-Valentine –respiró Jace. Su rostro estaba blanco mientras miraba hacia abajo a la ciudad.
Entre las capas de humo, Clary creyó que casi podía vislumbrar el estrecho laberinto de las
calles de la ciudad, obstruida con figuras que corrían, minúsculas hormigas negras que se
precipitaban de un lado a otro desesperadamente. Pero ella miró de nuevo y no había nada,
nada más que espesas nubes de vapor negro y el hedor de las llamas y el humo.
-¿Crees que Valentine ha hecho esto? –el humo era amargo en la garganta de Clary–. Parece
un incendio. Tal vez empezó por sí mismo…
-La Puerta Norte está abierta –Jace señaló hacia algo que Clary apenas podía componer,
dada la distancia y el humo distorsionador–. Nunca se deja abierta. Y las torres demonio han
perdido su luz. Las protecciones deben estar desactivadas –él sacó el cuchillo seráfico de su
cinturón, agarrándolo tan fuertemente que sus nudillos se volvieron del color del marfil–.
Tengo que llegar allí.

Un nudo de terror apretó la garganta de Clary.
-Simon…
-Le habrán evacuado del Gard. No te preocupes, Clary. Él seguramente está mejor que la
mayoría de los de ahí abajo. Lo más probable es que los demonios no se molesten en él.
Tienden a dejar tranquilos a los Submundos.
-Lo siento –susurró Clary–. Los Lightwood… Alec… Isabelle…
-Jahoel –dijo Jace, y la espada ángel llameó brillante como la luz del día en su vendada mano
izquierda–. Clary, quiero que te quedes aquí. Volveré a por ti –el enfado que había habido en
sus ojos desde que dejaron la casa se había evaporado. Ahora era todo soldado.
Ella sacudió la cabeza.
-No. Quiero ir contigo.
-Clary… –él se interrumpió, poniéndose todo tenso.
Un momento después Clary lo oyó también: un retumbar pesado y rítmico, un sonido como
el crepitar de una enorme hoguera. A Clary le llevó un largo momento deconstruir el sonido en
su mente, desglosarlo como se puede desglosar una pieza musical en las notas que la
componen.
-Es…
-Hombres lobo –Jace estaba mirando más allá de ella.

Siguiendo su mirada, ella los vio, saliendo sobre la colina más cercana como una sombra
desplegada, iluminada aquí y allá con brillantes ojos feroces. Una manada de lobos… Más que
una manada; allí debía haber cientos de ellos, incluso un millar. Sus ladridos y aullidos habían
sido el sonido que ella había pensado que era un fuego, y se levantaba en la noche, quebrado y
discordante.

El estómago de Clary se dio la vuelta. Conocía a los hombres lobo. Ella había luchado al lado
de los hombres lobos. Pero no eran los lobos de Luke, no los lobos a los que se les había
ordenado que cuidaran de ella y no le hicieran daño. Pensó en el terrible poder asesino de la
manada de Luke cuando se les dio rienda suelta, y de repente sintió miedo.
Al lado de ella Jace maldijo una vez, con fiereza. No había tiempo para sacar otra arma; tiró
de ella contra él ajustadamente, puso su brazo libre alrededor de ella, y con su otra mano
levantó a Jahoel sobre sus cabezas. La luz de la espada era cegadora. Clary apretó los dientes…
Y los lobos estuvieron sobre ellos. Era como una ola rompiéndose: una explosión de ruido
ensordecedor y una ráfaga de aire; mientras los primeros lobos de la manada rompían filas
adelantándose y saltando, había ojos ardientes y enormes mandíbulas, Jace clavó los dedos en
el costado de Clary…

Y los lobos salieron por ambos lados, dejando despejado el lugar donde estaban ellos casi
un metro. Clary movió la cabeza rápidamente alrededor con incredulidad mientras dos lobos,
uno lustroso y con mancha café, el otro enorme y gris oscuro, golpeaban el suelo con suavidad
detrás de ellos, hicieron una pausa y siguieron corriendo, sin ni siquiera volver la vista atrás.
Había lobos por todas partes a su alrededor, y aun así ni un sólo lobo les tocó. Éstos pasaban a
toda velocidad, una avalancha de sombras, sus pelajes reflejando la luz de la luna en destellos
de plata, de tal forma que casi parecían ser un único río de formas moviéndose con gran
estruendo hacia Jace y Clary, y luego separándose alrededor de ellos como agua rodeando una
piedra. Los dos Cazadores de Sombras también podrían haber sido estatuas por toda la
atención que los licántropos les prestaban mientras pasaban a toda velocidad, sus mandíbulas
abiertas, sus ojos fijos en el camino delante de ellos.

Y luego se hubieron ido. Jace se giró para observar a los últimos lobos que pasaron cerca y
se apresuraban para alcanzar a sus compañeros. Ahora había otra vez silencio, sólo los sonidos
muy débiles de la ciudad a lo lejos. Jace soltó a Clary, bajando a Jahoel mientras lo hacía.
-¿Estás bien?
-¿Qué ha ocurrido? –susurró ella–. Esos hombres lobos… Venían directos a nosotros…
-Van a la ciudad. A Alicante –él tomó un segundo cuchillo seráfico de su cinturón y se lo
tendió a ella–. Necesitarás esto.
-¿No me vas a dejar aquí entonces?
-No tiene sentido. Ningún sitio es seguro. Pero… –él vaciló–. ¿Tendrás cuidado?
-Tendré cuidado –dijo Clary–. ¿Qué hacemos ahora?
Jace miró hacia abajo a Alicante, ardiendo bajo ellos.
-Ahora correr.
Nunca fue fácil seguirle el ritmo a Jace, y ahora, cuando él estaba corriendo casi a toda
máquina, era casi imposible. Clary sentía que él se estaba refrenando de hecho, reduciendo su
velocidad para dejarle alcanzarlo, y que le costaba algo hacerlo.
El camino se allanó en la base de la colina y se curvó a través de una tribuna de ramas altas
y densas, que creaban la ilusión de un túnel. Cuando Clary salió por el otro lado, se encontró
situada ante la Puerta Norte. A través del arco Clary podía ver una confusión de humo y llamas
saltando. Jace estaba en la entrada, esperándola. Él estaba sosteniendo a Jahoel en una mano
y otro cuchillo seráfico en la otra, pero incluso su luz conjunta se perdía con el resplandor
mayor de la ciudad quemándose detrás de él.
-Los guardias –jadeó ella, corriendo hasta él–, ¿por qué no están aquí?
-Al menos uno de ellos está en esa tribuna de árboles –Jace movió bruscamente la barbilla
en la dirección por la que ellos habían venido–, en pedazos. No, no mires –él echó una ojeada
hacia abajo–. Estás sosteniendo tu cuchillo seráfico mal. Cógelo así –le mostró él–. Y tienes que
darle un nombre. Cassiel sería uno bueno.
-Cassiel –repitió Clary, y la luz de la espada ardió repentinamente.
Jace la miraba con adusto.
-Ojalá hubiera podido entrenarte para esto. Por supuesto, para ser justos, nadie con tan
poco entrenamiento como tú debería ser capaz de utilizar un cuchillo seráfico en absoluto. Me
sorprendió anteriormente, pero ahora que sabemos lo que hizo Valentine…
Clary no quería hablar mucho sobre lo que Valentine había hecho.
-O quizás sólo estás preocupado de que si me hubieras entrenado apropiadamente,
resultaría ser mejor que tú –dijo ella.
El fantasma de una sonrisa tocó la comisura de su boca.
-Suceda lo que suceda, Clary –dijo él mirándola a través de la luz de Jahoel–, quédate
conmigo. ¿Lo has entendido? –él sostuvo su mirada, sus ojos exigían una promesa de ella.
Por alguna razón el recuerdo de besarle sobre la hierba en la casa de los Wayland se alzó en
su mente. Parecía que hacía un millón de años. Como algo que le hubiera pasado a otra
persona.
-Me quedaré contigo.
-Bien –él apartó la mirada, liberando la suya–, vamos.

Atravesaron lentamente la puerta, hombro con hombro. Mientras entraban en la ciudad,
ella empezó a ser consciente del ruido de la batalla como si fuera la primera vez: un muro de
sonido hecho de gritos humanos y aullidos no humanos, el sonido de cristales haciéndose
añicos y el crepitar del fuego. Hacía que la sangre le sonara en sus oídos.
El patio en las inmediaciones de la puerta estaba vacío. Había grupos de formas
diseminadas aquí y allá sobre los adoquines; Clary trató de no mirarlos mucho. Se preguntaba
cómo podías decir que alguien estaba muerto incluso en la distancia, sin mirar demasiado de
cerca. Los cuerpos muertos no se parecían a los inconscientes; era como si pudieras sentir que
ese algo había huido de ellos, esa chispa esencial estaba perdida ahora.
Jace cruzó apresuradamente el patio, Clary podía asegurar que a él no le gustaba mucho el
espacio abierto y desprotegido, y bajaron por una de las calles que conducían fuera de él.
Había más restos aquí. Los escaparates de las tiendas habían sido destrozados y sus contenidos
saqueados y esparcidos por la calle. Había un olor en el aire también… Un denso olor rancio a
basura. Clary conocía ese olor. Significaba demonios.

-Por aquí –silbó Jace.
Se sumergieron en otra calle más estrecha. Había un fuego en la planta superior de una de
las casas de la calle, aunque ninguno de los edificios a cada uno de los lados parecía haber sido
tocado. A Clary le recordaban extrañamente a las fotografías que había visto del Blitz en
Londres, donde la destrucción había llovido azarosamente desde el cielo.
Mirando hacia arriba, vio que la fortaleza sobre la ciudad estaba coronada por una espiral
de humo negro.
-El Gard.
-Te lo he dicho, ellos habrán evacuado… –Jace se interrumpió cuando salían de la calle
estrecha a una amplia vía pública.
Había cuerpos en esta calle, varios de ellos. Algunos eran cuerpos pequeños. Niños. Jace
corrió hacia delante, Clary siguiéndole con mayor vacilación. Había tres, observó ella mientras
se acercaban más, ninguno de ellos, pensó ella con un alivio culpable, lo suficientemente
mayor para ser Max. Al lado de ellos estaba el cadáver de un hombre mayor, sus brazos
todavía abiertos como si hubiera estado protegiendo a los niños con su propio cuerpo. La
expresión de Jace era dura.
-Clary… Date la vuelta. Lentamente.


Clary se volvió. Justo detrás de ella había un escaparate roto. Había habido pasteles en el
expositor en su momento, una torre de ellos cubiertos con brillante azúcar glas. Ahora estaban
esparcidos por el suelo entre los cristales rotos, y también había sangre sobre los adoquines,
mezclada con el azúcar glas en largos regueros rosáceos. Pero eso no era lo que había puesto
la nota de advertencia en la voz de Jace. Algo estaba arrastrándose saliendo por el
escaparate… Algo amorfo, enorme y viscoso. Algo equipado con una doble hilera de dientes
corriendo a lo largo de su cuerpo oblongo, que estaba manchado con azúcar glas y
espolvoreado con cristales rotos, como una cobertura de reluciente azúcar.
El demonio se dejó caer pesadamente por el escaparate sobre los adoquines y comenzó a
deslizarse hacia ellos. Algo en su movimiento supurante e invertebrado hizo subir la bilis por la
parte trasera de la garganta de Clary. Ella se echó hacia atrás, casi chocando con Jace.

-Es un demonio Behemoth –dijo él observando la cosa deslizándose enfrente de ellos–. Se lo
comen todo.
-¿Comen…
-¿Personas? Sí –dijo Jace–. Ponte detrás de mí.
Ella dio unos cuantos pasos atrás para ponerse detrás de él, sus ojos sobre el Behemoth.
Había algo en aquello que le causaba repulsión, todavía más que los demonios con los que se
había encontrado anteriormente. Parecía una babosa ciega con dientes, y la forma en la que
babeaba… Pero al menos no se movía con rapidez. Jace no debería tener mucho problema
para matarlo.
Como espoleado por su pensamiento, Jace se lanzó hacia delante, dando un tajo con su
llameante cuchillo seráfico. Éste se hundió en la espalda del Behemoth con un sonido parecido
al de una fruta demasiado madura siendo pisada. El demonio parecía dar espasmos, luego se
estremeció y se reconstituyó repentinamente a varios metros de donde había estado antes.
Jace echó hacia atrás a Jahoel.
-Me temía eso –masculló él–. Es sólo medio corpóreo. Difícil de matar.
-Entonces no lo hagas –Clary tiró de su manga–. Al menos no se mueve rápido. Salgamos de
aquí.
Jace le dejó que tirara de él hacia atrás a regañadientes. Se giraron para correr en la
dirección por la que habían venido… Y el demonio estaba allí otra vez, enfrente de ellos,
bloqueando la calle. Parecía haberse hecho más grande, y un sonido bajo vino de él, una
especie de enfado de insecto aplastado.
-No creo que quiera que nos vayamos –dijo Jace.
-Jace…
Pero él ya estaba corriendo hacia la cosa, bajando a Jahoel describiendo un gran arco que
pretendía decapitarlo, pero la cosa sólo se estremeció otra vez y se reconstituyó, esta vez
detrás de él. Se alzó, mostrando su parte inferior de cresta como el de una cucaracha. Jace se
giró rápidamente y desplomó a Jahoel, introduciéndola en la bisección de la criatura. Un fluido
verde, espeso como el moco, salió a chorros sobre la espada.
Jace dio un paso hacia atrás, su rostro torciéndose por el asco. El Behemoth todavía estaba
haciendo el mismo sonido de aplastamiento. Más fluido estaba chorreando de él, pero no
parecía herido. Se estaba moviendo hacia delante con determinación.
-¡Jace! –llamó Clary–. Tu espada…

Él bajó la mirada. La mucosidad del demonio Behemoth había cubierto la espada Jahoel,
sofocando su llama. Mientras observaba, el cuchillo seráfico chisporroteó y se apagó como un
fuego salpicado por la arena. Él tiró del arma con una palabrota antes de que la baba del
demonio pudiera tocarle. El Behemoth se echó hacia atrás encabritado otra vez, dispuesto
para golpear. Jace se tiró hacia atrás… Y entonces Clary estaba allí, colándose como una flecha
entre él y el demonio, blandiendo su cuchillo seráfico. Ella pinchó a la criatura justo debajo de
la hilera de dientes, la espada hundiéndose en la masa con un sonido húmedo y desagradable.
Ella se movió hacia atrás bruscamente, respirando entrecortadamente, mientras el demonio
sufría otro espasmo. Parecía que a la criatura le llevaba cierta cantidad de energía
reconstituirse cada vez que era herida. Si pudieran herirle las veces necesarias…
Algo se movió en el límite de la visión de Clary. Un destello de gris y marrón moviéndose
rápidamente. No estaban solos en la calle. Jace se giró, sus ojos ensanchándose.

-¡Clary! –gritó él–. ¡Detrás de ti!
Clary se dio la vuelta, Cassiel llameante en su puño, justo cuando el lobo se lanzó hacia ella,
los labios retirados en un fiero gruñido, sus mandíbulas muy abiertas. Jace gritó algo; Clary no
supo qué, pero vio la mirada desesperada de sus ojos, incluso cuando ella se lanzó hacia un
lado, fuera de la trayectoria del lobo. Éste se arrojó al lado de Clary, las garras extendidas, el
cuerpo arqueado, y golpeó contra su objetivo, el Behemoth, empujándolo de lleno hasta el
suelo antes de desgarrarlo con los dientes desnudos.

El demonio gritaba, o lo que podía hacer más parecido a gritar, el sonido de un aullido en
tono alto, como aire saliendo de un balón. El lobo estaba sobre su parte superior,
inmovilizándolo con los dientes, el hocico enterrado profundamente en su viscosa piel de
demonio. El Behemoth se estremeció y retorció en un desesperado esfuerzo por reconstituirse
y reponerse de sus heridas, pero el lobo no le estaba dando la oportunidad. Sus garras se
hundían profundamente en la carne del demonio, el lobo desgarraba pedazos de carne
parecida a la gelatina del cuerpo del Behemoth con los dientes, ignorando el chorreo de fluido
verde que vertía. El Behemoth comenzó a dar una serie de desesperados espasmos
convulsivos, sus fauces traqueteando mientras se retorcía… Y entonces, desapareció, sólo un
charco viscoso de fluido verde humeaba sobre los adoquines donde había estado.
El lobo hizo un ruido, una especie de gruñido satisfecho, y se giró para contemplar a Jace y
Clary con ojos que se volvían más plateados con la luz de la luna. Jace sacó otra espada de su
cinturón y la sostuvo en alto, dibujando una ardiente línea en el aire entre ellos y el hombre
lobo. El lobo gruñó, levantándosele rígidamente el pelo a lo largo de la columna. Clary le
agarró el brazo.

-No… No lo hagas.
-Es un hombre lobo, Clary…
-¡Ha matado al demonio por nosotros! ¡Está de nuestro lado! –ella se despegó de Jace antes
de que él pudiera retenerla, aproximándose lentamente al lobo, sus manos a la vista, las
palmas abiertas. Ella habló con voz baja y tranquila–. Lo siento. Lo sentimos. Sabemos que no
quieres hacernos daño –ella hizo una pausa, las manos todavía extendidas, mientras el lobo la
contemplaba con los ojos sin expresión–. ¿Quién… quién eres? –preguntó ella. Miró por
encima de su hombro a Jace y frunció el ceño–. ¿Puedes guardar esa cosa?
Jace parecía que estuviera por decirle en términos nada vacilantes que tú no podías
simplemente guardar un cuchillo seráfico que estaba encendido en presencia de peligro, pero
antes de que pudiera decir nada, el lobo dio otro gruñido bajo y comenzó a levantarse. Las
patas alargándose, su columna enderezándose, la mandíbula retrayéndose. En unos cuantos
segundos una chica estaba enfrente de ellos… Una chica llevando un manchado vestido
blanco, su cabello rizado enlazado hacia atrás con múltiples trenzas, una cicatriz alineada en su
garganta.

-`¿Quién eres?´ –imitó la chica con indignación–. No me puedo creer que no me hayas
reconocido. Ni que todos los lobos pareciéramos exactamente iguales. Humanos…
Clary dejó salir una respiración de alivio.
-¡Maia!
-Soy yo. Salvándoos el culo, como de costumbre –ella sonreía. Estaba salpicada de sangre e
inmundicia. No había sido visible sobre su pelaje de lobo, pero los surcos rojos y negros
resaltaban asombrosamente contra su piel marrón. Ella puso la mano sobre su estómago –Y
qué asqueroso, por cierto. No puedo creer que me haya mascado entero ese demonio. Espero
no ser alérgica.
-Pero, ¿qué estás haciendo aquí? –demandó Clary–. Quiero decir, no es que no estemos
contentos de verte, pero…
-¿No lo sabéis? –Maia miró de Jace a Clary con perplejidad –Luke nos ha traído aquí.
-¿Luke? –Clary miró fijamente–. ¿Luke está… aquí?
Maia asintió con la cabeza.
-Él se puso en contacto con su manada, y con un montón de otras más, con todo aquel que
se le ocurrió, y nos dijo que todos nosotros teníamos que venir a Idris. Volamos hasta la
frontera y viajamos desde allí. Algunas de las demás manadas, usaron un Portal dentro del
bosque y nos encontramos allí. Luke dijo que los Nephilim iban a necesitar nuestra ayuda… –su
voz se fue apagando–. ¿No sabíais de esto?
-No –dijo Jace–, y dudo que la Clave tampoco. Ellos no son muy amigos de pedir ayuda a
Submundos.
Maia se enderezó, los ojos echando chispas de enfado.
-Si no hubiera sido por nosotros, todos vosotros habríais sido masacrados. No había nadie
protegiendo la ciudad cuando hemos llegado aquí…
-No –dijo Clary, disparando una mirada enfadada a Jace–, te estoy realmente, realmente
agradecida por salvarnos, Maia, y Jace también, aunque sea tan testarudo que prefiera
meterse un cuchillo seráfico por el globo ocular a decirlo. Y no digas que esperas que lo haga –
añadió ella a toda prisa, viendo la mirada en el rostro de la chica–, porque eso realmente no
sería nada útil. En este momento lo que necesitamos es llegar a casa de los Lightwood, y luego
tengo que encontrar a Luke…
-¿Los Lightwood? Creo que están en el Salón de los Acuerdos. Allí es donde han sido
llevados todos. Vi a Alec allí, al menos –dijo Maia –y a ese brujo también, el del pelo de punta.
Magnus.

