ella como un enjambre de abejas brillantes.
Maia gritó. Jadeando y moviéndose brusca y salvajemente, agitándose de un lado a otro
como si pudiera así apartar el polvo, su voz elevándose en un alarido.
“¿Qué le has hecho?” gritó Simon, saltando sobre sus pies. Corrió hacia Valentine, pero la
cadena de su pierna le tiró violentamente hacia atrás. “¿Qué hiciste?”
La delgada sonrisa de Valentine se ensanchó. “Polvo de plata,” dijo. “Quema a los
licántropos.”

Maia había parado de moverse y estaba agazapada en una posición fetal sobre el suelo,
llorando silenciosamente. La sangre corrió desde las atroces marcas rojas hasta sus manos y
brazos. El estómago de Simon dio un bandazo otra vez y se dejó caer contra la pared,
asqueándose de sí mismo y de todo lo demás. “Tú cabrón,” dijo mientras Valentine esparcía
ociosamente el resto del polvo de sus dedos. “Es sólo una chica, no va a hacerte daño, está
encadenada, por el…”

Él se ahogó, su garganta estaba ardiendo.

Valentine se reía. “¿Por el amor de Dios?” dijo. “¿Es eso lo que ibas a decir?”
Simon no dijo nada. Valentine extendió sus hombros y tiró de la pesada Espada plateada
desde su vaina. La luz resbaló a lo largo de su filo como agua fluyendo por una escarpada
pared plateada, como la luz del sol reflectándose sobre sí misma. Los ojos de Simon escocían y
él giró la cara.
“La Espada del Ángel te quema, justo como el nombre de Dios te estrangula,” dijo
Valentine, su serena voz afilada como el cristal. “Dicen que esos que mueren bajo su punta
alcanzarán las puertas del cielo. En ese caso, estoy haciéndote un favor.” Bajó la espada de
forma que la punta tocó la garganta de Simon. Los ojos de Valentine eran del color del agua
negra y no había nada en ellos: ni ira, ni compasión, ni nada de odio. Estaban vacíos como un
sepulcro vacío. “¿Últimas palabras?”
Simon sabía que se suponía que él diría: Sh´ma Yisrael, adonai elohanu, adonai echod.
Escucha, oh Israel, el Señor es vuestro Dios, el Señor es el Único. Intentó decir las palabras,
pero un dolor abrasador quemaba su garganta. “Clary,” susurró en su lugar.
Una mirada de irritación cruzó la cara de Valentine, como si el sonido del nombre de su hija
en la boca del vampiro le molestara. Con un afilado movimiento de su muñeca, puso la Espada
a nivel y la blandió con un sencillo y suave gesto sobre la garganta de Simon.
------------------------------------------------------------------------------------------------

Agradecer a nuestra nueva y brillante colaboradora Aurim por su trabajo 

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada