La ola de frío de la semana anterior había pasado; el sol lucía brillante cuando Clary cruzaba
apresuradamente el polvoriento jardín delantero de Luke, la capucha de su chaqueta
levantada para guardar su cabello de saltar volando por su cara. El tiempo podría ser cálido,
pero el viento del East River podía ser todavía brutal. Llevaba un ligero olor químico mezclado
con el olor a asfalto de Brooklyn, gasolina, y azúcar quemada de la fábrica abandonada de la
calle abajo.
Simon estaba esperándola en el porche delantero, tirado en una rota butaca de primavera.
Él tenía su DS haciendo equilibrio sobre las rodillas, en vaqueros azules, y estaba golpeando
laboriosamente con el stick.
-Puntuación –dijo él cuando ella subía los escalones–. Estoy pateando culos en Mario Kart.
Clary se bajó la capucha, revolviéndosele el pelo sobre los ojos, y rebuscó en el bolsillo las
llaves.
-¿Dónde has estado? Te he estado llamando toda la mañana.
Simon se puso de pie, empujando el rectángulo parpadeante en su cartera de mensajero.
-Estaba en casa de Eric. Ensayos de banda.
Clary paró de mover la llave en la cerradura –siempre atascada– lo suficiente para mirarlo
con el ceño fruncido.
-¿Ensayos de banda? ¿Quieres decir que tú todavía…
-¿En la banda? ¿Por qué no estaría? –Él llegó a su altura–. Ven, déjame a mí.
Clary aún parada allí mientras Simon giraba la llave con habilidad de experto, justo con la
cantidad adecuada de presión, logrando abrir la vieja y persistente cerradura. Su mano rozó la
de ella; su piel estaba fresca, la temperatura del aire en el exterior. Ella se estremeció un poco.
Ellos habían terminado su intento de relación romántica hacía sólo una semana, y todavía se
sentía confusa siempre que lo veía.
-Gracias –Ella recibió la llave de vuelta sin mirarlo.
Hacía calor en la sala de estar. Clary colgó la chaqueta en el perchero del hall y encabezó la
marcha hacia el dormitorio de invitados, Simon siguiendo su estela. Ella frunció el ceño. Su
maleta estaba abierta como la concha de una almeja sobre la cama, su ropa y cuaderno de
bocetos desparramados por todas partes.
-Creía que sólo ibas a estar en Idris un par de días –dijo Simon, estudiando el desorden con
una mirada de ligera consternación.
-Y voy, pero no logro hacerme una idea de qué empacar. Apenas tengo vestidos o faldas,
pero ¿qué pasa si no puedo usar pantalón allí?
-¿Por qué no podrías usar pantalones allí? Es otro país, no otro siglo.
-Pero los Cazadores de Sombras son tan anticuados, e Isabelle siempre usa vestidos…
Clary se calló y suspiró.
-No es nada. Es sólo que estoy proyectando toda mi ansiedad por lo de mi madre sobre mi
vestuario. Hablemos de otra cosa. ¿Cómo fue el ensayo? ¿Aún no tiene nombre la banda?
-Fue bien –Simon se sentó de un salto sobre el escritorio, las piernas colgando por un lado–.
Estamos considerando utilizar un nuevo lema. Algo irónico, como ‘Hemos visto un millón de
caras y sacudido (“rocked”) al ochenta por ciento de ellas.’
-¿Le has dicho a Eric y al resto que…
-¿Que soy un vampiro? No. No es el tipo de cosa que dejarías caer en una conversación
informal.
-Quizás no, pero son tus amigos. Deberían saber. Y además, pensarán que te hará estar más
cerca de ser un dios del rock, como ese vampiro Lester.
-Lestat –dijo Simon–. Eso sería el vampiro Lestat. Y él es ficticio. De todas formas, no te veo
corriendo a decirles a todos tus amigos que eres una Cazadora de Sombras.
-¿Qué amigos? Tú eres mi amigo –Se bajó de la cama y miró a Simon–. Y te lo dije, ¿no?
-Porque no tuviste elección –Simon puso la cabeza de lado, estudiándola; la cabecera de la
cama iluminaba con reflejos sus ojos, volviéndolos plata–. Te echaré de menos mientras estés
fuera.
-Yo también te echaré de menos –dijo Clary, aunque su piel le pinchaba por todas partes
con una anticipación nerviosa que le hacía difícil concentrarse. ¡Voy a ir a Idris! Cantaba su
mente. Veré la patria de los Cazadores de Sombras, la Ciudad de Cristal. Salvaré a mi madre. Y
estaré con Jace.
Los ojos de Simon destellaron como si él pudiera oír sus pensamientos, pero su voz era
suave.
-Cuéntamelo otra vez. ¿Por qué tienes que ir a Idris? ¿Por qué no pueden Madeleine y Luke
ocuparse de esto sin ti?
-Mi madre consiguió el hechizo que la puso en este estado de un brujo –Ragnor Fell.
Madeleine dice que necesitamos localizarlo si queremos saber cómo invertir el hechizo. Pero él
no conoce a Madaleine. Conocía a mi madre, y Madeleine piensa que confiará en mí porque
me parezco mucho a ella. Y Luke no puede venir conmigo. Podría venir a Idris, pero por lo visto
él no puede entrar en Alicante sin permiso de la Clave, y ellos no se lo darán. Y no le digas nada
de esto, por favor –no está nada feliz por no venir conmigo. Si no hubiera conocido a
Madeleine de antes, no creo que me hubiera dejado ir en absoluto.”
-Pero los Lightwoods estarán allí también. Y Jace. Te ayudarán. Quiero decir, Jace dijo que te
ayudaría, ¿no? ¿A él no le importa que tú vayas?
-Claro, él me ayudará –dijo Clary–. Y por supuesto, a él no le importa. Él está tranquilo con
eso –Pero eso, ella lo sabía, era una mentira.
Clary había ido directa al Instituto después de hablar con Madeleine en el hospital. Jace fue
el primero al que contó el secreto de su madre, antes incluso que a Luke. Y él estuvo allí y la
observaba, poniéndose más y más pálido mientras ella hablaba, como si más que contarle
cómo podía salvar a su madre estuviera drenando la sangre de él con cruel lentitud.
-No vas a ir –dijo él tan pronto como ella terminó–. Como si tengo que atarte y sentarme
sobre ti hasta que este capricho insensato de los tuyos pase, no vas a ir a Idris.
Clary sintió como si le hubiera abofeteado. Ella había pensado que él estaría contento.
Había corrido todo el camino desde el hospital al Instituto para contárselo, y ahora él estaba
allí de pie mirándola con un aspecto adusto y lúgubre.
-Pero vosotros vais a ir.
-Sí, nosotros iremos. Tenemos que ir. La Clave ha llamado a todo miembro activo de la Clave
que pueda volver a Idris para un encuentro masivo del Consejo. Van a votar sobre lo que se
debe hacer respecto a Valentine, y como somos los últimos que lo hemos visto…
Clary dejó esto a un lado.
-Así que si vais a ir, ¿por qué no puedo ir con vosotros?
El descaro directo de la pregunta pareció enfadarle aún más.
-Porque no es seguro para ti ir allí.
-Oh, ¿y es tan seguro estar aquí? Por poco no me matan una docena de veces el mes
pasado, y todo el tiempo he estado aquí mismo en Nueva York.
-Eso es porque Valentine ha estado concentrado en los dos Instrumentos Inmortales que
estaban aquí –Jace hablaba a través de sus dientes apretados–. Él va a dirigir su foco a Idris
ahora, todos nosotros lo sabemos…
-Apenas estamos seguros de nada de eso –dijo Maryse Lightwoods. Ella había estado
resguardada en la sombra del pasillo de entrada, sin ser vista por ninguno de ellos; ahora se
adelantaba, entrando en las potentes luces de la entrada. Éstas iluminaron las líneas de
agotamiento que parecían dibujar su rostro. Su marido, Robert Lightwood, había sido herido
por un demonio ponzoñoso durante la batalla la semana pasada y desde entonces había
necesitado constantes cuidados; Clary sólo podía imaginar lo cansada que debía estar–. Y la
Clave quiere conocer a Clarissa. Tú sabes eso, Jace.
-La Clave puede joderse.
-Jace –dijo Maryse, sonando sinceramente paternal para variar–. Ese lenguaje.
-La Clave quiere muchas cosas –enmendó Jace–. No tienen necesariamente que
conseguirlas todas.
Maryse le disparó una mirada, como si supiera exactamente de lo que estaba él hablando y
no lo compartiera.
-La Clave a menudo tiene razón, Jace. No es irrazonable que ellos quieran hablar con Clary,
después de por lo que ha pasado. Lo que ella podría contarles…
-Yo les contaré lo que sea que quieran saber –dijo Jace.
Maryse suspiró y volvió sus ojos azules a Clary.
-Así que quieres ir a Idris, ¿lo he cogido?
-Sólo unos días.No seré ningún problema –dijo Clary mirando de manera suplicante,
pasando de la blanca y ardiente mirada de Jace a la de Maryse–. Lo juro.
-La cuestión no es si vas a ser un problema; la cuestión es si estarás dispuesta a encontrarte
con la Clave una vez que estés allí. Ellos quieren hablar contigo. Si dices que no, dudo que
podamos obtener la autorización para llevarte con nosotros.
-No… –comenzó Jace.
-Me encontraré con la Clave –interrumpió Clary, aunque la sola idea le mandó hacia abajo
una onda de frío a través de su espina dorsal. El único emisario de la Clave que había conocido
hasta ahora era la Inquisidor, quien no había sido exactamente agradable de tener alrededor.
Maryse frotó sus sientes con las yemas de los dedos.
-Entonces está resuelto –ella no sonó resuelta, sin embargo; sonó tan tensa y frágil como
una cuerda de violín sobretensada–. Jace, acompaña a Clary a la puerta y luego ven a verme a
la biblioteca. Necesito hablar contigo.
Ella volvió a desaparecer en las sombras sin ni siquiera una palabra de despedida. Clary se
quedó mirando en su dirección, sintiendo como si acabara de ser empapada con agua helada.
Alec e Isabelle parecían querer sinceramente a su madre, y ella estaba segura de que Maryse
no era una mala persona, en realidad, pero no era exactamente cálida.
La boca de Jace era una dura línea.
-Ahora mira lo que has hecho.
-Necesito ir a Idris, incluso si tú no puedes entender el por qué –dijo Clary–. Necesito hacer
esto por mi madre.
-Maryse confía demasiado en la Clave –dijo Jace–. Ella tiene que creer que son perfectos, y
yo no puedo decirle que no lo son, porque… –paró abruptamente.
-Porque eso es algo que diría Valentine.
Ella esperaba una explosión, pero “Nadie es perfecto” fue todo lo que él dijo. Alargó la
mano y pulsó el botón del ascensor con el dedo índice. “Ni siquiera la Clave.”
Clary cruzó los brazos sobre el pecho.
-¿Es eso en realidad por lo que no quieres que vaya? ¿Porque no es seguro?
Un parpadeo de sorpresa cruzó la cara de él.
-¿A qué te refieres? ¿Por qué más no querría que vinieses?
Ella tragó.
-Porque… –Porque me dijiste que tú ya no tienes sentimientos por mí, y ves que eso es muy
delicado, porque yo todavía los tengo por ti. Y apuesto a que tú lo sabes.
-¿Porque no quiero que mi hermanita me siga a todas partes? –había una nota cortante en
su voz, medio burla, medio algo más.
El ascensor llegó con un ruido de traqueteo. Empujando la puerta a un lado, Clary dio un
paso dentro y se volvió para encarar a Jace.
-No voy a ir porque tú estés allí. Voy a ir porque quiero ayudar a mi madre. Nuestra madre.
Tengo que ayudarla. ¿No lo entiendes? Si no hago esto, podría no despertar nunca. Podrías
fingir al menos que te importa un poco.
Jace puso las manos sobre los hombros de ella, las yemas de los dedos rozando su piel
desnuda en el borde de su cuello, mandando indefensos escalofríos sin sentido a través de sus
nervios. Había sombras bajo los ojos de él, Clary notó sin querer, y oscuros huecos bajo sus
pómulos. El jersey negro que llevaba sólo hacía destacar más las marcas de sus magulladuras, y
también los oscuros latigazos; era un estudio de claroscuro, algo para ser pintado con matices
de negro, blanco y gris, con toques de dorado aquí y allí, como sus ojos, por dar un toque de
color…
-Déjame hacerlo –su voz era suave, apremiante–. Puedo ayudarla por ti. Dime dónde debo
ir, a quién preguntar. Conseguiré lo que necesitas.
-Madeleine le dijo al brujo que yo iría. Él estará esperando a la hija de Jocelyn, no al hijo de
Jocelyn.
Las manos de Jace apretaron sobre sus hombros.
-Pues dile que ha habido un cambio de planes. Yo iré, no tú. No tú.
-Jace…
-Haré lo que sea –dijo él–. Lo que quieras, si tú prometes quedarte aquí.
-No puedo.
La soltó, como si ella le hubiera empujado apartándolo.
-¿Por qué no?
-Porque –dijo ella–, es mi madre, Jace.
-Y la mía –su voz sonó fría–. De hecho, ¿por qué Madeleine no nos ha planteado esto a
ambos? ¿Por qué sólo a ti?
-Sabes por qué.
-Porque –dijo él, y esta vez sonó incluso más frío–, para ella tú eres la hija de Jocelyn. Pero
yo seré siempre el hijo de Valentine.
Él cerró con pulso firme la puerta entre ellos. Por un momento ella lo contempló a través –
la malla de la puerta dividía el rostro de él en una serie formas de diamante, trazadas en metal.
Un solo ojo dorado la observaba a través de un diamante, un furioso enfado parpadeando en
su profundidad.
-Jace… –comenzó ella.
Pero con un movimiento brusco y un ruido estrepitoso, el ascensor ya estaba moviéndose,
llevándola hacia abajo sumergiéndola en el oscuro silencio de la catedral.
-La Tierra llamando a Clary –Simon le hizo señas con las manos–. ¿Estás despierta?
-Sí, lo siento –ella se incorporó moviendo la cabeza para sacudirse las musarañas. Esa había
sido la última vez que había visto a Jace. Él no había cogido el teléfono cuando le había
llamado después, así que ella hizo todos sus planes para viajar a Idris con los Lightwoods
usando a Alec como intermediario reacio e incómodo. Pobre Alec, atascado entre Jace y su
madre, siempre intentando hacer lo correcto–. ¿Decías algo?
-Sólo que creo que Luke ha vuelto –dijo Simon, y saltó del escritorio justo en el momento en
el que la puerta del dormitorio se abría-, y ahí está.
-Hola, Simon –Luke sonaba tranquilo, quizás un poco cansado. Llevaba una gastada
chaqueta vaquera, una camisa de franela y viejos cordones en las botas que parecían haber
tenido su mejor momento hacía diez años. Sus gafas estaban apartadas sobre su pelo castaño,
que parecía salpicado con más gris ahora de lo que Clary recordaba. Había un paquete
cuadrado bajo su brazo atado con largas cintas verdes. Se lo tendió a Clary–. Te compré algo
para tu viaje.
-¡No tenías por qué hacerlo! –Protestó Clary–. Ya has hecho demasiado –pensaba en la ropa
que le había comprado después de que todo lo que tenía hubiera sido destruido. Él le había
dado un teléfono nuevo y nuevas provisiones artísticas sin haberle tenido en ningún momento
que pedir nada. Casi todo lo que tenía ahora era regalo de Luke. Y ni siquiera estás de acuerdo
con el hecho de que vaya a ir. Ese último pensamiento quedó tácito flotando entre ellos.
-Lo sé. Pero lo vi y pensé en ti –le entregó la caja.
El objeto en su interior estaba envuelto en capas de papel. Clary las rasgó, alcanzando con la
mano algo suave como el pelaje de un gatito. Ella dio un pequeño grito ahogado. Era un abrigo
de terciopelo verde botella, anticuado, con un forro dorado de seda, botones dorados y una
ancha capucha. Lo dejó caer sobre las rodillas, alisando con las manos el suave material con el
mayor cuidado.
-Se parece a algo que llevaría Isabelle –exclamó ella–. Como una capa de viaje de Cazadores
de Sombras.
-Exactamente. Ahora irás vestida más como uno de ellos –dijo Luke–, cuando estés en Idris.
Ella subió la mirada hacia él.
-¿Quieres que me parezca uno de ellos?
-Clary, tú eres uno de ellos –su sonrisa estaba matizada con tristeza–. Además, sabes cómo
tratan a los de fuera. Cualquier cosa que puedas hacer para encajar…
Simon hizo un ruido extraño, y Clary lo miró con aire de culpabilidad. Casi había olvidado
que él estaba allí. Estaba mirando su reloj con diligencia.
-Debería irme.
-¡Pero si acabas de llegar! –Protestó Clary–. Creí que podríamos tirarnos y ver una película o
algo…
-Tú tienes que empacar –sonrió Simon, brillante como la luz del sol después de la lluvia. Casi
pudo creer que no había nada que le inquietara–. Yo vendré más tarde a despedirme antes de
que te vayas.
-Oh, vamos –protestó Clary–. Quédate…
-No puedo –su tono era inapelable–. He quedado con Maia.
-Oh, genial –dijo Clary. Maia, se dijo a sí misma, era simpática. Era inteligente. Era guapa.
Era una mujer lobo también. Una mujer lobo enamorada de Simon. Pero quizás eso era lo que
debería ser. Quizás su nuevo amigo debería ser un Cazador de Sombras. Después de todo, él
era un Submundo ahora. Técnicamente, todavía pasaba el tiempo con Cazadores de Sombras
como Clary–. Supongo que será mejor que te vayas, entonces.
-Supongo que será mejor –los ojos oscuros de Simon eran inescrutables. Esto era nuevo. Ella
siempre había sido capaz de leer a Simon antes. Se preguntó si aquello era un efecto
secundario del vampirismo, o definitivamente algo más–. Adiós –dijo él, y se inclinó como para
besarla en la mejilla, peinándole el pelo hacia atrás con una de las manos. Luego, se detuvo y
se incorporó, su expresión vacilante. Ella miró con el gesto fruncido por la sorpresa, pero él ya
se había ido, rozando a Luke al pasar por la puerta. Ella escuchó la puerta principal dando un
portazo en la distancia.
-Él está actuando tan raro –exclamó ella abrazando el abrigo de terciopelo contra sí misma a
modo de consuelo–. ¿Crees que es todo cosa de ser vampiro?
-Probablemente no –Luke parecía ligeramente divertido–. Convertirse en Submundo no
cambia el modo de sentir las cosas. O a la gente. Dale tiempo. Rompiste con él.
-No lo hice. Él rompió conmigo.
-Porque tú no estabas enamorada de él. Esa era una propuesta dudosa, y creo que él lo está
llevando con elegancia. Un montón de adolescentes se enfurruñarían o merodearían bajo tu
ventana con una minicadena.
-Nadie tiene minicadena ya. Eso era en los ochenta –Clary se levantó de la cama poniéndose
el abrigo. Se lo abotonó hasta el cuello deleitándose en el suave tacto del terciopelo–. Sólo
quiero que Simon vuelva a la normalidad –se contempló en el espejo con una grata sorpresa. El
verde hacía resaltar su pelo rojo e iluminaba el color de sus ojos. Se volvió hacia Luke–. ¿Qué
piensas?
Él se echó hacia atrás apoyándose en la entrada con las manos en los bolsillos; una sombra
pasó a través de su rostro mientras la miraba.
