-Te equivocas,- dijo Clary, pero su voz no contenía convicción. -No sabes nada sobre mí o
Jace. Sólo estás intentando…”
-¿Qué? Estoy intentando recuperarte, Clarissa. Hacerte entender.- No había sentimiento en
la voz de Valentine que Clary pudiera detectar como algo más que una ligera distracción.
-Te estás riendo de nosotros. Crees que me puedes utilizar para hacer daño a Jace, así que
te estás riendo de nosotros. Tú no estás enfadado tan siquiera,- añadió ella, -Un padre real
estaría enfadado.
-Soy un padre real. La misma sangre que corre por mis venas corre por las tuyas.
-Tú no eres mi padre. Luke lo es,- dijo Clary, casi con cansancio. -Ya hemos tratado esto.
-Sólo ves a Luke como a tu padre por su relación con tu madre…
-¿Su relación?- Clary se rió en un tono alto. -Luke y mi madre son amigos.
Por un momento estaba segura de que había visto una mirada de sorpresa pasar por su
rostro. Pero -Así que es eso,-fue todo lo que dijo. Y luego, -¿Realmente crees que él soporta
todo esto –Lucian, quiero decir– esta vida de silencio, de estar escondido y huir, esta lealtad en
la protección de un secreto que ni siquiera comprende, sólo por amistad? Sabes muy poco
acerca de la gente, Clary, a tu edad, y menos sobre los hombres.
la protección de un secreto que ni siquiera comprende, sólo por amistad? Sabes muy poco
acerca de la gente, Clary, a tu edad, y menos sobre los hombres.
-Puedes hacer todas las insinuaciones sobre Luke que quieras. No habrá ninguna diferencia.
Estás equivocado sobre él, al igual que estás equivocado sobre Jace. Tienes que adjudicar a
todo el mundo motivaciones feas para todo lo que hacen, porque feas motivaciones es todo lo
que entiendes.
-¿Es eso lo que sería que él amara a tu madre? ¿Feo?- dijo Valentine. -¿Qué hay tan feo en
el amor, Clarissa? O es eso lo que sientes, en el fondo, que tu precioso Lucian no es realmente
humano, no verdaderamente capaz de tener sentimientos como nosotros los entendemos…
-Luke es tan humano como yo,-le lanzó Clary. -Eres sólo un intolerante.
-Oh, no,- dijo Valentine. -Soy cualquier cosa menos eso.- Él se movió un poco más cerca, y
ella dio un paso enfrente de la Espada, impidiéndole su visión. -Piensas de mí de esa manera
porque me miras a mí y lo que hago a través del cristal de tu mundano entendimiento del
mundo. Los humanosMundanos crean distinciones entre ellos mismos, distinciones que
parecen ridículas para cualquier Cazador de Sombras. Sus distinciones están basadas en raza,
religión, identidad nacional, y docenas de menores e irrelevantes señales. Para los Mundanos
estas parecen lógicas, sin embargo los mundanos no pueden ver, entender o admitir los
mundos demoniacos, todavía en algún lugar espinoso de sus antiguos recuerdos saben que
existen esos que caminan por la tierra y que son otros. Eso no pertenece a este mundo, eso
que significa daño y destrucción. Desde que la amenaza demoniaca es invisible a los
Mundanos, deben asignar la amenaza a otros de su propia especie. Ponen la cara de su
enemigo en la cara de su vecino, y así pasan generaciones de confiada miseria.
Él dio otro paso hacia ella, y ésta instintivamente se movió hacia atrás; se estaba apretando contra el arcón ahora.
-Yo no soy así,- continuó él. -Yo puedo ver la verdad de esto. Los Mundanos ven
como a través de un cristal, oscuramente, pero los Cazadores de Sombras –nosotros miramos
cara a cara. Nosotros conocemos la verdad de lo diabólico, y sabemos que mientras camina
entre nosotros, no es uno de nosotros. Que a aquello que no pertenece a nuestro mundo no se
le debe permitir echar raíces aquí, para crezcan como flores venenosas y extingan toda la
vida.
como a través de un cristal, oscuramente, pero los Cazadores de Sombras –nosotros miramos
cara a cara. Nosotros conocemos la verdad de lo diabólico, y sabemos que mientras camina
entre nosotros, no es uno de nosotros. Que a aquello que no pertenece a nuestro mundo no se
le debe permitir echar raíces aquí, para crezcan como flores venenosas y extingan toda la
vida.
Clary habría querido ir hacia la Espada y luego hacia Valentine, pero sus palabras le hicieron
flaquear. Su voz era tan suave, tan persuasiva, y no es que ella pensara que a los demonios se
les debería permitir quedarse en la Tierra, consumirla en cenizas como habían hecho con
tantos otros mundos… Casi le había hecho sentir lo que él decía, pero…
-Luke no es un demonio,- dijo ella.
-Me parece, Clarissa,- dijo Valentine, -que has tenido muy poca experiencia de lo que es un
demonio y lo que no lo es. Has encontrado a unos Submundo que te parecen suficientemente
amables, y esto es a través del cristal de su amabilidad que tú ves en el mundo. Los demonios,
para ti, son criaturas horrorosas que saltan de las sombras para desgarrar y atacar. Y hay
tantas criaturas. Pero hay más demonios de profunda sutileza y secretismo, demonios que
caminan entre los humanos desapercibidos y sin dificultad. Aún así yo los he visto hacer cosas
tan terribles que sus colegas más bestiales parecen suaves en comparación. Hay un demonio
en Londres que conocí una vez, que se hacía pasar por un poderoso financiero. Nunca estaba
solo, así que era difícil para mí acercarme lo suficiente para matarle, aunque sabía lo que era.
Tenía sus sirvientes trayéndole animales y niños pequeños –cualquier cosa que fuese pequeña
e indefensa…
-Para.- Clary puso las manos en sus oídos. -No quiero escuchar esto.
Pero la voz de Valentine siguió con la cantinela, inexorable, amortiguada pero no inaudible.
-Él podía devorarlos lentamente, en el transcurso de varios días. Tenía sus trucos, su modo de
mantenerlos vivos durante las más inimaginables torturas. Si puedes imaginar a un niño
intentando arrastrarse hacia ti con su cuerpo hecho pedazos…
-¡Para!- Clary lloraba con las manos en sus oídos. -¡Es suficiente, suficiente!
-Los demonios se alimentan de muerte, dolor y locura,- dijo Valentine. -Cuando mato, es
porque debo hacerlo. Tú creces en un bello paraíso falso rodeado por frágiles paredes de
cristal, hija mía. Tu madre creo el mundo que quería para vivir y te trajo a él, pero nunca te dijo
que era una ilusión. Y todo el tiempo los demonios esperaban con sus armas de sangre y terror
a romper el cristal y empujarte fuera de la mentira.
-Tú rompiste el muro,- susurró Clary. -Tú me arrastraste dentro de todo esto. Nadie más
que tú.
-¿Y el cristal que te cortó, el dolor que sentiste, la sangre? ¿Me culpas de todo eso
también? Yo no fui quién te puso en una cárcel.
-Para ya. Sólo para de hablar.- La cabeza de Clary estaba zumbando. Quería gritarle, Tú
secuestraste a mi madre, tú hiciste eso, ¡es tu culpa! Pero había comenzado a ver lo que Luke
había querido decir cuando le dijo que no se podía discutir con Valentine. De algún modo le
había hecho imposible el estar en desacuerdo con él, haciéndole sentir que ella estaba entre
demonios que despedazaban niños. Se preguntaba cómo Jace había soportado todos aquellos
años, viviendo a la sombra de esa personalidad exigente e insoportable. Comenzó a ver de
dónde venía la arrogancia de Jace, su arrogancia y sus emociones contenidas con cuidado.
El borde del cofre detrás de ella estaba sintiéndose en la parte de atrás de sus piernas.
Podía sentir aproximarse un frío desde la Espada, poniéndole el pelo de la espalda y el cuello
de punta.
- ¿Qué es lo que quieres de mí?- le preguntó a Valentine.
- ¿Qué te hace pensar que quiero algo de ti?”
- No estarías hablando conmigo si no. Me habrías golpeado la cabeza y estarías esperando…
lo que sea que fuere tu siguiente paso después de esto.
-El siguiente paso,- dijo Valentine, -es para tus amigos Cazadores de Sombras el localizarte
y para mí decirles que si quieren recuperarte con vida, deben intercambiar a la chica lobo por
ti. Todavía necesito su sangre.
- No estarías hablando conmigo si no. Me habrías golpeado la cabeza y estarías esperando…
lo que sea que fuere tu siguiente paso después de esto.
