La luz de la tarde despertó a Clary, un haz de pálida luminosidad que se extendía directamente
sobre su cara encendía el interior de sus párpados a un cálido rosa. Se agitó inquieta y con
cautela abrió los ojos. La fiebre se había ido, así como la sensación esa de sus huesos fundidos
y rotos en su interior. Se incorporó y echó un vistazo alrededor con ojos curiosos. Ella estaba
en lo que debía ser una habitación libre de Amatis; era pequeña, pintada de blanco, la cama
cubierta con una manta tejida con retales. Cortinas de encaje estaban colgadas sobre ventanas
redondas, dejando círculos de luz. Se levantó lentamente, esperando que el mareo la tumbara
otra vez. No ocurrió. Ella se sentía completamente sana, incluso bien descansada. Saliendo de
la cama, bajó la mirada para verse. Alguien le había puesto un almidonado pijama, aunque
ahora estaba arrugado y era demasiado grande para ella; las mangas colgaban cómicamente
por debajo de sus dedos. Fue hacia una de las ventanas redondas y se esforzó para ver el
exterior.

Casas de piedra del color del oro viejo se levantaban en el lado de la colina, y los
tejados parecían como si hubieran sido recubiertos de bronce. Este lado de la casa miraba para
otro lugar diferente al canal, hacia un estrecho jardín lateral que se estaba volviendo castaño y
oro con el otoño. Una rejilla trepaba por ese lado; una última rosa sencilla colgaba de él,
dejando caer pétalos marrones. El pomo de la puerta repiqueteó, y Clary volvió a toda prisa a
la cama justo antes de que Amatis entrara sosteniendo una bandeja en las manos. Ella elevó
las cejas cuando vio que Clary estaba despierta, pero no dijo nada.


-¿Dónde está Luke? –exigió Clary, acercándose más la manta por comodidad.
Amatis puso la bandeja sobre la mesa que estaba junto a la cama. Había un tazón con algo
caliente, y algunas rebanadas de pan con mantequilla.
-Deberías comer algo –dijo ella–. Te sentirás mejor.
-Me siento bien –dijo Clary–. ¿Dónde está Luke?
Había una silla de alto respaldo al lado de la mesa; Amatis se sentó en ella, cruzó las manos
sobre las rodillas y contempló a Clary con tranquilidad. A la luz del día Clary pudo ver con
mayor claridad las líneas de su rostro, ella parecía muchos años mayor que la madre de Clary,
aunque ellas no eran muy lejanas aparte de la edad. Su cabello castaño estaba salpicado de
gris, sus ojos ribeteados de rosa oscuro, como si ella hubiera llorado.
-Él no está aquí.
-No está aquí como que acaba de bajar al colmado a por seis packs de Coca-Cola Light y una
caja de donuts Krispy Kreme, o no está aquí como…
-Se marchó esta mañana, en torno al amanecer, después de pasar toda la noche a tu lado.
Sobre su destino, no fue específico –el tono de Amatis era seco, y si Clary no se hubiera
sentido tan mal, se habría sentido sorprendida de comprobar que aquello le hacía sonar muy
parecido a Luke–. Cuando él vivía aquí, antes de abandonar Idris, después de que él fuera…
Transformado… Lideraba una manada de lobos que tenía su hogar en el Bosque de Brocelind.
Dijo que iba a volver con ellos, pero no dijo por qué o por cuánto tiempo… Sólo que estaría de
vuelta en unos días.
-Y simplemente… ¿Me dejó aquí? ¿Se supone que debo quedarme sentada sin hacer nada y
esperarle?
-Bueno, no podía llevarte con él fácilmente, ¿no? –preguntó Amatis–. Y no será fácil para ti
volver a casa. Violaste la Ley al venir aquí como lo hiciste, y la Clave no pasará por alto eso, ni
será generoso en cuanto a dejarte ir.
-No quiero volver a casa –Clary intentó recomponerse–. Vine aquí para… Para encontrar a
alguien. Tengo algo que hacer.
-Luke me lo contó –dijo Amatis–. Déjame darte un consejo… Sólo encontrarás a Ragnor Fell
si él quieres ser hallado.
-Pero…
-Clarissa –Amatis tenía un aire especulativo–, estamos esperando un ataque de Valentine en
cualquier momento. Casi todos los Cazadores de Sombras en Idris están aquí en la ciudad, bajo
las protecciones. Quedarte en Alicante es lo más seguro para ti.
Clary se quedó helada. Racionalmente, las palabras de Amatis tenían sentido, pero esto no
hacía mucho por acallar su voz interior gritando que ella no podía esperar. Tenía que encontrar
a Ragnor Fell ahora; tenía que salvar a su madre ahora, tenía que ir ahora. Ella aplacó su
pánico e intentó hablar de un modo informal.
-Luke nunca me dijo que tuviera una hermana.
-No –dijo Amatis–, no tendría por qué hacerlo. Nosotros no somos… Muy cercanos.
-Luke dijo que tu apellido era Herondale –dijo Clary–. Pero ese es el apellido de la
Inquisidor. ¿No?
-Ese era –dijo Amatis, y su rostro se tensó como si las palabras le dolieran–. Ella fue mi
suegra.
¿Qué era lo que Luke le había contado a Clary sobre la Inquisidor? Que ella había tenido un
hijo, que se casó con una mujer con “lazos familiares no deseables.”
-¿Estuviste casada con Stephen Herondale?
Amatis parecía sorprendida.
-¿Conoces su nombre?
-Sí… Luke me lo contó… Pero creía que su mujer había muerto. Pensé que por eso la
Inquisidor era tan… -horrible, quiso decir ella, pero parecía cruel hacerlo–, tan amargada –dijo
ella finalmente.
Amatis alcanzó el tazón que había traído; su manó temblaba un poco mientras la levantaba.
-Sí, ella murió. Se suicidó. Esa era Céline… La segunda esposa de Stephen. Yo fui la primera.
-¿Te divorciaste?
-Algo parecido –Amatis le tendió el tazón bruscamente a Clary–. Toma, bébete esto. Tienes
que poner algo en tu estómago.
Distraída, Clary tomó el tazón y dio tomó un buche caliente. El líquido en su interior era rico
y salado… No era té, como había pensado, sino sopa.
-Okey –dijo ella–. Así que, ¿qué ocurrió?
Amatis estaba mirando a la lejanía.
-Estábamos en el Círculo, Stephen y yo, junto a todos los demás. Cuando Luke fue… Cuando
pasó lo que le ocurrió a Luke, Valentine necesitó un nuevo primer teniente. Eligió a Stephen. Y
cuando eligió a Stephen, decidió que quizás no era digna como esposa de su amigo más
cercano y asesoró que alguien cuyo hermano era…
-Un hombre lobo.
-Él utilizó otra palabra –Amatis sonaba glacial–. Convenció a Stephen de que anulara
nuestro matrimonio y de que él mismo le encontrara otra esposa, una que Valentine había
escogido para él. Céline era joven… Tan completamente obediente.
-Eso es horrible.
Amatis sacudió la cabeza con una risa crispada.
-Eso fue hace mucho tiempo. Stephen fue amable, supongo… Me dejó esta casa y se mudó a
la casa solariega de los Herondale con sus padres y Céline. Nunca le vi más después de eso.
Dejé el Círculo, por supuesto. Ellos ya no me habrían querido. La única de ellos que todavía me
visitaba era Jocelyn. Ella incluso me decía cuándo se iba a ver a Luke… –se apartó el agrisado
cabello tras las orejas–. Ella oyó lo que le ocurrió a Stephen en el Alzamiento una vez que todo
terminó. Y a Céline… Yo la había odiado, pero lo sentí mucho por ella luego. Se cortó las venas,
dijeron ellos… Sangre por todas partes… –ella respiró profundamente–. Vi a Imogen después
en el funeral de Stephen, cuando pusieron su cuerpo en el mausoleo de los Herondale. Ella ni
siquiera pareció reconocerme. La hicieron Inquisidor poco tiempo después. La Clave creyó que
no había nadie que diera caza a los primeros miembros del Círculo con menos piedad que
ella… Y estaban en lo cierto. Si ella podía lavar sus recuerdos de Stephen con su sangre, lo
haría.

Clary pensó en los fríos ojos de la Inquisidor, su mirada afilada y dura, e intentó sentir
lástima por ella.
-Creo que eso la volvió loca –dijo ella–, completamente loca. Ella fue terrible conmigo…
Pero aún peor con Jace. Era como si lo quisiera muerto.
-Eso tiene sentido –dijo Amatis–. Te pareces a tu madre, y tu madre te crió, pero tu
hermano… –ella ladeó la cabeza hacia un lado–. ¿Se parece él tanto a Valentine como tú a
Jocelyn?
-No –dijo Clary–. Jace sólo se parece a sí mismo –un temblor la recorrió con el pensamiento
de Jace–. Él está aquí en Alicante –dijo ella pensando en voz alta–. Si pudiera verle…
-No –Amatis habló con aspereza–. No puedes dejar la casa. Ni ver a nadie. Y definitivamente
nada de ver a tu hermano.
-¿No dejar la casa? –Clary estaba horrorizada–. ¿Quieres decir que estoy encerrada aquí?
¿Cómo una prisionera?
-Es sólo por un día o dos –Amatis la amonestó–, y además, no estás bien. Necesitas
recobrarte. El agua del lago casi te mata.
-Pero Jace…
-Es uno de los Lightwoods. No puedes pasarte por allí. En el momento en que te vean, le
dirán a la Clave que estás aquí. Y entonces no serás la única que tenga problemas con la Ley.
Luke también.


Pero los Lightwoods no me entregarán a la Clave. Ellos no harían eso… Las palabras
murieron en sus labios. No habría manera en la que ella fuera capaz de convencer a Amatis de
que los Lightwoods que conoció hacía quince años ya no existían, que Robert y Maryse ya no
eran fanáticos ciegos y fieles. Esta mujer podía ser la hermana de Luke, pero era todavía una
extraña para Clary. Era casi una extraña para Luke. Él no la había visto en seis años, ni siquiera
había mencionado que existía. Clary se echó hacia atrás contra las almohadas, fingiendo
cansancio.
-Está bien –dijo ella–. No me siento bien. Creo que es mejor que duerma algo.
-Buena idea –Amatis se inclinó hacia delante y tomó el tazón vacío de su mano–. Si quieres
tomar una ducha, el baño está frente al salón. Y hay un baúl con mis antiguas ropas a los pies
de la cama. Pareces tener una talla parecida a la mía cuando tenía tu edad, así que te vendrán
bien. A diferencia de ese pijama –añadió ella con una sonrisa, una débil sonrisa que Clary no
devolvió. Ella estaba ocupada luchando por contener el impulso de porracear con los puños
contra el colchón por la frustración.

En el momento en el que la puerta se cerró tras Amatis, Clary saltó de la cama y se dirigió al
baño, esperando que estar bajo el agua caliente le ayudara a aclarar la cabeza. Para su alivio, a
pesar de todos los usos antiguos, los Cazadores de Sombras parecían creer en las instalaciones
modernas y en el agua corriente fría y caliente. Había incluso jabón con un marcado perfume
cítrico para lavarse el persistente olor del Lago Lyn en su cabello. Pasado el tiempo ella salió,
envuelta en dos toallas, sintiéndose mucho mejor.

En el dormitorio ella hurgó en el baúl de Amatis. Sus ropas estaban guardadas
cuidadosamente entre capas de limpio papel. Había lo que parecían ropas escolares –jerséis de
lana merina con una insignia, que parecía como cuatro ces espalda con espalda, cosida sobre el
bolsillo del pecho; faldas plisadas, y camisas con botones en el cuello y con mangas estrechas.
Había un vestido blanco envuelto en capas de papel de tisú –un traje de novia, pensó Clary, y
lo dejó aparte con cuidado. Debajo había otro vestido, éste hecho de seda plateada, con
delgadas tirantas enjoyadas que sostenían su tenue peso. Clary no podía imaginar a Amatis con
él, pero –Este es el tipo de cosa que mi madre podría haber llevado cuando bailaba con
Valentine, ella no pudo evitar pensarlo, y dejó el vestido de nuevo en el baúl, su suave textura
y fresca contra sus dedos. Y entonces, encontró una equipación de Cazador de Sombras,
guardada muy al fondo. Clary sacó aquellas ropas y las extendió con curiosidad sobre las
rodillas. La primera vez que ella había visto a Jacey a los Lightwoods, llevaban su equipación de
combate: ceñidas partes de arriba y pantalones de material oscuro y resistente. De cerca pudo
ver que el material no era elástico sino rígido, una fina piel golpeada monótonamente hasta
que llega a ser flexible. Había una chaqueta tipo top de cremallera y pantalones que tenían
complicados cinturones en bucles. Los cinturones de los Cazadores de Sombras eran grandes y
resistentes, para colgar en ellas las armas.