-Tu madre tenía un abrigo justo como ese cuando tenía tu edad –fue todo lo que dijo.
Clary agarró firmemente los puños del abrigo clavando los dedos en el pelo suave. La
mención de su madre, mezclada con la tristeza de su expresión, estaba dándole ganas de
llorar.
-Vamos a verla hoy más tarde, ¿verdad? –preguntó ella–. Quiero despedirme antes de irme,
y decirle… Decirle lo que estoy haciendo. Que ella va a estar bien.
Luke asintió con la cabeza.
-Visitaremos el hospital hoy más tarde. Y ¿Clary?
-¿Qué? –ella casi no quería mirarlo, pero para su alivio, cuando lo hizo la tristeza se había
marchado de sus ojos. Él sonreía.
-Normal no es todo lo que se dice que es.
Simon echó un vistazo hacia abajo al papel en su mano y luego a la catedral, los ojos como
hendiduras contra el sol de la tarde. El Instituto se erigía contra el inmenso cielo azul, un
bloque de granito horadado con arcos puntiagudos y rodeado por un enorme muro de piedra.
Los rostros de las gárgolas lanzaban miradas lascivas desde sus cornisas, como desafiándole a
cruzar la puerta de entrada. Aquello no se parecía nada a lo que él había visto la primera vez,
disfrazado bajo la apariencia de una ruina venida a menos, pero los glamour no funcionaban
con los Submundo, entonces.
Tú no perteneces a este lugar. Las palabras eran duras y afiladas como el ácido; Simon no
estaba seguro de si eran las gárgolas hablando o la voz de su propia mente. Esto es una iglesia
y tú eres un maldito.
-¡Cállate! –masculló poco entusiasmado–. Además, no me preocupan las iglesias. Soy judío.
Había una verja de hierro de gran filigrana alojada en el muro de piedra. Simon puso la
mano sobre el pestillo, medio esperando que su piel se abrasara de dolor, pero no ocurrió
nada. Aparentemente la puerta por sí misma no era particularmente sagrada. La empujó para
abrirla y estaba a mitad del agrietado camino de mampostería que llevaba a la puerta de la
fachada cuando escuchó voces, varias de ellas, y familiares, cerca. Casi había olvidado lo
mucho que su oído, al igual que su vista, se había afinado desde que se había transformado.
Aquello sonaba como si las voces estuvieran justo sobre sus hombros, pero mientras seguía el
estrecho camino por el lateral del Instituto, vio por lo que la gente se mantenía a bastante
distancia, en el lejano límite de los terrenos. La hierba crecía medio salvaje allí, medio
cubriendo los caminos ramificados que se conducían entre lo que probablemente una vez
habían sido rosales organizados con esmero. Incluso había un banco de piedra, recubierto por
la mala hierba; esto había sido una iglesia de verdad una vez, antes de que los Cazadores de
Sombras la hubieran hecho suya.
Vio primero a Magnus, recostado contra un muro de piedra musgoso. Era difícil pasar por
alto a Magnus… Llevaba una camiseta blanca pintada con salpicaduras sobre unos pantalones
de piel arcoíris. Destacaba como un invernadero de orquídeas rodeado por el vestuario negro
de los Cazadores de Sombras: Alec, con aspecto pálido e incómodo; Isabelle, su largo pelo
moreno trenzado y atado con cintas plateadas, de pie al lado de un chiquillo que debía ser
Max, el más pequeño. Cerca estaba su madre, que parecía una versión más alta y huesuda de
su hija, con el mismo cabello largo y negro. A su lado estaba una mujer que Simon no conocía.
Al principio Simon pensó que era mayor porque su cabello estaba cercano al blanco, pero
luego se volvió para hablarle a Maryse y vio que probablemente no tendría más de
treintaicinco o cuarenta años.
Y luego estaba Jace, de pie un poco más alejado, como si no perteneciera tanto al grupo. Iba
todo de negro Cazador de Sombras como los demás. Cuando Simon vestía todo de negro,
parecía que iba de camino a un funeral, pero Jace sólo parecía fuerte y peligroso. Y más rubio.
Simon sentía los hombros tensos y se preguntó si algo, el tiempo o el olvido, diluiría alguna vez
el resentimiento hacia Jace. Él no quería sentir eso, pero ahí estaba, una piedra lastrando su
corazón sin pulso.
Algo parecía raro en la reunión, pero luego Jace se volvió hacia él, como sintiendo que él
estaba allí, y Simon vio incluso en la distancia la delgada cicatriz blanca sobre su garganta, justo
sobre el cuello. El resentimiento en su pecho se debilitó un poco más. Jace dejó caer un
pequeño saludo con la cabeza en su dirección.
-Volveré a tiempo –dijo él a Maryse, con un tipo de voz que Simon nunca habría usado con
su propia madre. Sonaba como un adulto hablando con otro adulto.
Maryse indicó su permiso con un gesto distraído de la mano.
-No veo por qué esto está llevando tanto tiempo –le estaba diciendo ella a Magnus–. ¿Es
normal?