-El siguiente paso,- dijo Valentine, -es para tus amigos Cazadores de Sombras el localizarte
y para mí decirles que si quieren recuperarte con vida, deben intercambiar a la chica lobo por
ti. Todavía necesito su sangre.
-¡Ellos nunca entregarán a Maia a cambio de mí!
-Ahí es donde te equivocas,- dijo Valentine. -Ellos conocen el valor de un Submundo en
comparación con el de una niña Cazadora de Sombras. Aceptarán el trato. La Clave lo exige.
-¿La Clave? ¿Quieres decir… que eso es parte de la Ley?
-Codificado en lo más íntimo de su ser,- dijo Valentine. -¿Ahora lo ves? Nosotros no somos
tan diferentes, la Clave y yo, o Jonathan y yo, o incluso tú y yo, Clarissa. Simplemente tenemos
un pequeño desacuerdo respecto al método.- Sonrió, y dio un paso hacia delante para acortar
el espacio entre ellos.
Moviéndose más lentamente de lo que había pensado que podría, Clary buscó detrás de ella
y cogió la Espada-Alma. Era tan pesada como había pensado que sería, tan pesada que cerca
estuvo de desequilibrarla. Poniendo la otra mano para estabilizarse, la levantó, apuntando la
hoja directamente hacia Valentine.
La caída de Jace terminó abruptamente cuando él golpeó una dura superficie de metal con
suficiente fuerza como para hacerle vibrar los dientes. Expectoró, saboreando la sangre en su
boca, y se levantó dolorosamente.
Estaba de pie sobre una pasarela descubierta de metal pintada de un azul apagado. El
interior del buque estaba hueco, haciendo un gran eco en la cámara de metal con las oscuras
paredes curvadas hacia fuera. Mirando arriba, Jace pudo ver un minúsculo parche de cielo
estrellado a través del agujero de ventilación allá arriba en lo más alto del casco.
El vientre del buque era un laberinto de pasarelas y escaleras que parecían no llevar a
ningún sitio, retorciéndose unas sobre otras como los intestinos de una serpiente gigante.
Hacía un frío helado. Jace podía ver su respiración saliendo en blancas nubes cuando exhalaba.
Había un poco de luz. Intentó distinguir en las sombras, luego se llevó la mano al bolsillo para
alcanzar su piedra-runa de luz mágica.
Su blanco brillo iluminó la penumbra. La pasarela era larga, con una escalera al final que
llevaba al nivel de abajo. Cuando Jace la movió hacia allí, algo destelló a sus pies.
Se inclinó. Era una estela. No pudo remediarlo y echó un vistazo a su alrededor, como si
medio esperase que alguien se materializase fuera de las sombras; ¿cómo demonios había
llegado una estela de Cazador de Sombras hasta allí? La levantó cuidadosamente. Todas las
estelas tenían un tipo de aura en ellas, una huella fantasmal de su propia personalidad. Esta
mandó un disparo de doloroso reconocimiento a través de él. Clary.
De repente, una suave risa rompió el silencio. Jace volvió la cabeza a su alrededor, metiendo
la estela en su cinturón. A la vista de la luz mágica Jace pudo divisar una figura de pie al final de
la pasarela. La cara estaba oculta por la sombra.
-¿Quién está ahí?- llamó él.
No hubo respuesta, sólo una sensación de que alguien estaba riéndose de él. La mano de
Jace fue automáticamente a su cinturón, pero había perdido la espada seráfica en la caída.
Estaba desarmado.
Pero ¿qué le había enseñado siempre su padre? Usada adecuadamente, casi cualquier cosa
podía ser un arma. Se movió lentamente hacia la figura, sus ojos registrando diversos detalles
alrededor de él –una estructura de la que se podía agarrar y desde la que balancearse, para
apartar con los pies; un trozo de metal roto expuesto que podía arrojar contra su adversario,
trinchando su espina dorsal. Todos estos pensamientos por su cabeza en una fracción de
segundo, la única fracción de segundo antes de que la figura al final de la pasarela se girara, su
pelo blanco brillando en la luz mágica, y Jace le reconoció.
Jace se quedó parado como muerto sobre sus pies.
-¿Padre? ¿Eres tú?
La primera cosa de la que Alec fue consciente era el frío helado. La segunda era que no
podía respirar. Intentó tomar aire y su cuerpo se estremeció en espasmos. Se incorporó,
expulsando sucia agua de río de sus pulmones en una amarga inundación que le provocó
arcadas y asfixia.
Finalmente pudo respirar, aunque sus pulmones se sentían como si estuvieran ardiendo.
Jadeando, miró a su alrededor. Estaba sentado sobre una ondulada plataforma metálica –no,
era la parte de atrás de una camioneta. Una camioneta Pickup, flotando en medio del río. Su
pelo y ropas estaban chorreando agua fría. Y Magnus Bane estaba sentado enfrente suyo,
respecto a él, tenía los ojos ámbar de gato que brillaban en la oscuridad.
Sus dientes empezaron a castañear. -¿Qué… qué ha pasado?
-Intentaste beberte el East River,- dijo Magnus, y Alec vio, como si fuera la primera vez, esa
ropa de Magnus estaba empapada también, pegada a su cuerpo como una segunda piel
oscura. -Te saqué.
La cabeza de Alec estaba retumbando. Palpó en su cinturón buscando la estela, pero la
había perdido. Intentó recordar –el buque, demonios por todas partes; Isabelle cayendo y Jace
agarrándola; sangre, en todas partes bajo los pies, el demonio atacando…
-¡Isabelle! Estaba bajando cuando caí…
-Ella está bien. Se hizo con un bote. La vi.- Magnus se inclinó para tocar la cabeza de Alec.
-Tú, por otra parte, podrías tener una conmoción cerebral.
-Tengo que volver a la batalla.- Alec apartó la mano. -Eres brujo. ¿No puedes, no sé,
llevarme volando al barco o algo? ¿Y arreglar mi conmoción mientras estás en ello?
Magnus, su mano aun extendida, se arrellanó contra el lateral de la plataforma de la
camioneta. A la luz de las estrellas sus ojos estaban astillados de verde y dorado, duros y
planos como joyas.
-Los siento,- dijo Alec, dándose cuenta de cómo había sonado, aunque todavía sentía que
Magnus debía ver que llegar al buque era lo más importante. -Sé que no tienes por qué
ayudarnos… Es un favor…
-Para. No te hago favores, Alec. Hago cosas por ti porque… bueno, ¿por qué crees que las
hago?
Algo subió por la garganta de Alec, cortando su respuesta. Era siempre así cuando estaba
con Magnus. Era como si tuviera una burbuja de dolor o remordimiento viviendo dentro de su
corazón, y cuando quería decir algo, cualquier cosa, que pareciera significativa o verdad,
aquello subía y estrangulaba sus palabras.
-Necesito volver al buque,- dijo, finalmente.
Magnus sonó demasiado cansado incluso para estar enfadado.
-Te ayudaría,- dijo. -Pero no puedo. Quitar la protección del encantamiento al buque ha sido suficientemente malo –era un
encantamiento duro, duro, de origen demoniaco– pero cuando caíste, tuve que poner
rápidamente un hechizo sobre la camioneta de forma que no se hundiese cuando yo perdiera
la conciencia. Y perderé la consciencia, Alec. Es sólo cuestión de tiempo.
encantamiento duro, duro, de origen demoniaco– pero cuando caíste, tuve que poner
rápidamente un hechizo sobre la camioneta de forma que no se hundiese cuando yo perdiera
la conciencia. Y perderé la consciencia, Alec. Es sólo cuestión de tiempo.
Pasó la mano pordelante de sus ojos.
-No quería que te ahogaras,- dijo. -El encantamiento durará lo suficientepara que tú conduzcas la camioneta de vuelta a tierra.
-Yo… no me había dado cuenta.- Alec miró a Magnus, que tenía trescientos años pero había
aparentado siempre ser eterno, como si hubiera parado de envejecer alrededor de los
diecinueve. Ahora había finas líneas recortando la piel alrededor de los ojos y la boca. Su pelo
colgaba lacio contra la frente, y la depresión de sus hombros no era su cuidada postura
habitual sino de verdadero agotamiento.
-Yo… no me había dado cuenta.- Alec miró a Magnus, que tenía trescientos años pero había
aparentado siempre ser eterno, como si hubiera parado de envejecer alrededor de los
diecinueve. Ahora había finas líneas recortando la piel alrededor de los ojos y la boca. Su pelo
colgaba lacio contra la frente, y la depresión de sus hombros no era su cuidada postura
habitual sino de verdadero agotamiento.
Alec levantó las manos. Estaban pálidas a la luz de la luna, arrugadas por el agua y
salpicadas de docenas de cicatrices plateadas. Magnus dirigió la mirada hasta ellas, y luego de
nuevo a Alec, la confusión ensombrecía su mirada.
-Toma mi mano,- dijo Alec. -Y toma mi fuerza también. Lo que sea que puedas usar para…
para mantenerte en pie.
Magnus no se movió.
-Creía que tenías que volver al buque.
-Tengo que luchar,- dijo Alec. -Pero eso es lo que tú estás haciendo, ¿no? Tú eres parte de
la lucha exactamente tanto como los Cazadores de Sombras en el buque –y sé que puedes
tomar algo de mi fuerza, he oído de brujos que hacen eso– así que me estoy ofreciendo.
Tómalo. Es tuyo.
-Tengo que luchar,- dijo Alec. -Pero eso es lo que tú estás haciendo, ¿no? Tú eres parte de
la lucha exactamente tanto como los Cazadores de Sombras en el buque –y sé que puedes
tomar algo de mi fuerza, he oído de brujos que hacen eso– así que me estoy ofreciendo.
Tómalo. Es tuyo.
Valentine sonrió. Llevaba su armadura negra. Y guantes que brillaban como los caparazones
de negros insectos. “Hijo mío.”
“No me llames eso,” dijo Jace, y entonces, sintiendo un temblor comenzar en las manos,
“¿Dónde está Clary?”
Valentine todavía estaba sonriendo. “Ella me desafió,” dijo. “Tuve que enseñarle una
lección.”
“¿Qué le has hecho?”
“Nada.” Valentine se acercó más a Jace, suficientemente como para tocarle si él hubiera
decidido extender la mano. No lo hizo. “Nada de lo que ella no pueda recobrarse.”
Jace cerró la mano en un puño, así su padre no podría verla temblar. “Quiero verla.”
“¿De verdad? ¿Con todo esto continuando?” Valentine dirigió una mirada hacia arriba,
como si pudiera ver a través del casco del buque la carnicería sobre la cubierta. “Habría creído
que querrías estar luchando con el resto de tus amigos Cazadores de Sombras. Lástima que sus
esfuerzos sean para nada.”
“Tú no sabes eso.”
“Lo sé. Para cada uno de ellos, puedo convocar a mil demonios. Ni siquiera el mejor
Nephilim puede resistir contra esos extraños. “Como es el caso,” añadió Valentine, “de la
pobre Imogen.”
“¿Cómo…?”
“Veo todo lo que ocurre en mi barco.” Los ojos de Valentine se estrecharon. “Sabes que ha
muerto por tu culpa, ¿verdad?”
Jace aspiró con fuerza. Podía sentir su corazón palpitando como si quisiera abrirse camino
fuera del pecho.
“Si no fuera por ti, ninguno de ellos habría venido al barco. Pensaban que iban a rescatarte,
tú sabes. Si hubiera sido sólo por los dos Submundo, no se habrían molestado.”
Jace casi lo había olvidado. “Simon y Maia…”
“Oh, están muertos. Ambos.” El tono de Valentine era casual, incluso suave. “¿Cuántos
tienen que morir, Jace, antes de que tú veas la verdad?”
La cabeza de Jace se sentía como si estuviese llena de remolinos de humo. Su hombro ardía
de dolor. “Ya hemos tenido esta conversación. Estás equivocado, Padre. Puede que tengas
razón en cuanto a los demonios, puede incluso que la tengas sobre la Clave, pero esta no es la
forma…”
“Quería decir,” dijo Valentine, “¿cuándo verás que eres exactamente como yo?”
A pesar del frío, Jace había empezado a sudar. “¿Qué?”
“Tú y yo, somos iguales,” dijo Valentine. “Como me has dicho antes, tú eres lo que yo te he
hecho ser, y te hice una copia de mí mismo. Tienes mi arrogancia. Tienes mi coraje. Y tienes
esa cualidad que hace que los demás den sus vidas por ti sin preguntar.”
Algo martilleó por la espalda la mente de Jace. Algo que él debería saber, o había olvidado –
el hombro le ardía– “No quiero que la gente dé sus vidas por mí,” gritó él.
“No. Lo quieres. Te gusta saber que Alec e Isabelle morirían por ti. Que tu hermana lo haría.
La Inquisidor murió por ti, ¿no es así, Jonathan? Y tú te quedaste ahí parado y le dejaste…”
“¡No!”
“Eres exactamente como yo… No es sorprendente ¿no? Somos padre e hijo, ¿por qué no
deberíamos ser iguales?”
“¡No!” La mano de Jace salió lanzada y agarró la estructura metálica retorcida. Se
desprendió de su mano con un chasquido explosivo, su filo roto y perversamente afilado. “¡No
soy como tú!” gritó, y dirigió la estructura directamente al pecho de su padre.
La boca de Valentine se abrió. Se tambaleó hacia atrás, el extremo de la estructura
sobresaliendo de su pecho. Por un momento Jace sólo pudo mirar, pensando, Estaba
equivocado –esto es realmente algo de él– y entonces Valentine pareció derrumbarse sobre sí
mismo, su cuerpo desmoronándose como arena. El aire estaba lleno del olor del cuerpo
ardiente de Valentine que se volvía cenizas que se esparcían en el frío aire.
Jace puso una mano en su hombro. La piel donde la runa Sin Miedo había ardido antes se
sentía caliente al tacto. Una gran sensación de debilidad le abrumó. “Agramon.” Susurró, y
cayó de rodillas sobre la pasarela.
Sólo llevaba un breve instante de rodillas sobre el suelo cuando su martilleante pulso se
hizo más lento, pero Jace lo sentía como siempre. Cuando finalmente se puso de pie, las
piernas estaban entumecidas por el frío. Las puntas de sus dedos estaban azules. El aire
todavía apestaba a algo quemado, aunque no había señales de Agramon.
Todavía sosteniendo el trozo de estructura metálica, Jace se dirigió hacia la escalera al final
de la pasarela. El esfuerzo de bajar con una sola mano despejó su cabeza. Se dejó caer del
último peldaño para encontrarse a sí mismo sobre una segunda pasarela estrecha que corría a
lo largo del lateral de la extensa cámara. Había docenas de otras pasarelas recorriendo las
paredes y diversidad de tuberías y maquinaria. Sonidos de golpes venían del interior de las
tuberías, y de vez en cuando una de las ellas expulsaba un chorro de lo que parecía vapor,
aunque el aire continuaba de un frío glacial.
Vaya lugar te has buscado para ti aquí, Padre, pensó Jace. El descubierto interior industrial
del buque no iba con el Valentine que él conocía, que era exigente sobre la diferencia de corte
del cristal de sus licoreras. Jace echó un vistazo alrededor. Aquello era un laberinto allí abajo;
no había forma de saber qué dirección debía tomar. Se dio la vuelta para bajar la siguiente
escalera y percibió una oscura mancha roja sobre el suelo de metal.
Sangre. Pasó la punta de su bota por aquello. Estaba todavía húmedo, ligeramente
pegajoso. Sangre fresca. Su rostro se aceleró. En parte del suelo de la pasarela vio otras
manchas de rojo, y luego más algo más allá, como un rastro de migas de pan en un cuento de
hadas.
Jace siguió la sangre, sus botas hacían un fuerte eco sobre la pasarela de metal. El grabado
de la sangre salpicada era peculiar, no como si allí hubiera habido una lucha, sino más bien
como si alguien hubiera sido llevado sangrando, por la pasarela…
Llegó a una puerta. Estaba hecha de negro metal, plateada aquí y allí por abolladuras y
rasguños. Había una huella de mano sangrienta alrededor del pomo. Agarrando la estructura
irregular más fuertemente, Jace empujó la puerta para abrirla.
Una ola de aire incluso más frío le golpeó y jadeó al respirar. La habitación estaba vacía
excepto por una tubería de metal que corría a lo largo de una pared, y que parecía como un
montón de desechos en una esquina. Un poco de luz entraba por un ojo de buey enorme en lo
alto del muro. Cuando Jace dio un paso a delante con cautela, la luz del ojo de buey cayó sobre
los cacharros de de la esquina y se dio cuenta de que no era una pila de basura después de
todo, sino un cuerpo.
El corazón de Jace comenzó a golpear como una puerta sin cerrar en una tormenta de
viento.