Ella, por supuesto, debería usar uno de los jerséis y quizás una falda. Eso sería lo que
probablemente Amatis había querido que hiciera. Pero algo en la equipación de combate la
llamó; había sentido curiosidad, siempre se preguntó cómo se sentiría… Pocos minutos
después las toallas estaban colgando sobre la barra de los pies de la cama y Clary se estaba
contemplando en el espejo con sorpresa y no poca diversión. La equipación le quedaba bien –
estaba ajustada pero no demasiado, y abrazaba las curvas de sus piernas y pecho. De hecho, la
hacía parecer como si tuviera curvas, lo que era una novedad. No podía hacerla parecer
imponente –ella dudaba que nada pudiera conseguir eso– pero al menos parecía más alta, y su
cabello contra el material negro era extraordinariamente brillante. De hecho, –Me parezco a
mi madre, pensó Clary con una sacudida. Y lo parecía. Jocelyn siempre había tenido una
esencia de fortaleza férrea bajo su apariencia de muñeca. Clary a menudo se había preguntado
qué había ocurrido en el pasado de su madre que la había hecho del modo que era –fuerte y
estricta, tenaz y sin miedo. ¿Se parece tu hermano tanto a Valentine como tú te pareces a
Jocelyn? Había preguntado Amatis, y Clary había querido responder que ella no se parecía en
absoluto a su madre, que su madre era bella y ella no. Pero la Jocelyn que Amatis había
conocido era la chica que había conspirado para derribar a Valentine, que había forjado en
secreto una alianza de Nephilim y Submundos que había acabado con el Círculo y salvado los
Acuerdos. Esa Jocelyn nunca habría estado de acuerdo con permanecer tranquilamente dentro
de esta casa y esperar mientras todo en su mundo se desmorona. Sin detenerse a pensarlo,
Clary cruzó la habitación y echó de un golpe el pestillo de la puerta cerrándola. Luego fue a la
ventana y la empujó para abrirla. El enrejado estaba allí, pegado a la pared de piedra como –
como una escalera de mano, se dijo Clary a sí misma. Exactamente como una escalera de
mano, y las escaleras son perfectamente seguras.

Tomando aire profundamente, se encaramó al alféizar de la ventana.

Los guardias volvieron a por Simon a la mañana siguiente, sacudiéndolo hasta despertarlo
de su ya de por sí intermitente sueño plagado con extrañas visiones. Esta vez ellos no le
taparon los ojos cuando lo llevaban de vuelta a las escaleras, y echó una rápida ojeada con
disimulo a través de la puerta de barrotes de la celda de al lado. Si él esperaba obtener un
vistazo del dueño de la voz ronca que le había hablado la noche pasada, iba a quedar
decepcionado. La única cosa visible a través de los barrotes era lo que parecía una pila de
harapos desechados.

Los guardias se apresuraron con Simon a lo largo de una serie de pasillos grises, raudos a
amenazarle si miraba demasiado tiempo en alguna dirección. Finalmente, llegaron hasta el
centro de una sala suntuosamente decorada con papel pintado. Había retratos sobre las
paredes de diferentes hombres y mujeres con el atuendo de Cazadores de Sombras, los
marcos decorados con diseños de runas. Debajo de uno de los retratos más grandes había un
sofá rojo sobre el que el Inquisidor estaba sentado, sosteniendo lo que parecía una copa de
plata en la mano. Se la ofreció a Simon.

-¿Sangre? –preguntó él–. Debes estar hambriento a estas alturas.
Él alargó la copa hacia Simon, y la visión del líquido rojo dentro de ella le golpeó
exactamente igual que el olor. Sus venas le tiraban hacia la sangre, como hilos bajo el control
de un titiritero. La sensación era desagradable, casi dolorosa.
-¿Es…humana?
Aldertree se rió entre dientes.
-¡Hijo mío! No seas ridículo. Es sangre de venado. Perfectamente fresca.
Simon no dijo nada. Su labio inferior se rasgó allí donde sus colmillos se habían deslizado
desde las fundas, y probó el sabor de su propia sangre en la boca. Esto le llenó de nausea. La
cara de Aldertree se arrugó como una ciruela pasa.
-Oh, querido –él se giró hacia los guardias–. Ahora déjennos, caballeros –dijo él, y ellos se
giraron para marcharse. Sólo el Cónsul hizo una pausa en la puerta, volviéndose para mirar a
Simon con una mirada de inconfundible repugnancia.
-No, gracias –dijo Simon a través del espesor de su boca–. No quiero la sangre.
-Tus colmillos dicen otra cosa, joven Simon –replicó Aldertree cordial–. Aquí. Tómala.
Él le alargó la copa, y el olor de sangre parecía estar por toda la habitación, como el
perfume de rosas por un jardín. Los incisivos de Simon se lanzaron hacia abajo,
completamente extendidos ahora, clavándose en su labio. El dolor era como una bofetada; él
se movió hacia delante, casi sin voluntad propia, y arrebató la copa de la mano del Inquisidor.
Él la vació en tres tragos, luego, dándose cuenta de lo que había hecho, la puso sobre el brazo
del sofá. Su mano estaba temblando. Inquisidor uno, pensó él. Yo cero.
-Confío en que tu noche en las celdas no fuera demasiado desagradable. Éstas no pretenden
ser cámaras de tortura, mi niño, más bien las líneas de un espacio que inste a la reflexión. Yo
encuentro que la reflexión centra por completo la mente, ¿tú no? Esencial para aclarar el
pensamiento. Espero que tú hayas alcanzado alguna idea en ellas. Pareces un joven pensativo
–el Inquisidor ladeó la cabeza–. Llevé esa manta abajo para ti con mis propias manos, sabes.
No habría querido que cogieras frío.
-Soy un vampiro –dijo Simon–. Nosotros no tenemos frío.
-Oh –el Inquisidor pareció desilusionado.
-Agradecí las Estrellas de David y el Sello de Salomón –añadió Simon secamente–. Siempre
es agradable ver que alguien toma interés por mi religión.
-¡Oh, sí, por supuesto, por supuesto! –resplandecía Aldertree–. Maravillosas, ¿no? ¿Las
tallas? Absolutamente encantadoras, y por supuesto infalibles. ¡Imagino que cualquier intento
de tocar la puerta de la celda quemaría enseguida la piel de tu mano! –él se rió,
evidentemente divertido ante el pensamiento–. En cualquier caso, ¿podrías dar un paso hacia
atrás por mí, niño mío? Sólo como un favor, por puro favor, tú me entiendes.
Simon dio un paso atrás. No ocurrió nada, pero los ojos del Inquisidor se ensancharon, la
piel hinchada de alrededor de ellos parecía estirada y brillante.
-Ya veo –respiró él.
-¿Ves el qué?
-Mira dónde estás, joven Simon. Mira sobre ti.
Simon echó un vistazo alrededor –nada había cambiado en la habitación, y le llevó un
momento darse cuenta de lo que Aldertree quiso decir. Él estaba de pie bajo una brillante
franja de sol que entraba en ángulo por una alta ventana que había sobre él. Aldertree estaba
casi retorciéndose por la excitación.
-Estás bajo la luz directa del sol, y no está teniendo efecto alguno sobre ti. Casi no lo
creería… Quiero decir, me lo contaron, por supuesto, pero yo no había visto nunca algo así
antes.
Simon no dijo nada. No parecía que hubiera nada que decir.
-La pregunta para ti, por supuesto –continuó Aldertree–, es si sabes por qué eres así.
-Quizás sólo es que soy más bonito que los otros vampiros –Simon sintió inmediatamente
haber hablado. Los ojos de Aldertree se estrecharon y una vena sobresalía de su sien como un
gordo gusano. Estaba claro que no le gustaban las bromas a menos que fuera él quien las
hiciera.
-Muy divertido, muy divertido –dijo él–. Déjame preguntarte esto: ¿Has sido un Daylighter
desde el momento en el que te alzaste de la tumba?
-No –Simon habló con cuidado–. No. Al principio, el sol me quemaba. Incluso un haz de luz
de sol chamuscaba mi piel.
-En efecto –Aldertree hizo un enérgico movimiento de cabeza, como si decir aquello fuera el
modo en que las cosas debían ser–. Entonces, ¿cuándo fue la primera vez que notaste que
podías caminar a la luz del día sin dolor?
-Fue la mañana después de la gran batalla en el buque de Valentine…
-Durante la que Valentine te tuvo cautivo, ¿es eso correcto? Él te había capturado y te tenía
prisionero en el barco, con el fin de usar tu sangre para completar el Ritual de la Conversión
Infernal.
-Supongo que tú sabes todo ya –dijo Simon–. Apenas me necesitas.
-Oh, no. ¡No, en absoluto! –gritó Aldertree, levantando las manos. Él tenía las manos muy
pequeñas, notó Simon, tan pequeñas que parecían un poco fuera de lugar al final de sus
rechonchos brazos–. ¡Tú tienes tanto que aportar, mi querido chico! Por ejemplo, no puedo
remediar preguntarme si hubo algo que pasara en el barco, algo que te cambió. ¿Hay algo que
tú puedas pensar?

Yo bebí la sangre de Jace, pensó Simon, medio inclinado para repetir esto al Inquisidor sólo
para ser desagradable –y entonces, con una sacudida, se dio cuenta, Había bebido la sangre de
Jace. ¿Podía ser eso lo que le cambió? ¿Era eso posible? Y si era posible o no, ¿podía contarle
al Inquisidor lo que Jace había hecho? Proteger a Clary era una cosa; proteger a Jace otra. Él no
le debía nada a Jace. Excepto que eso no era estrictamente verdad. Jace le había ofrecido su
sangre para beber, había salvado su vida con eso. ¿Habría hecho eso otro Cazador de Sombras
por un vampiro? E incluso si lo había hecho sólo por el bien de Clary, ¿importaba eso? Se
recordó a sí mismo diciendo, Te pude haber matado. Y Jace: Te habría dejado. No le había
contado en qué tipo de problema podría meterse Jace si la Clave sabía que él había salvado la
vida de Simon, y cómo.
-No recuerdo nada del barco –dijo Simon–. Creo que Valentine debió drogarme o algo.
El rostro de Aldertree cayó.
-Esa es una noticia terrible. Terrible. Siento tanto oírla
-Yo también lo siento –dijo Simon, aunque él no lo sentía.
-Así que, ¿no hay ni una cosa que recuerdes? ¿Ningún detalle lleno de color?
-Sólo recuerdo que perdí el conocimiento cuando Valentine me atacó, y luego me desperté
más tarde sobre… Sobre la camioneta de Luke, que se dirigía a casa. No recuerdo nada más.
-Oh querido, oh querido –Aldertree tiró de su capa alrededor de él–. Veo que los
Lightwoods parecen haberte tomado cariño, pero los otros miembros de la Clave no son tan…
Comprensivos. Fuiste capturado por Valentine, saliste de esta confrontación con un nuevo
poder peculiar que no tenías antes, y ahora has encontrado tu camino al corazón de Idris. ¿Ves
lo que esto parece?
Si el corazón de Simon hubiera sido aún capaz de latir, se habría desbocado.
-¿Cree que soy un espía de Valentine?
Aldertree parecía estupefacto.
-Niño mío, niño mío… Yo confío en ti, por supuesto. ¡Confío en ti implícitamente! Pero la
Clave, oh, la Clave, me temo que ellos pueden ser muy desconfiados. Nosotros estábamos tan
esperanzados de que fueras capaz de ayudarnos. Ya ves… Y no debería estar contándote esto,
pero siento que puedo confiar en ti, querido… La Clave tiene un problema terrible.
-¿La Clave? –Simon se sintió aturdido–. Pero, ¿qué tiene que ver eso con…
-Verás –Aldertree continuó–, la Clave está dividida en dos… En una guerra consigo misma,
podrías llamarlo así, en tiempo de guerra. Se cometieron errores, por parte de la anterior
Inquisidor y de otros… Quizás sea mejor no entrar en esto. Pero verás, la autoridad de la Clave,
del Cónsul y del Inquisidor, están bajo duda. Valentine siempre parece estar un paso por
delante de nosotros, como si conociera nuestros planes por adelantado. El Concilio no
escuchará mi consejo o el de Malachi, no después de lo que ha ocurrido en Nueva York.
-Yo creía que era la Inquisidor…
-Y Malachi fue quien la designó. Ahora, por supuesto, él no tiene ni idea de que ella se fuera
a volver tan loca como lo hizo.
-Pero –dijo Simon un poco agriamente–, está la cuestión de lo que esto parece.
La vena se hinchó de nuevo en la frente de Aldertree.
-Inteligente –dijo él–. Y estás en lo cierto. Las apariencias son importantes, y en ningún sitio
tanto como en la política. Puedes ejercer el mando sobre la masa, siempre que tengas una
buena historia –él se echó hacia delante, sus ojos fijos en los de Simon–. Ahora déjame
contarte una historia. Es algo como esto. Los Lightwoods estuvieron una vez en el Círculo.
Hasta cierto punto, ellos se retractaron y se les concedió la misericordia de quedar expulsados
de Idris, fueron a Nueva York y llevaron el Instituto allí. La comprobación de su inocencia
comenzó a hacerles ganar de nuevo la confianza de la Clave. Pero todo lo que ellos sabían era
que Valentine estaba vivo. Que fueron sus siervos leales. Ellos acogieron a su hijo…
-Pero ellos no sabían…
-¡Cállate! –gruñó el Inquisidor, y Simon cerró la boca–. Ellos le ayudaron a encontrar los
Instrumentos Mortales y le asistieron en el Ritual de Conversión Infernal. Cuando la Inquisidor
descubrió lo que secretamente estaban haciendo, ellos se las arreglaron para asesinarla
durante la batalla en el barco. Y ahora vienen aquí, al corazón de la Clave, a espiar nuestros
planes y revelárselos a Valentine tal como son, de forma que él pueda derrotarnos y, en última
instancia, que todos los Nephilim se dobleguen a su voluntad. Y ellos te han traído con ellos…
Tú, un vampiro que puede soportar la luz del sol… Para distraernos de sus verdaderos planes:
hacer regresar el Círculo a su antigua gloria y destruir la Ley –el Inquisidor se echó hacia
delante, sus ojos de cerdito relucientes–. ¿Qué te parece esta historia, vampiro?
-Creo que es una demencia –dijo Simon–. Y sus agujeros son más grandes que los de la Kent
Avenue en Brooklyn… Qué, a propósito, no ha sido repavimentada en años. No sé qué esperas
lograr con esto…
-¿Esperas? –hizo eco Aldertree–. Yo no espero, Submundo. Sé de todo corazón. Sé que es
mi sagrada obligación salvar la Clave.
-¿Con una mentira? –dijo Simon.
-Con una historia –dijo Aldertree–. Grandes políticos tejen cuentos para inspirar a su gente.
-No hay nada inspirador en culpar a los Lightwoods de todo…
-Alguien debe ser sacrificado –dijo Aldertree. Su rostro brilló con una luz sudada–. Una vez
el Concilio tenga un enemigo común, y una razón para confiar en la Clave otra vez, se unirán.
¿Qué es el coste de una familia sopesando todo esto? De hecho, dudo que les ocurra nada a
los chicos de los Lightwoods. Ellos no serán castigados. Bueno, quizás el mayor. Pero los
otros…
-No puedes hacer eso –dijo Simon–. Nadie creerá esa historia.
-La gente cree lo que quiere creer –dijo Aldertree–, y la Clave quiere a alguien a quien
culpar. Yo puedo darles eso. Todo lo que necesito eres tú.
-¿Yo? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
-Confiesa –el rostro del Inquisidor estaba de color escarlata por la excitación ahora–,
confiesa que eres un siervo de los Lightwoods, que todos vosotros estáis aliados con Valentine.
Confiesa y seré indulgente contigo. Te enviaré de vuelta con los tuyos. Lo juro. Pero necesito tu
confesión para hacer que la Clave crea.
-Quieres que yo confiese una mentira –dijo Simon.


Él sabía que estaba repitiendo exactamente lo que el Inquisidor había dicho ya, pero la
cabeza le daba vueltas; no parecía poder aprehender un solo pensamiento. Los rostros de los
Lightwoods daban vueltas en su cabeza… Alec, conteniendo la respiración en el sendero hacia
el Gard; los oscuros ojos de Isabelle volviéndose hacia los suyos; Max volcado sobre un libro. Y
Jace. Jace era uno de ellos, tanto como si compartiera la sangre de los Lightwoods. El
Inquisidor no había dicho su nombre, pero Simon sabía que Jace pagaría con el resto de ellos. Y
lo que él sufriera, Clary lo sufriría. ¿Cómo había pasado esto? Pensó Simon, ¿Qué él estuviera
envuelto con estas personas… Personas que lo veían sólo como un Submundo, o como un
medio humano como mucho? Él elevó los ojos hacia los del Inquisidor. Los de Aldertree eran
un extraño carbón negro; mirar dentro de ellos era como mirar en la oscuridad.
-No –dijo Simon–. No, no lo haré.
-Esa sangre que te di –dijo Aldertree–, es toda la sangre que verás hasta que me des una
respuesta diferente –no había amabilidad en su voz, ni siquiera falsa amabilidad–. Te
sorprendería lo sediento que puedes llegar a estar.
Simon no dijo nada.
-Otra noche en las celdas, entonces –dijo el Inquisidor poniéndose en pie y alcanzando una
campana para llamar a los guardias–. Se está muy tranquilo allí abajo, ¿no? Encuentro que una
atmósfera pacífica puede ayudar con un problemilla de memoria… ¿No?


Aunque Clary se decía a sí misma que recordaba el camino que había hecho con Luke la
noche anterior, esto no era completamente verdad. Dirigirse hacia el centro de la ciudad
parecía la mejor apuesta para conseguir direcciones, pero una vez que encontró el patio de
piedra con el pozo en desuso, no pudo recordar si giraba a la izquierda o la derecha desde él.
Ella giró a la izquierda, sumergiéndose en una madriguera de retorcidas calles, cada una más
parecida a la siguiente, y con cada giro se encontraba más desesperadamente perdida que en
la anterior. Finalmente, emergió a una calle ancha repleta de tiendas. Los peatones se
lanzaban por ambos lados de la acera, ninguno de ellos le devolvía una segunda mirada. Unos
cuantos de ellos estaban vestidos también con la equipación de combate, aunque la mayoría
no la llevaban: hacía fresco fuera, y los largos abrigos anticuados eran la orden del día. El
viento era rápido y enérgico, y con una punzada Clary pensó en su verde abrigo de terciopelo,
colgado muerto de risa en el dormitorio de Amatis.