-Si Alec está allí, los demás deben estarlo también –el aspecto de alivio sobre el rostro de
Jace le hizo a Clary querer poner la mano sobre su hombro. No lo hizo–. Inteligente, llevarlos a
todos al Salón; está protegido –él deslizó el brillante cuchillo seráfico en su cinturón–. Vamos…
Clary reconoció el interior del Salón de los Acuerdos desde el momento en el que entró en
él. Era el lugar con el que había soñado, donde ella había estado bailando con Simon y luego
con Jace. Este era el lugar al que estaba intentando enviarme cuando atravesé el Portal , pensó
ella, mirando alrededor las paredes de blanco pálido y el alto techo con su enorme claraboya
de cristal, por la que podía ver el cielo nocturno. La sala, aunque muy extensa, parecía de algún
modo más pequeña y deslucida que en su sueño. La fuente de mármol estaba todavía allí en el
centro de la habitación, surtiendo agua, pero parecía deslustrada, y los escalones que llevaban
hasta ella estaban atestados de gente, mucha luciendo vendajes. El espacio estaba lleno de
Cazadores de Sombras, gente apresurándose de aquí para allá, a veces parándose para tratar
de ver las caras de otros que pasaban, como esperando encontrar un amigo o un pariente. El
suelo estaba mugriento por la suciedad, surcado con manchas de barro y sangre.
Lo que le chocaba a Clary más que nada era el silencio. Si éstas hubieran sido las secuelas de
algún desastre en el mundo de los mundanos, habría habido gente chillando, gritando y
llamándose los unos a los otros. Pero la sala estaba casi sin sonido. La gente estaba sentada
silenciosamente, algunos con la cabeza en las manos, algunos mirando al vacío. Niños
acurrucados cerca de sus padres, pero ninguno de ellos estaba llorando.
Ella notó algo más también, mientras se adentraba en la sala, Jace y Maia cada uno a un
lado de ella. Había un grupo de personas de aspecto desaliñado junto a la fuente en un círculo
desigual. Ellos se mantenían de algún modo aparte del resto de la muchedumbre, y cuando
Maia los vio y sonrió, Clary se dio cuenta de por qué.
-¡Mi manada! –exclamó Maia. Ella se fue directa hacia ellos, haciendo una pausa sólo para
echar una mirada sobre su hombro a Clary mientras se iba–. Estoy segura de que Luke está por
aquí en algún lugar –gritó ella, y desapareció en el grupo, que se acercó a ella. Clary se
preguntó, por un momento, qué pasaría si seguía a la chica lobo hasta el círculo. ¿Sería
bienvenida como amiga de Luke, o sólo sería mirada con sospecha como a los demás
Cazadores de Sombras?
-No lo hagas –dijo Jace, como leyendo su mente–. No es una buena…
Pero Clary nunca descubrió lo que no era, porque hubo un grito, ¡Jace!, y Alec apareció, sin
aliento de abrirse camino a través de la multitud para alcanzarlos. Su cabello oscuro era un
desorden y había sangre en su ropa, pero sus ojos estaban brillantes con una mezcla de alivio y
enfado. Él agarró a Jace por la parte delantera de su chaqueta.
-¿Qué te ha pasado?
Jace parecía afrentado.
-¿Qué me ha pasado a mí?
Alec lo sacudió, no suavemente.
-¡Dijiste que ibas a dar un paseo! ¿Qué tipo de paseo te lleva seis horas?
-¿Uno largo? –sugirió Jace.
-Podría matarte –dijo Alec, soltando su agarre de la ropa de Jace–. Estoy pensando
seriamente en ello.
-Aunque eso iría en contra del tema en cuestión, ¿no? –dijo Jace. Él echó un vistazo
alrededor–. ¿Dónde están todos? ¿Isabelle y…
-Isabelle y Max se quedaron en casa de los Penhallow, con Sebastian –dijo Alec–. Mamá y
papá van hacia allí a por ellos. Y Aline está aquí, con sus padres, pero ella no habla mucho.
Pasó un momento bastante malo con un demonio Rezkor bajo uno de los canales. Pero Izzy la
salvó.
-¿Y Simon? –dijo Clary con ansiedad–. ¿Has visto a Simon? Él habrá bajado con los demás
desde el Gard.
Alec sacudió la cabeza.
-No, no lo ha hecho… Pero no he visto al Inquisidor tampoco, o al Cónsul. Probablemente
estará con uno de ellos. Tal vez han parado en algún lugar, o…

Él se interrumpió cuando un murmullo recorrió la sala; Clary vio al grupo de licántropos
subir la mirada alerta como un grupo de perros de caza intuyendo el juego. Ella se volvió…
Y vio a Luke, cansado y manchado de sangre, atravesando las puertas dobles del Salón. Ella
corrió hacia él. Olvidando lo mal que le sentó que él se fuese, y olvidando lo enfadado que
estaba él con ella por haberlos traído aquí, olvidando todo excepto lo contenta que estaba de
verlo. Él pareció sorprendido un instante cuando ella se lanzó hacia él como un cañonazo,
luego sonrió y tendió los brazos, y la levantó mientras la abrazaba, de la manera que lo había
hecho cuando ella era muy pequeña. Él olía a sangre, franela y humo, y por un momento ella
cerró los ojos pensando en la forma en la que Alec había agarrado a Jace cuando lo había visto
en el Salón, porque eso era lo que hacías con la familia cuando has estado preocupado por
ellos, agarrarlos fuertemente y decirles lo mucho que te han cabreado, y que todo está ya
bien, porque no importa lo enfadado que hayas estado, ellos son todavía parte de ti. Y lo que
ella le había dicho a Valentine era verdad. Luke era su familia.