-Lo que no es normal es el descuento que estoy haciéndote –Magnus golpeteó el tacón de
sus botas contra el muro–. Normalmente cobro el doble.
-Es sólo un Portal temporal. Sólo tienes que llevarnos a Idris. Y luego espero que lo cierres
de nuevo otra vez. Ese es nuestro acuerdo –ella se volvió hacia la mujer que estaba a su lado–.
Y tú te quedarás aquí para ser testigo de que lo hace, ¿Madeleine?
Madeleine. Así que esta era la amiga de Jocelyn. Pero no hubo tiempo para mirar, Jace ya
tenía a Simon por el brazo y estaba arrastrándolo por el lateral de la iglesia, fuera de la vista de
los otros. Allí a las espaldas había incluso más mala hierba, el sendero serpeaba con cabos de
maleza. Jace empujó a Simon al lado de un gran roble y le soltó, disparando sus ojos como
flechas alrededor como si estuviera seguro de que habían sido seguidos.
-Está bien. Podemos hablar aquí.
Ciertamente se estaba más tranquilo allí atrás, la prisa del tráfico de la York Avenue se
amortiguaba detrás de la gran mole del Instituto.
-Eres tú el que me ha pedido que venga aquí –puntualizó Simon–. Encontré tu mensaje
pegado en mi ventana cuando me levanté esta mañana. ¿Alguna vez usas el teléfono como la
gente normal?
-No si puedo evitarlo, vampiro –dijo Jace. Estaba estudiando a Simon pensativamente, como
si estuviera leyendo las páginas de un libro. Mezcladas en su expresión había dos emociones
opuestas: un ligero asombro y lo que le pareció a Simon como decepción–. Así que aún es
verdad. Puedes caminar a la luz del sol. Incluso el sol del mediodía no te quema.
-Sí –dijo Simon–. Pero tú ya sabías eso… Estabas allí.
Él no tenía que dar más detalles sobre lo que “allí” quería decir; podía ver en el rostro del
otro chico que recordaba el río, la parte trasera de la furgoneta, el sol elevándose sobre el
agua, Clary gritando. Él lo recordaba tan bien como Simon.
-Pensé que quizás podría remitir –dijo Jace, pero no sonó como si eso fuera lo que quería.
-Si siento el impulso de romper en llamas, te lo haré saber –Simon nunca tuvo mucha
paciencia con Jace–. Mira, ¿me pediste que viniera hasta el norte del distrito residencial sólo
para que puedas observarme como si fuera algo sobre una placa petri (laboratorio)? La
próxima vez te enviaré una foto.
-Y yo la enmarcaré y la pondré sobre mi mesilla de noche –dijo Jace, pero no sonaba como si
pusiera el corazón en el sarcasmo–. Mira, te pedí que vinieras aquí por una razón. Por mucho
que odie admitirlo, vampiro, tenemos algo en común.
-¿Un cabello realmente maravilloso? –sugirió Simon, pero tampoco ponía el corazón en ello.
Algo en el aspecto del rostro de Jace le estaba resultando cada vez más preocupante.
-Clary –dijo Jace.
A Simon le cogió desprevenido.
-¿Clary?
-Clary –dijo Jace otra vez–. Ya sabes: baja, pelirroja, mal genio.
-No veo cómo Clary es algo que tengamos en común –dijo Simon, aunque él sí lo veía. No
obstante, esta no era una conversación que quisiera tener particularmente con Jace ahora, o,
de hecho, nunca. ¿No había algún tipo de código masculino que excluyera discusiones como
esta? ¿Discusiones sobre sentimientos? Aparentemente no.
-Ambos nos preocupamos por ella –planteó Jace dándole una apariencia moderada–. Ella es
importante para los dos. ¿Verdad?
-¿Me preguntas si me preocupa ella? Qué bondadoso –parecía una palabra muy insuficiente
para eso. Se preguntaba si Jace se estaba burlando de él, parecía inusualmente cruel, incluso
para Jace. ¿Le había traído Jace hasta aquí sólo para mofarse de él porque aquello no había
funcionado románticamente entre Clary y él? Aunque Simon aún tenía esperanza, al menos un
poco, de que las cosas cambiaran, que Jace y Clary comenzaran a sentir el uno por el otro de la
manera que se supone que los hermanos se quieren sentir respecto al otro…
Se encontró con la mirada de Jace y sintió como un poco de esa esperanza se marchitaba. El
semblante del rostro del otro chico no era la expresión que los hermanos tienen cuando
hablaban de sus hermanas. Por otra parte, era obvio que Jace no lo había traído hasta aquí
para mofarse de él por sus sentimientos; el miserable de Simon sabía que debía estar
claramente escrito sobre sus propios rasgos que se reflejaban en los ojos de Jace.
-No creas que me gusta preguntarte estas cuestiones –dijo Jace bruscamente–. Necesito
saber qué harías por Clary. ¿Mentirías por ella?