Luke no había estado mintiendo cuando dijo que los Cazadores de Sombras habían venido
de todas las partes del mundo para la Cumbre. Clary pasó junto a una mujer india con un
precioso sari dorado, un par de espadas curvas colgaban de una cadena que llevaba alrededor
de su cintura. Un hombre alto, de piel oscura, con una angulosa cara azteca estaba mirando un
escaparate lleno de armamento; brazaletes hechos del mismo material duro y brillante que las
torres del demonio rodeaban sus muñecas. Más abajo en la calle un hombre con toga blanca
consultaba lo que parecía un callejero. Verle dio a Clary el valor para dirigirse a una mujer que
pasaba con un abrigo de pesado brocado y le preguntó por el camino a la Calle Princewater. Si
iba a haber alguna vez un momento en el que los habitantes de la ciudad no fueran a ser
forzosamente desconfiados con aquellos que no parecían saber a dónde iban, era este. Su
instinto fue acertado; sin rastro de vacilación la mujer le dio una serie de apresuradas
indicaciones.

-Y luego a la derecha al final del Canal Oldcastle y sobre el puente de piedra, ahí es dónde
encontrarás Princewater –ella le dedicó una sonrisa a Clary–. ¿Visitando a alguien en
particular?
-A los Penhallows.
-Oh, esa es la casa azul con ribete dorado, se apoya sobre el canal. Es grande… No tiene
pérdida.

Ella tenía razón a medias. Era grande, pero Clary caminó directa en su busca antes de darse
cuenta del error de la mujer y virar bruscamente sobre sus pies para mirar otra vez. En realidad
era más añil que azul, pensó ella, pero luego entendió que no todo el mundo percibe los
colores de esa manera. La mayoría de la gente no podía decir la diferencia entre el amarillo
limón y el azafrán. ¡Como si tan siquiera fueran cercanos el uno al otro! Y el ribete sobre la
casa no era dorado; era de bronce. Un bonito bronce oscurecido, como si la casa hubiera
estado allí durante años, y probablemente lo había estado. Todo en este lugar era tan
antiguo…

Es suficiente, se dijo Clary. Siempre hacía eso cuando estaba nerviosa, dejar vagar su mente
a toda suerte de direcciones aleatorias. Ella frotó las manos contra los laterales de los
pantalones; sus palmas estaban frías y húmedas por el sudor. El material se sentía áspero y
seco contra su piel, como escamas de serpiente. Ella subió los escalones y tomó el pesado
llamador de la puerta. Tenía la forma de un par de alas de ángel, y cuando ella lo dejó caer,
pudo oír el sonido haciendo eco como el doblar de una campana enorme. Un instante después
la puerta se abrió e Isabelle Lightwood estuvo sobre el umbral, sus ojos anchos por el shock.
-¿Clary?
Clary sonrió débilmente.
-Hola, Isabelle.
Isabelle se echó contra la jamba de la puerta, su expresión sombría.
-Oh, mierda.