Él volvió a bajarla al suelo, haciendo un pequeño gesto de dolor mientras lo hacía.
-Cuidado –dijo él–, un demonio Croucher me alcanzó bajo el hombro junto al Puente
Merryweather –él puso las manos sobre sus hombros, estudiando su rostro–. Pero, tú estás
bien, ¿no?
-Bueno, esta es una escena conmovedora –dijo una voz fría–. ¿Verdad?
Clary se volvió, la mano de Luke todavía en su hombro. Detrás de ella estaba un hombre
alto con una capa azul que se le arremolinaba a los pies mientras se movía hacia ellos. Su
rostro bajo la capucha de la capa era el rostro de una estatua esculpida: altos pómulos con
afilados rasgos aguileños y ojos con pesados párpados.
-Lucian –dijo él sin mirar a Clary –tendría que haber supuesto que eras tú el que estaba
detrás de esta… esta invasión.
-¿Invasión? –hizo eco Luke, y de repente, su manada de licántropos estaba detrás de él.
Ellos se habían acercado con tanta rapidez y tan silenciosamente que era como si hubieran
aparecido de la nada–. Nosotros no somos los que hemos invadido tu ciudad, Cónsul. Ha sido
Valentine. Nosotros sólo estamos tratando de ayudar.
-La Clave no necesita ayuda –dijo bruscamente el Cónsul–. No de los que son como tú. Ya
estáis quebrantando la Ley simplemente por entrar en la Ciudad de Cristal, con protecciones o
sin ellas. Debes saber eso.
-Creo que es bastante evidente que la Clave necesita ayuda. Si no hubiéramos venido
cuando lo hemos hecho, muchos más de vosotros estaríais muertos ahora –Luke echó una
mirada alrededor en la sala; varios grupos de Cazadores de Sombras se habían acercado a ellos
para ver qué estaba pasando. Algunos de ellos miraban a Luke de frente, otros dejaban caer la
mirada, como si estuvieran avergonzados. Pero ninguno de ellos, pensó Clary con una
repentina oleada de sorpresa, parecía enfadado–. Lo he hecho para demostrar algo, Malachi.
La voz de Malachi era fría.
-¿Y qué sería eso que pretendes demostrar?
-Que vosotros nos necesitáis –dijo Luke–, para derrotar a Valentine necesitáis nuestra
ayuda. No sólo la ayuda de los licántropos, sino la de todos los Submundos.
-¿Qué pueden hacer los Submundos contra Valentine? –preguntó Malachi con desprecio–.
Lucian, sabes mejor que nadie eso. Fuiste uno de nosotros una vez. Siempre nos hemos
enfrentado solos a todos los peligros y guardado al mundo del mal. Ahora nos enfrentaremos
al poder de Valentine con nuestras propias fuerzas. Los Submundos harían bien en permanecer
fuera de nuestro camino. Somos Nephilim, luchamos en nuestras propias batallas.
-Eso no es exactamente verdad, ¿no? –dijo una voz aterciopelada. Era Magnus Bane,
llevando un largo abrigo brillante, múltiples aros en sus orejas y una expresión pícara. Clary no
tenía ni idea de por dónde había venido–. Muchos de vosotros habéis utilizado la ayuda de
brujos en más de una ocasión en el pasado, y pagado maravillosamente por ello también.
Malachi frunció el ceño.
-No recuerdo que la Clave te haya invitado a la Ciudad de Cristal, Magnus Bane.
-No lo ha hecho –dijo Magnus–. Vuestras protecciones están desactivadas.
-¿De verdad? –la voz del Cónsul destilaba sarcasmo–. No lo había notado.
Magnus parecía preocupado.
-Eso es terrible. Alguien debería habértelo dicho –él echó un vistazo a Luke–. Dile que las
protecciones están desactivadas.
Luke parecía exasperado.
-Malachi, por el amor de Dios, los Submundos somos fuertes, y somos muchos. Te lo he
dicho, podemos ayudaros.
La voz del Cónsul se elevó.
-Y yo te lo he dicho a ti, ¡no necesitamos ni queremos vuestra ayuda!
-Magnus –Clary se deslizó silenciosamente a su lado y susurró. Un pequeño grupo se había
congregado, observando la pelea de Luke y el Cónsul; ella estaba bastante segura de que nadie
estaba prestándole atención–. Ven a hablar conmigo, mientras todos estén demasiado
ocupados riñendo para notarlo.
Magnus le dedicó una rápida mirada inquisitiva, asintió con la cabeza y la apartó de allí
cortando a través de la multitud como un abrelatas. Ninguno de los Cazadores de Sombras u
hombres lobos allí reunidos parecían querer ponerse en el camino de un brujo de 1.83 de
altura con ojos de gato y sonrisa de maniaco. Él la empujó hasta una esquina más tranquila.
-¿Qué es?
-Conseguí el libro –Clary lo sacó del bolsillo de su abrigo sucio y manchado, dejando
marcadas las huellas sobre su cubierta marfileña–. Fui a la casa de Valentine. Estaba en la
biblioteca como dijiste. Y… –ella se interrumpió, pensando en el ángel encarcelado–. No
importa –ella le ofreció el Libro del Blanco–. Aquí está. Cógelo.
Magnus cogió el libro de sus manos con una mano de largos dedos. Echó un rápido vistazo a
través de sus páginas con sus ojos ensanchándose.
-Esto es incluso mejor de lo que había escuchado que era –anunció él alegremente–. No
puedo esperar a empezar con estos hechizos.
-¡Magnus! –la aguda voz de Clary lo trajo de vuelta a la Tierra–. Primero mi madre. Lo
prometiste.
-Y cumplo mis promesas –el brujo asintió con gravedad, pero había algo en sus ojos, algo
que a Clary no le inspiró bastante confianza.
-Hay algo más, también –añadió ella, pensando en Simon–. Antes de que te vayas…
-¡Clary! –habló una voz, sin aliento, en su hombro.
Ella se volvió con sorpresa para ver a Sebastian a su lado. Llevaba su equipación, y ésta
parecía de algún modo completamente apropiada para él, pensó ella, como si hubiera nacido
para llevarla. Mientras todos aparecían ensangrentados y despeinados, él estaba impecable…
A excepción de una doble línea de rasguños que recorrían su mejilla izquierda, como si algo le
hubiera arañado con una mano de garra.
-Estaba preocupado por ti. Pasé por casa de Amatis de camino a aquí, pero no estabas allí, y
ella dijo que no te había visto…
-Bueno, estoy bien –Clary echó un vistazo de Sebastian a Magnus, que estaba sosteniendo
el Libro del Blanco contra su pecho. La angulosa ceja de Sebastian se elevó–. ¿Y tú? Tu cara…
Ella levantó la mano para tocar sus heridas. De los arañazos todavía salía cierta cantidad de
sangre. Sebastian se encogió de hombros, apartando su mano con delicadeza.
-Una demonio me alcanzó cerca de la casa de los Penhallow. Aunque, estoy bien. ¿Qué está
pasando?
-Nada. Sólo estaba hablando con Ma… Ragnor –dijo Clary a toda prisa, dándose cuenta con
un repentino horror que Sebastian no tenía ni idea de quién era Magnus en realidad.
-¿Maragnor? –Sebastian arqueó las cejas–. Vaya, bien –él miraba con curiosidad el Libro del
Blanco. Clary deseaba que Magnus lo guardara… La manera en la que lo estaba sosteniendo,
sus letras doradas eran claramente visibles–. ¿Qué es eso?
Magnus le estudió por un momento, sus ojos de gato considerando.
-Un libro de hechizos –dijo él finalmente–. Nada que fuera interesante para un Cazador de
Sombras.
-En realidad, mi tía colecciona libros de hechizos. ¿Puedo verlo? –Sebastian tendió la mano,
pero antes de que Magnus pudiera rehusar, Clary escuchó a alguien decir su nombre, y Jace y
Alec llegaron hasta donde ellos estaban, claramente ninguno de los dos demasiado contento
de ver a Sebastian.
-¡Creía que te había dicho que te quedaras con Max e Isabelle! –le dijo Alec bruscamente–.
¿Les has dejado solos?
Lentamente los ojos de Sebastian pasaron de Magnus a Alec.
-Tus padres vinieron a casa, justo como dijiste que harían –su voz era fría–. Ellos me