-¿Mentir sobre qué? De todos modos, ¿qué está pasando? –Simon se dio cuenta de que eso
era lo que le había preocupado en el retablo de Cazadores de Sombras del jardín–. Espera un
segundo –dijo él–, ¿os marcháis para Idris en este momento? Clary cree que vais a esta noche.
-Lo sé –dijo Jace–, y necesito que tú les digas a los otros que Clary te envió aquí para decir
que no venía. Diles que ella ya no quiere venir a Idris –Había un filo en su voz… Algo que Simon
apenas reconocía, o quizás era simplemente tan extraño viniendo de Jace que no podía
procesarlo. Jace estaba suplicándole a él–. Ellos te creerán. Ellos saben lo… Lo cerca que estáis
el uno del otro.
Simon sacudió la cabeza.
-No puedo creerte. Actúas como si quisieses que yo hiciera algo por Clary, pero en realidad
sólo quieres que yo haga algo por ti –comenzó a darse la vuelta–. No hay trato.
Jace agarró su brazo haciéndolo volver de nuevo.
-Esto es por Clary. Estoy intentando protegerla. Creí que tú estarías al menos un poco
interesado en ayudarme en eso.
Simon miró deliberadamente la mano de Jace clavada sobre la parte superior de su brazo.
-¿Cómo puedo protegerla si no me dices de qué la estoy protegiendo?
Jace no le dejó ir.
-¿No puedes sólo creerme cuando te digo que esto es importante?
-Tú no sabes cuánto quiere ir ella a Idris –dijo Simon–, si voy a impedir eso, será mejor que
haya una maldita buena razón.
Jace exhaló lentamente, a regañadientes, y soltó su puño del brazo de Simon.
-Lo que Clary hizo en el buque de Valentine –dijo él, su voz baja–, con la runa sobre la
pared… La Runa de Apertura… Bueno, viste lo que ocurrió.
-Destruyó el buque –dijo Simon–, salvó todas nuestras vidas.
-Mantén la voz baja –Jace echó un vistazo alrededor con ansiedad.
-Tú no le vas a decir a nadie más lo que sabes, ¿no? –exigió Simon con incredulidad.
-Yo lo sé. Tú lo sabes. Luke los sabe y Magnus lo sabe. Nadie más.
-¿Qué creen todos que ocurrió? ¿El barco sólo se desmoronó oportunamente?
-Les conté que el Ritual de Conversión de Valentine debió haber salido mal.
-¿Mentiste a la Clave? –Simon no estaba seguro de si sentirse impresionado o consternado.
-Sí, mentí a la Clave. Isabelle y Alec saben que Clary tiene alguna habilidad para crear nuevas
runas, así que dudo de que sea capaz de guardar eso de la Clave o el nuevo Inquisidor. Pero si
supiesen que ella podría hacer lo que hace… Amplificar runas normales y corrientes de forma
que ellos pudieran tener un increíble poder destructivo… La querrían como luchadora, un
arma. Y ella no está dotada para eso. No fue entrenada para eso… –él se rompió, cuando
Simon sacudió la cabeza–. ¿Qué?
-Tú eres un Nephilim –dijo Simon lentamente– ¿No querrías lo que es mejor para la Clave?
Si eso significa usar a Clary…
-¿Tú quieres que ellos la tengan? ¿Ponerla en primera línea, contra Valentine y el ejército
que sea que esté erigiendo?
-No –dijo Simon–. No quiero eso. Pero no soy uno de los tuyos. No tengo que preguntarme
a mí mismo a quién poner primero, a Clary o a mi familia.
Jace se ruborizó con un rojo lento y oscuro.
-No es eso. Si creyera que pudiese ayudar a la Clave… Pero no lo hará. Sólo conseguirá ser
herida…
-Incluso aunque pensases que ayudaría a la Clave –dijo Simon–, nunca les dejarías tenerla.
-¿Qué te hace decir eso, vampiro?
-Porque nadie puede tenerla sino tú –dijo Simon.
El color abandonó la cara de Jace.
-Así que no me ayudarás –dijo él con incredulidad–. ¿No la ayudarás?
Simon vaciló, y antes de que pudiera responder, un ruido rajó el silencio entre ellos. Un
enorme grito de dolor, terrible en su desesperación, y peor, por la brusquedad con que fue
interrumpido. Jace se dio media vuelta.
-¿Qué fue eso?
El grito solitario se unió a otros chillidos, y un fuerte estruendo que destrozó el tímpano de
Simon.
-Algo está ocurriendo… Los otros…
Pero Jace ya se había puesto en marcha, corriendo por el sendero, esquivando la crecida
maleza. Después de un momento de vacilación Simon le siguió. Él había olvidado cuán rápido
podía correr ahora… Era difícil seguir los talones de Jace mientras doblaban la esquina de la
iglesia e irrumpían en el jardín.