Ya de vuelta a la celda Simon se desplomó en la cama, escuchando los pasos de los guardias
en retirada cuando se apartaron de la puerta. Otra noche. Otra noche allí abajo en prisión,
mientras el Inquisidor esperaba que él “recordara”. Verás lo que parece. Ni en todos sus
peores miedos, ni en sus peores pesadillas, se le había ocurrido nunca a Simon que nadie
pudiera pensar que él estaba aliado con Valentine. Valentine odiaba a los Submundos, eso era
bien sabido. Valentine le había apuñalado y drenado su sangre, dejándole morir. Aunque,
había que reconocer que el Inquisidor no sabía eso.
Hubo un crujido al otro lado de la pared de la celda.
-Tengo que admitirlo, me pregunté si volverías –dijo la voz ronca que Simon recordaba de la
noche anterior–. ¿Deduzco que no diste al Inquisidor lo que quería de ti?
-Yo no pienso así –dijo Simon aproximándose al muro. Recorrió con los dedos la piedra
como para buscar una grieta en ella, algo a través de lo que pudiera ver, pero no había nada–.
¿Quién eres?
-Es un hombre testarudo, Aldertree –dijo la voz, como si Simon no hubiera hablado–. Él
sigue intentándolo.
Simon se echó contra el húmedo muro.
-Entonces supongo que estaré aquí abajo bastante tiempo.
-Supongo que no estás dispuesto a contarme qué es lo que él quería de ti.
-¿Por qué quieres saberlo?
La risa que contestó a Simon sonaba como metal raspando contra piedra.
-Llevo en esta celda mucho más que tú, Daylighter, y como puedes ver, no hay mucho para
mantener la mente ocupada. Cualquier distracción ayuda.
Simon puso las manos sobre su estómago. La sangre de venado le había quitado un borde
de hambre, pero no había sido suficiente. Su cuerpo todavía sentía dolor por la sed.
-Sigues llamándome eso –dijo él–. Daylighter.
-Escuché a los guardias hablar sobre ti. Un vampiro que puede caminar bajo la luz del sol.
Nadie había visto nunca algo así antes.
-Y ya tienes una palabra para ello. Qué práctico.
-Es una palabra delSubmundo, no de la Clave. Ellos tienen leyendas sobre criaturas como
tú. Me sorprende que no sepas eso.
-No llevo siendo Submundo precisamente mucho tiempo –dijo Simon–. Y tú pareces saber
mucho sobre mí.
-A los guardias les gusta el cotilleo –dijo la voz–, y los Lightwood aparecieron por el Portal
con un vampiro sangrando moribundo, esa es una buena parte del cotilleo. Aunque tengo que
decir que no esperaba que aparecieras por aquí… No hasta que comenzaron a preparar la
celda para ti. Me sorprende que los Lightwood no se hayan levantado por eso.
-¿Por qué tendrían que hacerlo? –dijo amargamente Simon–. No soy nada. Soy un
Submundo.
-Quizás para el Cónsul –dijo la voz–, pero los Lightwood…
-¿Qué pasa con ellos?
Hubo una corta pausa.
-Aquellos Cazadores de Sombras que viven fuera de Idris, especialmente aquellos que llevan
Institutos, tienden a ser más tolerantes. La Clave local, por otro lado, es un poco más…
Cerrada.
-¿Y qué me dices de ti? –dijo Simon–. ¿Eres un Submundo?
-¿Un submundo? –Simon no podía estar seguro pero había un filo de enfado en la extraña
voz, como si él se molestara por la pregunta–. Mi nombre es Samuel, Samuel Blackburn. Soy un
Nephilim. Hace años estuve en el Círculo, con Valentine. Maté encarnizadamente Submundos
en el Levantamiento. No soy uno de ellos.
-Oh –Simon tragó. Su boca sabía a sal. Los miembros del Círculo de Valentine habían sido
capturados y castigados por la Clave, recordó, excepto aquellos como los Lightwood que
lograron hacer tratos o aceptar el exilio en canje por el perdón.
-¿Has estado aquí abajo desde entonces?
-No. Después del Levantamiento, me escabullí de Idris antes de que pudiera ser atrapado.
Estuve lejos durante años, años… Hasta que, como un idiota, pensando que había sido
olvidado, volví. Por supuesto, me capturaron en el mismo momento en que regresé. La Clave
tiene sus sistemas de rastreo de enemigos. Me arrastraron frente a la Inquisidor, y fui
interrogado durante días. Cuando terminaron, me tiraron aquí –Samuel suspiró–. En francés
este tipo de cárceles se llaman un oubliette. Lo que significa “un lugar olvidado.” Es donde
echas la basura que no quieres recordar, de forma que se pueda pudrir sin que te moleste con
su hedor.
-Bien. Soy un Submundo, así que soy una basura. Pero tú no. Eres un Nephilim.
-Soy un Nephilim que estuvo aliado con Valentine. Eso no me hace mejor que tú. Peor,
incluso. Soy un renegado.
-Pero hay muchos otros Cazadores de Sombras que fueron miembros del Círculo, los
Lightwood y los Penhallow…
-Ellos se retractaron. Dieron la espalda a Valentine. Yo no.
-¿Tú no? Pero, ¿por qué no?
-Porque temo más a Valentine que a la Clave –dijo Samuel–, y si fueras sensato, Daylighter,
tú también lo harías.
-¡Pero no se suponía que estabas en Nueva York! –exclamó Isabelle–. Jace dijo que habías
cambiado de parecer en lo de venir. ¡Dijo que querías quedarte con tu madre!
-Jace mintió –dijo Clary rotundamente –Él no mequería aquí, así que me mintió sobre
cuándo ibais a iros, y luego os ha mentido a vosotros sobre mi cambio de parecer. ¿Recuerdas
cuando me dijiste que él nunca mentía? Eso no es verdad.
-Normalmente nunca lo hace –dijo Isabelle, que se puso pálida–. Espera, ¿has venido aquí…
Quiero decir, ¿tiene esto algo que ver con Simon?
-¿Con Simon? No. Simon está seguro en Nueva York, gracias a Dios. Aunque va a estar
realmente mosqueado, nunca ha tenido que despedirse de mí –la expresión en blanco de
Isabelle estaba empezando a molestar a Clary–. Vamos, Isabelle. Déjame entrar. Necesito ver a
Jace.
-Así que… ¿Has venido aquí por ti misma? ¿Tenías permiso de la Clave? Por favor, dime que
tenías permiso de la Clave.
-No como tal…
-¿Has violado la Ley? –la voz de Isabelle se elevó, y luego descendió. Ella continuó casi en un
susurro–. Si Jace se entera, va a flipar. Clary, tienes que volver a casa.
-No. Se supone que tengo que estar aquí –dijo Clary, sin estar bastante segura ella misma de
dónde venía su tozudez–, y necesito hablar con Jace.
-Ahora no es un buen momento –Isabelle miró alrededor con ansiedad, como esperando
que hubiera alguien a quien pudiera llamar para que le ayudase a sacar a Clary de allí–. Por
favor, sólo vuelve a Nueva York. ¿Vale?
-Creí que te caía bien, Izzy –Clary fue ahora a por la culpabilidad.
Isabelle se mordió el labio. Ella llevaba un vestido blanco y tenía el cabello recogido, parecía
más joven de lo que solía. Detrás de ella Clary pudo ver una entrada con el techo alto en la que
colgaban pinturas al óleo aparentemente antiguas.
-Me caes bien. Es sólo que Jace… Oh, Dios mío, ¿qué llevas puesto? ¿Dónde conseguiste la
equipación de combate?

Clary bajó la mirada hacía sí misma.
-Es una larga historia.
-No puedes entrar aquí así. Si Jace te ve…
-Oh, ¿y qué si él me ve? Isabelle, he venido aquí por mi madre… Por mi madre. Puede que
Jace no me quiera aquí, pero él no puede hacer que me quede en casa. Se supone que debo
estar aquí. Mi madre esperaba que yo hiciera esto por ella. Tú lo harías por tu madre, ¿no?
-Por supuesto que lo haría –dijo Isabelle–, pero, Clary, Jace tiene sus razones…
-Entonces me encantaría oír cuáles son –Clary se metió por debajo del brazo de Isabelle y
entro al hall de la casa.
-¡Clary! –aulló Isabelle, y entró tras ella como una flecha, pero Clary ya estaba a medio
camino del vestíbulo.

Ella vio, con la mitad de su mente que no estaba concentrada en esquivar a Isabelle, que la
casa estaba construida como la de Amatis, alta y estrecha, pero considerablemente espaciosa
y más suntuosamente decorada. El vestíbulo se abría a una habitación con altas ventanas que
daban al ancho canal. Blancas embarcaciones navegaban por el agua, sus velas a la deriva
como un diente de león zarandeado por el viento. Un chico de pelo oscuro estaba sentado en
un sofá junto a una de las ventanas, aparentemente leyendo un libro.
-¡Sebastian! –llamó Isabelle–. ¡No le dejes subir las escaleras!
El chico subió la vista sobresaltado, y un momento después estaba enfrente de Clary,
bloqueándole el camino de las escaleras. Clary patinó al detenerse, ella nunca había visto a
nadie moverse tan rápido antes, excepto a Jace. El chico ni siquiera estaba sin aliento; de
hecho, él le estaba sonriendo.
-Así que esta es la famosa Clary –su sonrisa iluminó su cara, y Clary sintió su respiración
atrapada.