El suelo de metal estaba pegajoso por la sangre. Sus botas se desasieron de él con un feo
sonido de succión mientras cruzaba la sala y se inclinaba al lado de la arrugada figura en la
esquina. Un chico, de pelo negro y vestido con vaqueros y camiseta azul chorreando sangre.
Jace tomó el cuerpo por los hombros y tiró de él. Se abatía flojo, como sin huesos, ojos
castaños mirando sin expresión hacia arriba. La respiración de Jace quedó atrapada en su
garganta. Era Simon. Estaba blanco como el papel. Había un horrible tajo en la base de su
garganta, y ambas muñecas habían sido cortadas, dejando enormes heridas de filos
irregulares.
Jace se agachó de rodillas, todavía sosteniendo los hombros de Simon. Pensó
desesperadamente en Clary, en su dolor cuando se enterara, en la manera en la que ella
apretó sus manos en las suyas, tanta fuerza en esos pequeños dedos. Encuentra a Simon. Sé
que lo harás.
Y lo hizo. Pero era demasiado tarde.
Cuando Jace tenía diez años, su padre le había explicado todas las formas de matar a los
vampiros. Clavarles estacas. Cortar sus cabezas y quemarlos como el inquietante jack-o’-
lantens (¿?). Dejar que el sol les abrase hasta las cenizas. O drenar su sangre. Ellos necesitaban
sangre para vivir, funcionan gracias a ella, como los coches funcionan con gasolina. Viendo la
herida irregular en la garganta de Simon, no era difícil saber qué había hecho Valentine.
Jace alargó la mano para cerrar los ojos fijos de Simon. Si Clary tenía que verlo muerto,
mejor que no le viera así. Bajó la mano al cuello de la camisa de Simon con la intención de tirar
de él hacia arriba, para cubrir el tajo.
Simon se movió. Sus párpados se movieron y abrieron, los ojos girando en blanco. Entonces
balbuceó un sonido débil, los labios curvándose hacia atrás mostrando las puntas de sus
colmillos de vampiro. La respiración vibrando en su garganta cortada.
Una nausea subió por el interior de la garganta de Jace, la mano apretándose sobre el cuello
de la camisa de Simon. No estaba muerto. Pero por Dios, el dolor, debía ser increíble. No podía
curarlo, no podía regenerarlo, no sin…
No sin sangre. Jace soltó la camisa de Simon y se subió la manga derecha con los dientes.
Usando la punta irregular de la estructura rota, se hizo un corte profundo a lo largo de la
muñeca. La sangre salió a borbotones a la superficie de la piel. Dejó caer la estructura; golpeó
el suelo con un sonido metálico. Podía oler su propia sangre en el aire, fuerte y cobriza.
Bajó la mirada a Simon, que no se había movido. La sangre estaba corriendo ahora desde la
mano de Jace, su muñeca escociéndole. La tendió sobre la cara de Simon, dejando la sangre
gotear por sus dedos, y vertiéndola sobre la boca de Simon. No hubo reacción. Simon no se
movía. Jace se acercó más; estaba de rodillas sobre Simon ahora, su respiración haciendo
ráfagas blancas en el aire helado. Se inclinó más, presionando su muñeca sangrante contra la
boca de Simon. “Bebe mi sangre, idiota,” susurró. “Bébela.”
Por un momento no pasó nada. Entonces los ojos de Simon se agitaron cerrados. Jace sintió
un fuerte ardor en la muñeca, una especie de succión, una fuerte presión –y la mano derecha
de Simon subió volando atrapando el brazo de Jace, justo sobre el codo. La espalda de Simon
se arqueó sobre el suelo, la presión sobre la muñeca de Jace incrementándose mientras los
colmillos de Simon se hundieron más profundamente. El dolor se extendió por el brazo de
Jace. “Okey,” dijo Jace. “Okey, suficiente.” Los ojos de Simon se abrieron. El blanco de sus ojos
se había ido, los iris castaños se enfocaron en Jace. Había color en sus mejillas, un rubor
agitado como de fiebre. Sus labios estaban ligeramente abiertos, los colmillos blancos
manchados con sangre. “¿Simon?” dijo Jace.
Simon se incorporó. Se movió con increíble velocidad, golpeando a Jace de lado y pasando
por encima de él. La cabeza de Jace golpeó el suelo de metal, sus oídos zumbando mientras los
dientes de Simon se hundían en su cuello. Intentó zafarse, pero los brazos del otro chico eran
como barras de hierro, inmovilizándole en el suelo, los dedos clavados en sus hombros.
Pero Simon no estaba haciéndole daño –no en realidad– el dolor que había empezado
agudo se fue apagando hasta una especie de débil escozor, agradable en el modo en que
quemaba la estela a veces. Una soñolienta sensación de paz entró a hurtadillas a través de las
venas de Jace y sintió cómo se relajaban sus músculos; las manos que habían estado
intentando liberarse de Simon hacía un momento ahora lo empujaban más cercanas. Podía
sentir el latido de su propio corazón, sentirlo enlentecerse, su debilitado martilleo haciéndose
un eco más suave. Una oscuridad titilante avanzó lentamente desde las comisuras de su visión,
bella y extraña. Jace cerró los ojos…
El dolor se lanzó a través de su cuello. Respiró entrecortadamente y sus ojos se abrieron de
golpe; Simon estaba sobre él, mirando hacia abajo con los ojos muy abiertos, la mano cruzada
sobre la boca. Las heridas de Simon habían desaparecido, aunque sangre fresca manchaba la
parte delantera de su camisa.
Jace podía sentir el dolor de los hombros magullados otra vez, el corte de la muñeca, su
garganta agujereada. No podía oír su corazón palpitando, pero sabía que estaba latiendo
violentamente dentro de su pecho.
Simon retiró la mano de su boca. Los colmillos habían desaparecido. “Podría haberte
matado,” dijo. Había una especie de declaración de culpabilidad en su voz.
“Te habría dejado,” dijo Jace.
Simon bajó su mirada hasta él, luego hizo un ruido en el interior de su garganta. Se quitó de
encima de Jace y golpeó el suelo con las rodillas, abrazándose los codos. Jace podía ver la
oscura tracería de las venas de Simon a través de la piel pálida de su garganta, ramificándose
en líneas azules y púrpuras. Venas llenas de sangre.
Mi sangre. Jace se incorporó. Buscó su estela. Deslizarla sobre el brazo se sentía como
arrastrar una tubería de plomo por un campo de futbol. La cabeza le dolía con un malestar
punzante. Cuando terminó la iratze, echó hacia atrás la cabeza contra la pared, respirando con
dificultad, el dolor dejándole mientras la runa curativa iba haciendo efecto. Mi sangre en sus
venas.
“Lo siento,” dijo Simon. “Lo siento mucho.”
La runa curativa estaba haciendo efecto. La cabeza de Jace comenzó a aclararse y el
golpeteo de su pecho se ralentizó. Se puso en pie con cuidado, esperando una ola de mareo,
pero sólo sintió un poco de debilidad y cansancio. Simon estaba todavía sobre las rodillas,
mirando hacia abajo sus manos. Jace se inclinó y agarró la parte trasera de su camisa,
levantándolo a rastras hasta incorporarlo. “No pidas perdón,” dijo, dejando ir a Simon.
“Sólo muévete. Valentine tiene a Clary y no tenemos mucho tiempo.”
El resto de sus dedos se cerró alrededor de la empuñadura de Maellartach, una ráfaga de
frío abrasador subió por el brazo de Clary. Valentine observaba con una expresión de templado
interés mientras ella respiraba jadeando con dolor, sus dedos se estaban entumeciendo.
Trataba de agarrar la Espada, pero se escapó de su agarre y resonó sobre el suelo a sus pies.
Apenas vio a Valentine moverse. Un momento después estaba en pie frente a ella con la
Espada en su poder. La mano de Clary escocía. Miró hacia abajo y vio que un ardiente
verdugón rojo estaba saliendo a lo largo de la palma.
“¿De verdad creías,” dijo Valentine, un matiz de indignación coloreó su voz, “que te dejaría
cerca de un arma si creyera que podías usarla?” Sacudió la cabeza. “No has entendido una
palabra de lo que te he dicho, ¿verdad? Al parecer de mis dos hijos, sólo uno parece capaz de
entender la verdad.”
Clary cerró la mano herida en un puño, casi dando la bienvenida al dolor. “Si te refieres a
Jace, él también te odia.”
Valentine alzó la Espada; llevando la punta al nivel de la clavícula de Clary. “Es suficiente,”
dijo, “por tu parte.”
La punta de la Espada estaba afilada; cuando respiraba se pinchaba en su garganta, y un hilo
de sangre ensartó su camino hacia el pecho. El tacto de la Espada parecía verter frío en sus
venas, mandando partículas de crepitante hielo por sus brazos y piernas, entumeciéndole las
manos.
“Arruinada por tu educación,” dijo Valentine. “Tu madre fue siempre una mujer testaruda.
Esa era una de las cosas que me encantaban de ella al principio. Creí que se mantendría en sus
ideales.”
Era extraño, Clary pensaba con una distante sensación de horror, que cuando vio a su padre
anteriormente en Renwick, su considerable carisma personal había sido desplegado en
beneficio de Jace. Ahora no estaba preocupado, y sin la pátina superficial de encanto, parecía…
vacío. Como una estatua hueca, sus ojos se recortaban sólo para mostrar oscuridad en su
interior.
“Dime, Clarissa… ¿Habló tu madre alguna vez de mí?”
“Me dijo que mi padre estaba muerto.” No digas nada más, se advirtió a sí misma, pero
estaba segura de que él podría leer el resto de las palabras en sus ojos. Y ojalá ella hubiera
estado diciendo la verdad.
“¿Y nunca te dijo que tú eras diferente? ¿Especial?”
Clary tragó, y la punta de la espada cortó un poco más profundo. Más sangre corría hasta su
pecho. “Ella nunca me dijo que era una Cazadora de Sombras.”
“¿Sabes por qué,” dijo Valentine, bajando la mirada por la extensión de la Espada en ella,
“tu madre me dejó?”
Un rasgón ardía en el interior de la garganta de Clary. Hizo un sonido de asfixia. “¿Te
refieres a que había una sola razón?”
“Ella me dijo,” continuó, como si Clary no hubiera hablado, “que yo había convertido a su
primer hijo en un monstruo. Me dejó antes de que pudiera hacer lo mismo con el segundo. Tú.
Pero llegó demasiado tarde.”
El frío en su garganta, en sus miembros, era tan intenso que hacía algo más que temblar.
Era como si la Espada estuviera volviéndola de hielo. “Ella nunca diría eso,” susurró Clary. “Jace
no es un monstruo. Tampoco yo lo soy.”
“Yo no estaba hablado de…”
La trampilla sobre sus cabezas se abrió violentamente y dos figuras oscuras cayeron desde
el agujero, aterrizando justo detrás de Valentine. Lo primero que vio Clary, con una brillante
sacudida de alivio, fue a Jace, cayendo a través del aire como una flecha disparada desde un
arco, seguro de su blanco. Golpeó el suelo con segura ligereza. Llevaba firmemente agarrada
en la mano una estructura de acero manchada de sangre, su extremo desprendido en una
horrible punta.
La segunda figura aterrizó al lado de Jace con la misma ligereza si no la misma gracia. Clary
vio la esbelta silueta de un chico con el pelo oscuro y pensó, Alec. Sólo cuando se puso recto
ella reconoció el familiar rostro y se dio cuenta de quién era.
Ella olvidó la Espada, el frío, el dolor en la garganta, olvidó todo. “¡Simon!”
Simon miró a través de la sala hacia ella. Sus ojos se encontraron sólo por un momento y
Clary esperó que él pudiera leer en su cara llena de un incontenible alivio. Las lágrimas que
habían estado amenazando con aparecer se derramaron por su cara. Ella no se movió para
enjugárselas.
Valentine giró su cabeza para mirar detrás de él, y su boca se hundió en un primer gesto de
honesta sorpresa que Clary nunca había visto en su cara. Él se dio la vuelta para encarar a Jace
y Simon.
En el momento que la punta de la Espada dejó la garganta de Clary, el hielo se consumió en
ella, llegando toda su fuerza con aquello. Cayó sobre las rodillas, temblando
incontrolablemente. Cuando levantó las manos para secarse las lágrimas de la cara, vio que las
puntas de sus dedos estaban blancas con principio de congelación.
Jace la miró con horror, después a su padre. “¿Qué le has hecho?”
“Nada,” dijo Valentine, recobrando el control de sí mismo. “Aún.”
Para la sorpresa de Clary, Jace palideció, como si las palabras de su padre le hubieran
sacudido.
“Soy yo el que debería preguntarte qué has hecho, Jonathan,” dijo Valentine, y aunque
hablaba a Jace, sus ojos estaban sobre Simon. “¿Por qué está eso aún con vida? Los revenants
pueden regenerar, pero no con tan poca sangre en ellos.”
“¿Te refieres a mí?” demandó Simon. Clary miró fijamente. Simon sonaba diferente. No
sonaba como un chico contestando a un adulto; sonaba como alguien que se siente capaz de
hacer cara a Valentine Morgenstern en igualdad de condiciones. “Oh, eso está bien, me diste
por muerto. Bueno, re-muerto.”
“Calla.” Jace disparó una mirada a Simon; los ojos estaban muy oscuros. “Déjame contestar
a esto.” Se volvió a su padre. “Le dejé a Simon beber mi sangre,” dijo. “De forma que no
pudiese morir.”
En el de por sí severo rostro de Valentine se asentaron duras líneas, como si los huesos
estuvieran empujando la piel. “¿Tú dejas por tu voluntad beber tu sangre a un vampiro?”
Jace pareció vacilar por un momento… Echó un vistazo a Simon, que estaba contemplando
fijamente a Valentine con una mirada de intenso odio. Luego dijo con cuidado, “Sí.”
“No tienes idea de lo que has hecho, Jonathan,” dijo Valentine con una voz terrible. “Ni
idea.”
“Salvé una vida,” dijo Jace. “Una que tú intentaste tomar. Eso es lo que sé.”
“No una vida humana,” dijo Valentine. “Has resucitado a un monstruo que sólo matará para
alimentarse otra vez. Su estirpe está siempre hambrienta…”
“Ciertamente tengo hambre ahora,” dijo Simon, y sonrió para revelar sus colmillos. Estos
brillaban blancos y puntiagudos contra su labio inferior. “No me importaría un poco más de
sangre. Por supuesto, tu sangre probablemente me atragantaría, tu venenoso trozo de…”
Valentine se rió. “Me gustaría verte intentándolo, revenant,” dijo. “Cuando la Espada-Alma
te corte, arderás mientras mueres.”
Clary vio los ojos de Jace ir a la Espada, y luego a ella. Había una pregunta tácita en ellos.
Rápidamente, ella dijo, “La Espada no está transformada. No del todo. Él no obtuvo la sangre
de Maia, así que no ha podido finalizar la ceremonia…”
Valentine se volvió hacia ella, Espada en mano, y vio que él sonreía. La Espada parecía
agitarse en su mano, y entonces algo la golpeó –era como ser golpeada por una ola, arrastrada
y luego impulsada otra vez contra tu voluntad y lanzada a través del aire. Ella rodó por el suelo,
incapaz de detenerse a sí misma, hasta que golpeó contra el mamparo con fuerza. Ella se
quedó doblada en su base jadeando sin aliento y con dolor.
Simon comenzó a correr hacia ella. Valentine balanceó la Espada-Alma y una sábana de
llameante fuego transparente se levantó, mandándolo trastabillando hacia atrás con su
repentino calor.
Clary luchó para levantarse a sí misma sobre los codos. Su boca estaba llena de sangre. El
mundo se bamboleaba alrededor de ella y se preguntaba cuán fuerte se había golpeado la
cabeza y si se iba a desmayar. Se obligaba a sí misma a mantenerse consciente.
El fuego se había desvanecido, pero Simon todavía estaba agachado en el suelo, mirando
aturdido. Valentine le echó un vistazo brevemente, y luego a Jace. “Si matas al revenant
ahora,” dijo, “todavía puedes enmendar lo que has hecho.”
“No,” musitó Jace.
“Sólo toma el arma que sostienes en la mano y dirígela a través de su corazón.” La voz de
Valentine era suave. “Un simple movimiento. Nada que no hayas hecho antes.”
Jace se encontró con los ojos de su padre con una mirada indiferente. “Vi a Agramon,” dijo.
“Tenía tu rostro.”
“¿Viste a Agramon?” La Espada-Alma relampagueó mientras Valentine se movía hacia su
hijo. “¿Y estás vivo?”
“Lo maté.”
“¿Matas al Demonio del Miedo, pero no matarás a un simple vampiro, incluso aunque te lo
ordene?”
Jace estaba en pie observando a Valentine sin expresión. “Él es un vampiro, eso es verdad,”
dijo, “Pero su nombre es Simon.”