Y en un instante reinaba el caos. Una bruma blanca cubría el jardín y había un fuerte olor en
el aire –el sabor fuerte y afilado del ozono y algo más encubierto bajo éste, dulce y
desagradable. Unas figuras se movían rápidamente hacia delante y atrás como flechas, Simon
podía verlas sólo como fragmentos, mientras aparecían y desaparecían en el espacio a través
de la niebla. Pudo ver brevemente a Isabelle, su cabello batiendo alrededor de ella en negras
lazadas mientras blandía su látigo. Había una horca mortal de relámpagos dorados a través de
las sombras. Ella estaba esquivando el avance de algo pesado y enorme –un demonio, pensó
Simon– pero estaba todo lleno de luz del día; eso era imposible. Mientras él dio un traspiés
hacia delante, vio que la criatura era de forma humanoide, pero jorobado y retorcido, en cierto
modo maligno. Llevaba cargando una ancha tabla de madera en una mano y se estaba
balanceando hacia Isabelle casi de una forma ciega.
Sólo a una pequeña distancia de allí, por un hueco en el muro de piedra, Simon podía ver el
tráfico sobre la York Avenue resonando sorda y plácidamente. El cielo sobre el Instituto era
claro.
-Repudiados –susurró Jace. Su cara estaba encendida cuando tiró de uno de sus cuchillos
seráficos del cinturón–, docenas de ellos –Empujó a Simon hacia un lado, casi con violencia –
Quédate aquí, ¿lo has entendido? Quédate aquí.
Simon se quedó helado por un momento mientras Jace fue hacia el frente sumergiéndose
en la bruma. La luz de la espada en su mano iluminaba la niebla alrededor de él volviéndola
plateada; figuras oscuras tiraban hacia atrás y hacia delante dentro de ella, y Simon sintió
como si estuviera mirando a través de una lámina de cristal esmerilado, intentando
desesperadamente distinguir lo que estaba ocurriendo al otro lado. Isabelle había
desaparecido; vio a Alec, su brazo sangrando, mientras rebanaba el pecho de un guerrero
Repudiado y contemplaba cómo se derrumbaba sobre el suelo. Otro ya estaba dispuesto y
encabritado detrás de él, pero Jace estaba allí, ahora con una espada en cada mano; saltó en el
aire y los encaraba y derribaba luego con un movimiento de tijeras despiadadas –y las cabezas
de los Repudiados se desembarazaban de sus cuellos, sangre negra saliendo a chorros. El
estómago de Simon se revolvió, la sangre olía amarga, venenosa. Pudo escuchar a los
Cazadores de Sombras llamándose unos a otros en la niebla, sin embargo los Repudiados
estaban totalmente en silencio. De repente la bruma se aclaró y Simon vio a Magnus, de pie
con ojos de loco contra el muro del Instituto. Sus manos estaban alzadas, relámpagos azules
estallando entre ellas, y en el muro donde él se encontraba parecía abrirse en la piedra un
agujero negro cuadrado. No estaba vacío, o precisamente oscuro, sino brillando como un
espejo con fuego girando atrapado dentro del cristal.
-¡El Portal! –Estaba gritando– ¡Id a través del Portal!
Varias cosas sucedieron en seguida. Maryse Lightwood apareció de entre la niebla, llevando
al chico, Max, en brazos. Se detuvo para llamar a alguien sobre el hombro y luego se internó en
el Portal y lo atravesó, desapareciendo dentro del muro. Alex la siguió, tirando de Isabelle
detrás de él, su látigo salpicando y dejando un rastro de sangre sobre el suelo. Cuando él la
empujó hacia el Portal, algo surgió de la bruma detrás de ellos. Un guerrero Repudiado
blandiendo un cuchillo de doble hoja.
Simon se descongeló. Disparándose como una flecha hacia delante, llamó a Isabelle por su
nombre –entonces dio un traspié y se cayó hacia delante, golpeando el suelo con tal fuerza
que perdería la respiración si hubiera tenido que respirar. Se retorció sobre la posición en la
que estaba, volviéndose para ver con qué se había tropezado.
Era un cuerpo. El cuerpo de una mujer, su cuello degollado, los ojos azules ensanchados por
la muerte. La sangre le manchaba el pelo pálido. Madeleine.
-¡Simon, muévete!
Era Jace, gritando. Simon miró y vio al otro chico corriendo hacia él fuera de la bruma, los
cuchillos seráficos ensangrentados en sus manos. Luego, alzó la mirada. El guerrero Repudiado
que había visto persiguiendo a Isabelle se cernía amenazador sobre él, su cara llena de
cicatrices se retorció en un rictus de sonrisa. Simon se contorsionó mientras el cuchillo de
doble hoja caía sobre él pero, incluso con sus reflejos mejorados, no era suficientemente
rápido. Un dolor abrasador se disparó a través de él mientras todo retrocedía.
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Capítulo traducido por Aurim ;)
6 comentarios:
OMG!!! Genial, gracias !!!!
WAO!!
Hola! me encanto este Blog. encontre lo que andaba buscando :) Gracias por Traducir el Libro.. lo hacen genial!!
saludos.
:D
ah, gracias Aurim!
estos capitulos q son del segundo o del tercero¿
Domi2as12, son del tercero.
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