enviaron por delante para decirte que están todos bien, y así es como están Izzy y Max. Están
de camino.
-Bien –dijo Jace, su voz cargada de sarcasmo–, gracias por pasar esas noticias al segundo de
llegar aquí.
-No os he visto al segundo de llegar aquí –dijo Sebastian–. He visto a Clary.
-Porque estabas buscándola.
-Porque necesitaba hablar con ella. A solas –él se encontró con los ojos de Clary otra vez, y
luego la intensidad de su mirada le dio un respiro. Ella quiso decirle que no la mirara así
cuando Jace estaba allí, pero eso sonaría poco razonable y disparatado, y además, quizás él en
verdad tenía algo importante que decirle–. ¿Clary?
Ella asintió con la cabeza.
-Está bien. Sólo un segundo –dijo ella, y vio la expresión de Jace cambiar: él no fruncía el
ceño, sino que su rostro se quedó muy quieto–. Enseguida vuelvo –añadió ella, pero Jace no la
miró. Estaba mirando a Sebastian.
Sebastian la tomó por la muñeca y la llevó lejos de los demás, tirando de ella hacia la zona
más concurrida de gente. Ella echó un vistazo hacia atrás sobre su hombro. Todos ellos
estaban observándola, incluso Magnus. Le vio sacudir la cabeza una vez, muy ligeramente. Ella
se clavó en el sitio.
-Sebastian. Para. ¿Qué es esto? ¿Qué tienes que decirme?
Él se volvió y la encaró, todavía sosteniendo su muñeca.
-Pensaba que podríamos ir fuera –dijo él–, hablar en privado…
-No. Quiero quedarme aquí –dijo ella, y oyó su propia voz flaquear ligeramente, como si no
estuviera segura. Pero ella estaba segura. Tiró de su muñeca para atrás, soltándola de su
presión–. ¿Qué pasa?
-Ese libro –dijo él–, ése que Fell estaba sosteniendo, el Libro del Blanco, ¿sabes dónde lo ha
conseguido?
-¿De eso es de lo que querías hablar conmigo?
-Es un libro de hechizos extraordinariamente poderoso –explicó Sebastian–. Y uno que…
Bueno, que mucha gente ha estado buscando durante mucho tiempo.
Ella resopló con exasperación.
-Está bien, Sebastian, mira –dijo ella–. Ese no es Ragnor Fell. Es Magnus Bane.
-¿Ese es Magnus Bane? –Sebastian se giró y observó antes de volverse de nuevo a Clary con
una mirada acusatoria en los ojos–. Y lo has sabido todo el tiempo, ¿verdad? Conoces a Bane.
-Sí, y lo siento. Pero él no quería que te lo dijese. Y él es el único que podría ayudarme a
salvar a mi madre. Ese es el por qué de que le haya dado el Libro del Blanco. Hay un hechizo en
él que podría ayudarla.
Algo destelló tras los ojos de Sebastian, y Clary tuvo la misma sensación que había tenido
después de que él la besara: un tirón de completo error, como si ella hubiera dado un paso
hacia delante esperando encontrar tierra firme bajo los pies y, en su lugar, cayera al vacío. La
mano de él salió disparada y agarró su muñeca.
-¿Tú le has dado el libro, el Libro del Blanco, a un brujo? ¿A un asqueroso Submundo?
Clary se quedó muy quieta.
-No puedo creer que digas eso –ella bajó la mirada al lugar donde la mano de Sebastian
ceñía su muñeca–. Magnus es mi amigo.
Sebastian dejó de apretar su muñeca, sólo un poco.
-Lo siento –dijo él–. No debería haber dicho eso. Es sólo que… ¿Cómo de bien conoces a
Magnus Bane?
-Mejor de lo que te conozco a ti –dijo Clary fríamente.
Ella echó un vistazo hacia atrás, hacia el lugar donde había dejado a Magnus con Jace y
Alec… Y sintió una sacudida por la sorpresa. Magnus se había ido. Jace y Alec estaban allí,
observándola a ella y a Sebastian. Podía sentir el calor de la desaprobación de Jace como un
horno abierto. Sebastian siguió su mirada, sus ojos oscureciéndose.
-¿Lo suficiente para saber a dónde ha ido con tu libro?
-No es mi libro. Se lo he dado –dijo Clary con brusquedad, pero había una fría sensación en
su estómago, recordando esa sombra en los ojos de Magnus–. Y no veo qué te importa a ti
eso. Mira, agradezco que me ofrecieras tu ayuda para encontrar a Ragnor Fell ayer, pero de
veras que ahora se te está yendo la olla conmigo. Voy a volver con mis amigos.
Ella comenzó a apartarse, pero él se movió para bloquearla.
-Lo siento. No debería haber dicho lo que dije. Es sólo que… Hay mucho más en todo esto
de lo que tú sabes.
-Pues dímelo.
-Ven fuera conmigo. Te lo contaré todo –su tono era inquieto, preocupado–. Clary, por
favor.
Ella sacudió la cabeza.
-Tengo que quedarme aquí. Tengo que esperar a Simon –esto era en parte verdad, y en
parte una excusa–. Alec me ha dicho que traerían a los prisioneros aquí…
Sebastian estaba sacudiendo la cabeza.
-Clary, ¿nadie te lo ha dicho? Han dejado a los prisioneros atrás. Oí a Malachi decirlo así. La
ciudad era atacada, y evacuaron el Gard, pero no han sacado a los prisioneros. Malachi dijo
que ambos estaban aliados con Valentine de todos modos. Que no había forma de dejarlos
salir sin que fuera demasiado riesgo.
La cabeza de Clary parecía estar llena de niebla; se sintió mareada, y un poco enferma.
-Eso no puede ser verdad.
-Es verdad –dijo Sebastian–. Juro que lo es –su presión sobre la muñeca de Clary se hizo más
rígida otra vez, y ella se tambaleó–. Te puedo llevar allí arriba. Arriba, al Gard. Puedo ayudarte
a sacarlo. Pero tienes que prometerme que tú…
-Ella no tiene que prometerte nada –dijo Jace–. Suéltala, Sebastian.
Sebastian, sobresaltado, dejó de apretar la muñeca de Clary. Ésta tiró de ella liberándola, y
se volvió para ver a Jace y a Alec, ambos frunciendo el ceño. La mano de Jace estaba
descansando ligeramente sobre la empuñadura de su cuchillo seráfico en su cintura.
-Clary puede hacer lo que quiera –dijo Sebastian. Él no estaba frunciendo el ceño, pero
había una extraña mirada fija sobre su cara que era de algún modo peor–. Y ahora mismo
quiere venir conmigo a salvar a su amigo. El amigo al que vosotros conseguisteis meter en la
cárcel.
Alec empalideció ante eso, pero Jace sólo sacudió la cabeza.
-No me gustas –dijo él de forma pensativa–. Sé que a todos los demás les gustas, Sebastian,
pero a mí no. Tal vez sea que te esfuerzas tanto en hacer que a la gente le gustes. Tal vez sea
que sólo soy un cabrón que siempre tiene que llevar la contraria. Pero no me gustas, y no me
gusta la forma en la que estabas agarrando a mi hermana. Si ella quiere subir al Gard y buscar
a Simon, bien. Irá con nosotros. No contigo.
La expresión rígida de Sebastian no cambió.
-Creo que debería ser elección suya –dijo él–. ¿Tú no?
Ambos miraron a Clary. Ella miraba más allá de ellos, hacia Luke, todavía discutiendo con
Malachi.
-Quiero ir con mi hermano –dijo ella.
Algo parpadeó tras los ojos de Sebastian… Algo que estuvo allí y se fue demasiado rápido
para que Clary lo identificara, aunque ella sintió un escalofrío en la base del cuello, como si una
mano fría la hubiera tocado allí.
-Por supuesto que sí –dijo él, y se hizo a un lado.
Fue Alec el primero en moverse, empujando a Jace delante de él, haciéndole andar. Estaban
a medio camino de las puertas cuando ella se dio cuenta de que le estaba doliendo la muñeca,
escociéndole como si se la hubiera quemado. Mirando hacia abajo, esperaba ver una marca
sobre la muñeca, donde Sebastian la había tenido agarrada, pero no había nada allí. Sólo una
mancha de sangre en su manga donde había tocado con el corte de la cara de él. Frunciendo el
ceño, con la muñeca todavía escociéndole, se bajó la manga y se apresuró para ponerse a la
altura de los otros.