Valentine se paró frente a Jace, la Espada-Alma en su mano, ardiendo con una violenta luz
negra. Clary se preguntó por un terrible momento si la intención de Valentine era acuchillar a
Jace ahí donde estaba en pie, y si la intención de Jace era dejarle. “Lo he cogido, entonces,”
dijo Valentine, “¿no has cambiado de opinión? ¿Qué me dijiste cuando viniste a mí la última
vez, que era tu última palabra o que te arrepentías de haberme desobedecido?”
Jace sacudió la cabeza lentamente. Una mano todavía agarraba fuertemente la estructura
rota, pero su otra mano –la derecha– estaba en su cintura, dibujando algo en su correa. Sus
ojos, sin embargo, no dejaron nunca los de Valentine, y Clary no estaba segura si Valentine
veía lo que estaba haciendo. Ella esperaba que no.
“Sí,” dijo Jace, “me arrepiento de haberte desobedecido.”
¡No! Pensó Clary, y se le cayó el alma a los pies. ¿Se estaba rindiendo? ¿Pensaba que era la
única forma de salvarla a ella y a Simon?
El rostro de Valentine se suavizó. “Jonathan…”
“Especialmente,” dijo Jace, “ya que planeo hacerlo otra vez. Justo en este momento.”
Movió su mano, rápida como un rayo de luz, y algo arrojó por el aire hacia Clary. Cayó a pocos
centímetros de ella, golpeando el metal con un sonido metálico y rodando. Los ojos de ella se
ensancharon.
Era la estela de su madre.
Valentine comenzó a reírse. “¿Una estela? Jace, ¿es esto algún tipo de broma? ¿O
finalmente has…”
Clary no escuchó el resto de lo que dijo; se levantó con esfuerzo, ahogando el dolor que se
extendía por su cabeza. Sus ojos empezaban a llorar, haciendo borrosa su visión; ella alargó
una temblorosa mano hacia la estela –y cuando sus dedos la tocaron, oyó una voz, tan clara en
su cabeza como si su madre estuviera a su lado. Toma la estela, Clary. Úsala. Tú sabes qué
hacer.
Sus dedos se cerraron espasmódicamente alrededor de ella. Se levantó, ignorando la ola de
dolor que bajaba de su cabeza a través de su espina dorsal. Ella era una Cazadora de Sombras,
y el dolor era algo con lo que tú debías vivir. Débilmente, pudo oír a Valentine llamarla por su
nombre, oír sus pasos, aproximándose –y se arrojó a sí misma contra el mamparo, tendiendo
la estela hacia delante con tanta fuerza que cuando su extremo tocó el metal, ella creyó haber
escuchado el chisporroteo de algo quemándose.
Comenzó a dibujar. Como siempre ocurría cuando ella dibujaba, el mundo caía alrededor y
sólo estaba ella y la estela y el metal sobre el que dibujaba. Se acordó de que Jace estaba ahí
fuera de la célula susurrándose a sí misma, Abre, abre, abre, y supo que ella habría dibujado
con todas sus fuerzas para crear una runa que hubiera roto el vínculo de Jace. Y supo que la
fuerza que había puesto en esa runa no era una décima, ni una centésima parte, de la fuerza
que estaba poniendo en esto. Sus manos ardieron y gritó mientras arrastraba la estela sobre la
pared de metal, dejando una gruesa línea negra como chamuscada detrás de ella. Abre.
Toda su frustración, toda su desilusión, toda su furia fue a través de sus dedos y hasta la
runa. Abre. Todo su amor, todo su alivio por ver a Simon vivo, toda su esperanza de que ellos
aun podían sobrevivir. ¡Abre!
Su mano, todavía sosteniendo la estela, se dejó caer sobre su rodilla. Por un momento hubo
un silencio total mientras todos ellos –Jace, Valentine, incluso Simon– la contemplaban con
fijeza en la runa que ardía sobre el mamparo del buque.
Fue Simon el que habló, volviéndose a Jace. “¿Qué pone?”
Pero fue Valentine quien respondió, sin despegar los ojos de la pared. Había una mirada en
su cara –en absoluto la mirada que Clary hubiera esperado, una mirada que mezclaba triunfo y
horror, desesperación y deleite. “Dice,” dijo, “’Mene mene tekel upharsin.’”
Clary se tambaleó sobre sus pies. “Eso no es lo que dice,” susurró ella. “Dice Abre.
Valentine se encontró con los ojos de ella. “Clary…”
El grito del metal ahogó sus palabras. La pared sobre la que había dibujado Clary, una pared
hecha de planchas de acero, se alabeaba y daba sacudidas. Los remaches salían disparados de
sus alojamientos y chorros de agua se propulsaron al interior de la sala.
Ella podía oír a Valentine llamando, pero su voz estaba ahogada por los sonidos
ensordecedores del metal siendo arrancado del metal, cada clavo, cada tornillo y cada
remache que sostenía unido el enorme buque comenzaban a hacerse añicos desde sus
amarras.
Ella intentó correr hacia Jace y Simon, pero cayó de rodillas cuando otra oleada de agua vino
a través del ensanchado agujero de la pared. Esta vez la ola la golpeó por debajo, agua helada
la arrastró con su corriente. En algún lugar Jace estaba llamándola por su nombre, su voz alta y
desesperada por encima del alarido del buque. Ella gritó el de él sólo una vez antes de que
fuera succionada hacia fuera del agujero irregular en el mamparo y entrara en el río.
Ella dio vueltas y patadas en el agua negra. El terror la tenía atenazada, terror a la ciega
oscuridad y a la profundidad del río, los millones de toneladas de agua alrededor de ella,
presionando sobre ella, asfixiando el aire de sus pulmones. No podía saber el camino hacia
arriba o en qué dirección nadar. No podía contener por mucho más su respiración. Aspiró agua
mugrienta directa a su pulmón, su pecho se rompía de dolor, estrellas explosionaban tras sus
ojos. En sus oídos el sonido del agua removiéndose era sustituido por un canto agudo, dulce e
imposible. Estoy muriendo, pensó con asombro. Un par de pálidas manos salieron del agua
negra y tiraron de ella más cerca. Un largo cabello se movía empujado por la corriente
alrededor de ella. Mamá. Pensó Clary, pero antes de que pudiera ver con claridad el rostro de
su madre, la oscuridad cerró sus ojos.
Clary recuperó la consciencia con voces a su alrededor y luces iluminando sus ojos. Estaba
tendida con la espalda sobre el oxidado acero de la plataforma de la camioneta de Luke. El
cielo negro grisáceo flotaba sobre su cabeza. Podía oler el agua del río a su alrededor,
mezclado con el olor de humo y sangre. Caras blancas se cernían sobre ella como globos
atados a su cinta. Ellas se movían dentro de su enfoque mientras parpadeaba.
Luke. Y Simon. Ambos estaban mirando abajo hacia ella con expresiones de ansiosa
preocupación. Por un momento ella pensó que el pelo de Luke se había vuelto blanco; luego,
parpadeando, se dio cuenta de que estaba llena de cenizas. De hecho, así estaba el aire –su
sabor de cenizas– y sus ropas y piel estaban surcadas por una mugre negruzca.
Ella tosió, probando la ceniza en la boca. “¿Dónde está Jace?”
“Él está…” Los ojos de Simon fueron a Luke, y Clary sintió su corazón contraerse.
“Él está bien, ¿no?” demandó ella. Luchó por incorporarse y un fuerte dolor se disparó en su
cabeza. “¿Dónde está? ¿Dónde está él?”
“Estoy aquí.” Jace apareció en el borde de su visión, su cara en sombra. Él se arrodilló a su
lado. “Lo siento. Debería haber estado aquí cuando despertaras. Es sólo que…”
Su voz se quebró.
“¿Es sólo qué?” Ella lo miraba fijamente; a contraluz de las estrellas, su cabello era más
plateado que dorado, sus ojos descolorados. Su piel estaba surcada por negro y gris.
“Él creía que tú también estabas muerta,” dijo Luke, y se puso de pie bruscamente. Miró
hacia fuera en el río, a algo que Clary no podía ver. El cielo estaba lleno de remolinos de humo
negro y escarlata, como si hubiera un incendio.
“¿Muerta también? ¿Quién más…?” Ella trató de levantarse cuando un dolor nauseabundo
la agarró. Jace vio su expresión y buscó en su chaqueta, sacando la estela.
“Aguarda todavía, Clary.” Había un dolor ardiente en su antebrazo, y luego la cabeza
empezó a aclarársele. Se levantó y vio que estaba sentada sobre un húmedo tablón colocado
sobre la parte de atrás de la cabina de la camioneta. La plataforma estaba llena varios
centímetros de agua, mezclada con espirales de ceniza que estaban espolvoreándose desde el
cielo en una fina lluvia negra.