Durante años ella había dibujado su propia historia gráfica en curso, el cuento del hijo de un
rey que estaba bajo una maldición que consistía en que todos aquellos a los que él amaba
morían. Ella había puesto todo lo que tenía dentro para idear su romántico príncipe oscuro, y
ahí estaba él, de pie frente a ella: la misma piel pálida, la misma caída en el cabello, y ojos tan
oscuros que las pupilas parecían unidas al iris. Los mismos pómulos altos y hundidos,
oscurecidos ojos rodeados de largas pestañas. Ella sabía que nunca había puesto sus ojos antes
sobre este chico, y aún así…

El chico parecía confuso.

-No creo que… ¿nos conocemos de antes?
Enmudecida, Clary sacudió la cabeza.
-¡Sebastian! –el cabello de Isabelle se había salido del recogido y colgaba sobre sus
hombros, y estaba deslumbrante–. No seas amable con ella. Se supone que no debía estar
aquí. Clary, vete a casa.
Con esfuerzo Clary liberó su mirada de Sebastian y disparó una mirada hostil a Isabelle.
-¿Qué, volver a Nueva York? ¿Y cómo se supone que llegaré allí?
-¿Cómo llegaste aquí? –preguntó Sebastian–. Entrar a hurtadillas en Alicante es todo un
logro.
-Vine a través de un Portal –dijo Clary.
-¿Un Portal? –Isabelle parecía asombrada–. Pero si no queda ningún Portal en Nueva York.
Valentine destruyó los dos…
-No te debo ninguna explicación –dijo Clary–. No hasta que me des algo. Sólo una cosa,
¿dónde está Jace?
-Él no está aquí –respondió Isabelle, en el mismo momento exacto en el que Sebastian dijo:
-Está arriba.
Isabelle se volvió hacia él.
-¡Sebastian! Cállate.
Sebastian parecía perplejo.
-Pero ella es su hermana. ¿No querría verla?
Isabelle abrió la boca y después la cerró de nuevo. Clary podía ver que Isabelle estaba
sopesando la conveniencia de explicar su complicada relación con Jace al completamente
ajeno Sebastian contra la conveniencia de darle una desagradable sorpresa a Jace. Finalmente,
ella alzó las manos en un gesto de desesperación.
-Bien, Clary –dijo ella, con una inusual, para Isabelle, cantidad de enfado en la voz–.
Continua y haz lo que quieras, a pesar de quién se haga daño. Siempre lo haces de todos
modos, ¿no?

Ouch. Clary disparó a Isabelle una mirada llena de reproche antes de volverse a Sebastian,
que se apartó silenciosamente de su camino. Ella pasó como una flecha junto a él y subió las
escaleras, vagamente consciente de las voces allá abajo mientras Isabelle gritaba al
desafortunado Sebastian. Pero esa era Isabelle… Si había un chico a la redonda y culpa que
debiera ser echada sobre alguien, Isabelle la echaría sobre él.
Las escaleras se ensanchaban hasta un rellano con el hueco de una ventana panorámica que
daba a una vista de la ciudad desde lo alto. Un chico estaba sentado en el hueco, leyendo. Él
miró hacia arriba cuando Clary subió las escaleras, y parpadeó con sorpresa.
-Te conozco.
-Hola, Max. Clary… La hermana de Jace. ¿Recuerdas?
Max se iluminó.
-Me enseñaste cómo leer Naruto –dijo él, tendiéndole el libro–. Mira, tengo otro. Este se
llama…
-Max, no puedo hablar ahora. Te prometo que veré tu libro más tarde, pero ¿sabes dónde
está Jace?
El rostro de Max se cayó.
-Esa habitación –dijo él, y apuntó a la última puerta de la sala–. Yo quería ir allí con él, pero
me dijo que tenía que hacer cosas de mayores. Todo el mundo siempre me dice eso.
-Lo siento –dijo Clary, pero su mente ya no estaba en la conversación. Estaba corriendo
hacia delante, ¿qué le diría a Jace cuando le viera, qué le diría él a ella? Avanzando por la sala
hacia la puerta, ella pensaba, Será mejor que esté agradable, no enfadada; gritarle sólo le
pondrá a la defensiva. Él tiene que entender que yo pertenezco a este lugar, tanto como él. No
necesito ser protegida como una delicada pieza china. También soy fuerte…


Ella abrió la puerta. La habitación parecía ser una especie de biblioteca, las paredes
forradas con libros. Estaba intensamente iluminada, luz que manaba por un alto ventanal. En
mitad de la habitación estaba Jace. Él no estaba sólo… En absoluto. Había una chica de pelo
oscuro con él, una chica que Clary nunca había visto antes, y los dos estaban ceñidos en un
apasionado abrazo.

-------------------------------------------------------
Capítulo por Aurim, como no - Paciencia , Aurim está trabajando muy rápido para que tengáis más capítulos de seguidos.
Hay que darle las gracias por todo lo que hace..

7 comentarios:

mil graxias aurim!!!! me encantan tus traducciones!!!!!!!! estoy deseando leer el siguiente kapitulo!!!!!

me encanta:)!! pero me he quedado con la intriga de que hara jace cuando la veaa... y si esta con la otra chica pues menudo problema porque clary se va a poner celosa...

gracias por la traduccion
espero con ansias el próximo


jeei.

Solo dire que mi amor por Simon crece desmesuradamente cada día, he´s so perfect!.

Pobre Clary, Isabel tenia razon al no dejarla entrar pero Jace tampoco tiene la culpa.

Gracias por este cap, espero con ansias el proximo, gracias por su excelente trabajo.

Muchísimas gracias por el esfuerzo de la traducción que podemos disfrutar todos.
JA JA JA, anda que Jace pierde el tiempo, si sus razones tendrá, pero pone de los nervios, está bien esto de terminar un capítulo así, .... nos quedamos con la intriga unos días más

graias x las traducciones..... me muero x el proximo capitulo...... y pobresito mi jace.... el no tiene la culpa de ser tan lindo......

Muchas gracias por tus traducciones ,por tu esfuerzo , te puedo contar que todos los días miro esta página esperando con ansias el próximo capítulo, ....

El Próximo capitulo va a ser muy muy fuerte! lo esperamos con muchas ganas, aunque hay que agradecer el enorme trabajo que hacen las dos chicas tanto tu Pandemonium como Aurim =)

Gracias!

PD: El tal Sebastian promete jajaja

Publicar un comentario en la entrada