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Por Aurim

12 comentarios:

Gracias!!!!!!!!!!!!

Muchas gracias por traducir los capitulos sois muy buenas traduciendo, gracias esta tan interesante. Estoy totalmenete segura de que Sebastian es malo y es el hermano de Clary.

OMG muero por el prox capi, millones de gracias por traducir, son las mejores!!!!!

Como siempre mil gracias y espctacular el trabajo de Aurim en la traducción,

Por fin va a por Simon!, realmente me desespera que no descubran de un a vez que va mal con Sebastian.

Que mal rollitoooooo, Este sebastian ya no engaña a nadie. Menos mal que Jace estaba ahi por que si no ... adios Clary.

Mil gracias chicas por el capitulo.

Gracias por el capitulo. Aurim eres genial!
(=

como siempre una traduccion geniaal!!
siguee asii Auriim(:
Este Sebastian:@ cada vez me cae peor... vete a saber que queria hacerle a la pobre de Clary... ufff... que ganas tengo de seguir leyendo!

muchas gracias!!! eres fantastica, muy buenas las traducciones porfavor no tardes en el siguiente cap

Dios!! next!! el próximo!! Que paso com Max y Izzy!!!, quiero saber!! me va a dar algo!! Gracias, gracias, gracias!!! Auriim eres lo maximo!!!!!

Hola Aurim facinada, cada vez me gusta mas JAce, jejeje, mira te dejo de nuevo el link, corregi unas cosas en el Journal para que puedas acceder... ojala puedas leerlo lo hice con mucho cariño, si no puedes acceder por fa me envias un mail a haruka.yume de gmail y te lo envio a tu correo... abrazos

muchas gracias el esfuerzo que haces es muy grande DANKE!!

http://haruka-yumeo-o.livejournal.com/

Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!!!!, que emocion!!
No puedo esperar al 12, no sé ni cuantas veces al día abro este blog impaciente de la llegada de más capitulos.

Gracias Aurim.

ja ja yo hago los mismo creo q paso hasta 10 veces por dia XD

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