Ella echó un vistazo al lugar donde Jace había dibujado una Marca curativa sobre la parte
interior de su brazo. La debilidad estaba ya remitiendo, como si él hubiera disparado una
sacudida de fuerza en sus venas.
Él trazó la línea de la iratze que había dibujado sobre el brazo de ella con sus dedos antes de
que se retirara. Su mano se sentía tan fría y húmeda como lo estaba la piel de ella. El resto de
él estaba mojado también; el pelo húmedo y sus ropas empapadas pegándose a su cuerpo.
Había un sabor acre en su boca, como si hubiera lamido el fondo de un cenicero. “¿Qué ha
ocurrido? ¿Hubo allí un fuego?”
Jace miró hacia Luke, que estaba contemplando el sube y baja del río negro grisáceo. El
agua estaba salpicada aquí y allí con pequeñas embarcaciones, pero no había rastro del buque
de Valentine. “Sí,” dijo él. “El barco de Valentine ardió hasta la línea de flotación. No ha
quedado nada.”
“¿Dónde está todo el mundo?” Clary llevó su mirada a Simon, que era el único de ellos que
estaba seco. Había en su piel ya de por sí pálida una débil muda verdosa, como si estuviera
enfermo o con fiebre. “¿Dónde están Isabelle y Alec?”
“Están en una de la embarcaciones de los Cazadores de Sombras. Están bien.”
“¿Y Magnus?” Ella se giró alrededor para mirar en el interior de la cabina, pero estaba vacía.
“Él fue requerido para ocuparse de algunos de los Cazadores de Sombras peor malheridos,”
dijo Luke.
“Pero, ¿están todos bien? Alec, Isabelle, Maia… Están todos bien, ¿verdad?” La voz de Clary
sonó pequeña y fina a su propio oído.
“Isabelle estaba herida,” dijo Luke. “Así como Robert Lightwood. Él va a necesitar una buena
cantidad de tiempo para sanar. Muchos de los demás Cazadores de Sombras, incluidos Malik e
Imogen, están muertos. Ha sido una batalla muy dura, Clary, y no ha ido bien para nosotros.
Valentine se fue. Así como la Espada. El Cónclave está hecho jirones. Yo no sé…”
Él se interrumpió. Clary lo miró fijamente. Había algo en su voz que le daba miedo. “Lo
siento,” dijo ella. “Esto es por mi culpa. Si yo no hubiera…”
“Si tú no hubieras hecho lo que hiciste, Valentine habría matado a todos en el buque,” dijo
Jace fieramente. “Tú eres la única que impidió que esto fuera una masacre.”
Clary lo miraba. “¿Te refieres a lo que hice con la runa?”
“Redujiste el buque a pedazos,” dijo Luke. “Cada tornillo, cada remache, todo lo que
pudiera mantenerlo unido, sólo se rompió de golpe. Todo por completo se sacudió hasta
hacerse pedazos. El tanque de combustible aparte también. La mayoría de nosotros apenas
tuvo tiempo de saltar al agua antes de que todo empezara a arder. Lo que hiciste… Nadie ha
visto nunca algo como eso.”
“Oh,” dijo Clary en una pequeña voz. “¿Alguien se… Hice daño a alguien?”
“Bastantes de los demonios se ahogaron cuando el buque se hundió,” dijo Jace. “Pero
ninguno de los Cazadores de Sombras fue dañado, no.”
“¿Porque ellos saben nadar?”
“Porque fueron rescatados. Nixies los sacó a todos del agua.”
Clary pensó en las manos en el agua, el canto imposible y dulce que la había rodeado. Así
que no había sido su madre después de todo. “¿Te refieres al reino de las hadas en el agua?”
“La Reina de la Corte Seelie vino, a su manera,” dijo Jace. “Ella nos prometió que ayudaría
en lo que pudiera.”
“Pero ¿cómo ella…” ¿Cómo supo? Iba a decir Clary, pero pensó en la sabiduría de la Reina,
en sus ojos maliciosos, y en Jace lanzando ese trozo de papel blanco al agua en la playa en Red
Hook, y decidió no preguntar.
“Los barcos de los Cazadores de Sombras están empezando a moverse,” dijo Simon,
mirando hacia el río. “Supongo que han sacado a todos los que han podido.”
“Bien.” Luke cuadró los hombros. “Hora de irse.” Se movió lentamente hacia la cabina de la
furgoneta –estaba cojeando, aunque por lo demás parecía en su mayoría ileso.
Luke se encaramó en el asiento del conductor, y en un momento el motor de la camioneta
estaba molestando otra vez. Emprendieron la marcha, casi sin rozar el agua, las gotas
salpicadas por los neumáticos alcanzaban el gris plateado del cielo ya clareado.
“Esto es tan extraño,” dijo Simon. “Aun estoy esperando que la furgoneta empiece a
hundirse.
“No puedo creerte, acabas de pasar por lo que hemos pasado y crees que esto es extraño,”
dijo Jace, pero no había mala intención en su tono ni tampoco enfado. Sonaba sólo muy, muy
cansado.
“¿Qué les ocurrirá a los Lightwoods?” preguntó Clary. “Después de todo lo que ha
ocurrido… La Clave…”
Jace se encogió de hombros. “La Clave funciona de forma misteriosa. No sé qué harán. Ellos
estarán muy interesados en ti, sin embargo. Y en lo que puedes hacer.”
Simon hizo un ruido. Clary pensó al principio que era un sonido de protesta, pero cuando
ella lo miró más detenidamente, vio que él estaba más verde que nunca. “¿Qué va mal,
Simon?”
“Es el río,” dijo él. “El agua corriente no es buena para los vampiros. Es pura, y… Nosotros
no.”
“El East River es apenas puro,” dijo Clary, pero alargó la mano y le tocó el brazo dulcemente
de todas maneras. Él le sonrió. “¿No te caíste en el agua cuando el buque se hizo pedazos?”
“No. Había una pieza de metal flotando en el agua y Jace lanzó sobre ella. Permanecí fuera
del río.”
Clary miró sobre su hombro a Jace. Podía verlo con un poco más de claridad ahora; la
oscuridad estaba desvaneciéndose. “Gracias,” dijo ella. “¿Crees…”
Él elevó las cejas. “¿Creo qué?”
“¿Que Valentine pueda haberse ahogado?”
“Nunca creas que el malo está muerto hasta que no veas un cuerpo,” dijo Simon. “Eso sólo
lleva a una emboscada sorpresa e infeliz.”
“No estás equivocado,” dijo Jace. “Mi suposición es que no está muerto. De otra manera
habríamos encontrado los Instrumentos Mortales.”
“¿Puede la Clave proseguir sin ellos? ¿Tanto si Valentine está vivo como si no?” se preguntó
Clary.
“La Clave siempre prosigue,” dijo Jace. “Eso es todo lo que sabe hacer.” Él volvió el rostro
hacia el este al horizonte. “El sol está saliendo.”
Simon se puso rígido. Clary le miró con sorpresa por un momento, y luego sacudida por el
pavor. Ella se giró para seguir la mirada de Jace. Tenía razón… El horizonte al este estaba
manchado de rojo sangre extendiéndose desde un disco dorado. Clary pudo ver el primer
borde del sol a estas horas manchando el agua alrededor de ellos de un tono verde y escarlata
y dorado.
“¡No!” susurró ella.
Jace la miró con sorpresa, y luego a Simon, que permanecía inmóvil, mirando el sol naciente
como un ratón atrapado mirando al gato. Jace se puso rápidamente en pie y caminó tras la
cabina de la furgoneta. Habló en voz baja. Clary vio que Luke la miró y a Simon, y luego de
vuelta a Jace. Sacudió la cabeza.
La camioneta dio bandazos hacia delante. Luke debía haber pisado el acelerador. Clary se
agarró del lateral de la plataforma para sujetarse. Allá adelante, Jace estaba gritándole a Luke
que tenía que haber algún modo para hacer que aquella maldita cosa fuera más rápido, pero
Clary sabía que nunca dejarían atrás el amanecer.
“Debe haber algo,” le dijo ella a Simon. No podía creer que en menos de cinco minutos
había ido del increíble alivio a un increíble horror. “Nosotros podríamos cubrirte, quizás, con
nuestra ropa…”
Simon estaba mirando todavía hacia el sol, con la cara blanca. “Un montón de trapos no
serviría,” dijo. “Raphael me explicó… Son necesarias paredes para protegernos de la luz del sol.
Ardería a través de la ropa.”
“Pero debe haber algo…”
“Clary.” Ella podía verle ahora con más claridad, en la luz gris de antes del amanecer, sus
ojos enormes y oscuros en su blanco rostro. Alargó sus manos hacia ella. “Ven aquí.”
Ella se estrechó contra él, intentando cubrirle el cuerpo tanto como el suyo le permitía.
Sabía que era inútil. Cuando el sol le tocara, caería hecho cenizas.
Ellos se quedaron por un momento en perfecto silencio, los brazos estrechados unos
alrededor de los otros. Clary podía sentir la elevación y caída de su pecho –un hábito, se
recordó a sí misma, no necesidad. Él podría no respirar, pero sí podía todavía morir.
“No dejaré que mueras,” dijo ella.
“No creo que tengas alternativa.” Ella le sintió sonreír. “No creí que volviera a ver el sol otra
vez,” dijo. “Supongo que me equivoqué.”
“Simon…”
Jace gritaba algo. Clary subió la mirada. El cielo estaba inundado de luz de color rosa, como
tinte vertido en agua clara. Simon se tensó bajo ella. “Te quiero,” dijo. “Nunca he amado a
nadie más que a ti.”
Hilos dorados se proyectaron a través del cielo rosado como el veteado dorado de un caro
mármol. El agua alrededor de ellos brillaba con luz y Simon se puso rígido, la cabeza cayendo
hacia atrás, los ojos abiertos llenándose con dorado como si un líquido fundido estuviera
vertiéndose en su interior. Líneas negras aparecieron sobre su piel como un craquelado sobre
una estatua destrozada.
“¡Simon!” gritó Clary. Trataba de aferrarse a él pero se sintió a sí misma arrastrada de
repente hacia atrás; era Jace, sus manos agarrándole los hombros. Ella intentó liberarse pero
le sujetaba fuertemente; él estaba diciéndole algo en el oído, una y otra vez, y sólo después de
unos instantes ella comenzó a entenderle:
“Clary, mira. Mira.”
“¡No!” Las manos volaron hasta su cara. Ella pudo probar el agua salobre del fondo de la
plataforma en sus palmas. Era salada, como las lágrimas. “No quiero mirar. No quiero…”
“Clary.” Las manos de Jace estaban en sus muñecas, tirando de sus manos fuera del rostro.
La luz del amanecer escoció en sus ojos. “Mira.”
Ella miró. Y oyó su propia respiración silbar con severidad en sus pulmones mientras
jadeaba. Simon estaba de pie en la parte de atrás de la camioneta, en un parche de luz de sol,
con la boca abierta y mirándose hacia abajo a sí mismo. El sol bailaba en el agua detrás de él y
los bordes de su pelo brillaban como el oro. No había ardido hasta hacerse cenizas, sino que
estaba en pie sin abrasarse bajo la luz del sol, y la pálida piel de su cara, brazos y manos
estaban completamente sin marcas.
Fuera del Instituto, la noche estaba cayendo. El débil rojo de la puesta de sol brillaba a
través de las ventanas del dormitorio de Jace mientras éste miraba la pila de sus pertenencias
sobre la cama. La pila era mucho más pequeña de lo que pensaba que sería. Siete años
completos de vida en este lugar, y esto era todo lo que tenía para demostrarlo: medio petate
de ropas de valor, un pequeño montón de libros y unas cuantas armas.
Él le había dado vueltas a si debía llevarse las pocas cosas que había salvado de la casa
solariega en Idris con él cuando se fuera esta noche. Magnus le había devuelto el anillo de
plata de su padre, que él ya no sentía agradable llevar. Lo había colgado en una cadena
alrededor de su garganta. Al final, había decidido llevárselo todo: No tenía sentido dejar nada
de él atrás en este lugar.
Estaba haciendo el petate con la ropa cuando unos golpes de llamada sonaron en la puerta.
Fue hacia ella, esperando a Alec o Isabelle.
Era Maryse. Llevaba un severo traje negro y su pelo estaba estirado hacia atrás fuertemente
desde su rostro. Ella parecía mayor de lo que él la recordaba. Dos profundas líneas corrían
desde las comisuras de su boca hasta la mandíbula. Sólo sus ojos tenían algún color. “Jace,”
dijo ella. “¿Puedo pasar?”
“Puedes hacer lo que gustes,” dijo él, volviendo hacia la cama. “Es tu casa.” Levantó una
mano llena de camisas y las metió dentro del petate posiblemente con innecesaria fuerza.
“En realidad, es la casa de la Clave,” dijo Maryse. “Nosotros sólo somos sus guardianes.”
Jace metió los libros dentro de la bolsa. “Lo que sea.”
“¿Qué estás haciendo?” Si Jace no la hubiera conocido mejor, habría pensado que su voz
flaqueaba ligeramente.
“Estoy haciendo la maleta,” dijo él. “Es lo que generalmente hace la gente cuando se
marchan.”
Ella empalideció. “No te vayas,” dijo ella. “Si quieres quedarte…”
“No quiero quedarme. No pertenezco a este lugar.”
“¿Dónde irás?”
“A casa de Luke,” dijo él, y la vio estremecerse. “Durante un tiempo. Después de eso, no lo
sé. Quizás a Idris.”
“¿Es allí dónde crees que perteneces?” Había un eco de tristeza en su voz.
Jace paró de empacar por un momento y bajó la mirada hasta la bolsa. “No sé a dónde
pertenezco.”
“A tu familia.” Maryse dio un paso indeciso hacia delante. “A nosotros.”
“Tú me echaste.” Jace escuchó la dureza de su propia voz, e intentó suavizarla. “Lo siento,”
dijo, volviéndose para mirarla. “Todo lo que ha pasado. Pero no me querías antes, y no puedo
imaginar que ahora sí. Robert va a estar convaleciente un tiempo; estarás solicitada cuidando
de él. Yo sólo estaría en medio.”
“¿En medio?” Ella sonó incrédula. “Robert quiere verte, Jace…”
“Dudo eso.”
“¿Y qué pasa con Alec? Isabelle, Max… Ellos te necesitan. Si no me crees que te quiero aquí
–y no podría culparte si no lo haces– debes saber que ellos sí. Hemos pasado por un mal
momento, Jace. No les hagas más daño del que ya han sufrido.”
“Eso no es justo.”
“No te culpo si me odias.” Su voz estaba temblando. Jace se giró para mirarla con sorpresa.
“Pero lo que hice… incluso el echarte… tratarte como lo hice, fue para protegerte. Y porque
estaba asustada.”
“¿Asustada de mí?”
Ella asintió con la cabeza.
“Bien, eso me hace sentir mucho mejor.”
Maryse inspiró profundamente. “Creí que tú me romperías el corazón como lo hizo
Valentine,” dijo ella. “Tú fuiste la primera cosa que amé, ya ves, después de él, que no era de
mi propia sangre. La primera criatura. Y sólo eras un niño…”
“Pensaste que yo era alguien más, otra persona.”
“No. Siempre he sabido quién eres. Desde la primera vez que te vi bajando del barco desde
Idris, cuando tenías diez años –te metiste en mi corazón, exactamente igual que mis propios
hijos cuando nacieron.” Ella sacudió la cabeza. “No puedes entenderlo. Tú nunca has sido
padre. No puedes amar nada como amas a tus hijos. Y nada puede hacerte enfadar más.”
“Noté la parte del enfado,” dijo Jace, después de una pausa.
“No espero que me perdones,” dijo Maryse. “Pero si te quedaras por Isabelle, por Alec y
Max, te estaría tan agradecida…”
Eso era lo peor que podía decir. “No quiero tu gratitud,” dijo Jace, y se volvió hacia el
petate. No quedaba nada más que meter en él. Cerró la cremallera.
“A la claire fontaine,” dijo Maryse, “m’en allent prometer.”
Él se volvió para mirarla. “¿Qué?”
“Il y a longtemps que je t’aime. Jamais je ne t’oublierai –es la vieja balada francesa que solía
cantar a Alec e Isabelle. Aquella sobre la que me preguntaste.”
Había muy poca luz en la habitación ahora, y en la oscuridad Maryse le pareció casi como
cuando él tenía diez años, como si no hubiera cambiado en absoluto en los últimos siete años.
Ella parecía severa y preocupada, ansiosa… y esperanzada. Se parecía a la única madre que él
había conocido.
“Estabas equivocado en lo de que nunca la canté para ti,” dijo ella. “Es sólo que nunca me
oíste.”
Jace no dijo nada, pero alargó la mano y tiró de la cremallera abriendo el bolso y dejando
caer sus pertenencias sobre la cama.
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Capítulo realizado por Aurim, tan fantástica como siempre!!
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